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Esto lo escribo para mí sólita. Los lectores, si es que alguno queda, han dejado de interesarme. Y los escritores yo creo que nunca me han interesado. Ni corporativa ni individualmente. Son un colectivo, como se dice ahora, que me produce náuseas y además me la suda. Cuando hablan de su obra hablan con una O mayúscula, los pobres. Qué suerte haber llegado a la conclusión, en vida, de que jamás fui escritora. Y mucho menos una gran escritora: eso es algo que de ninguna manera ha existido nunca. Que se lo pregunten a Canetti. Ni Safo, a pesar de lo que recuerdo: «Viniste y te quería. Hallaste mi corazón / ardiente de deseo… / Ella a menudo en Sardis / tendrá su pensamiento puesto aquí… / Cuando estuvo con nosotras, te rindió culto / como a una diosa revelada, / y le agradaba tu canto entre todos los otros. / Ahora, en cambio, se distingue entre las damas / de Sardis como, al ponerse el sol, / la luna de rosados dedos vence / a todas las estrellas; y su luz / se extiende sobre el mar/ salado y los campos florecientes… / Pero se acuerda de mí, dulce, con nostalgia / y, no lo dudo, mi destino pesa / sobre su tierno corazón.» Ahora que acabo de escribirlo, me parece, en el fondo, una bobada. Homosexual, pero bobada.

Yo acaso escribía como quien ve el mundo desde arriba y curiosea y fisga y lo comprende mayestáticamente, a la manera de un deus ex machina, o imagina comprenderlo. Era falso. No sabía nada de nadie. Ni de mí. Hay que echar pie a tierra y mezclarse y herirse con los bordes ajenos y saber que no sabes más que nadie de nada y que todo lo de los otros te traspase y te empape y te duela… Y además, después de todo eso, no escribir. ¿Quién es nadie para contar la vida, para inventar la vida? A ella es preciso abandonarse, y dejarse llevar donde nos lleve y mirar donde nos señale. Por eso quiero dejar otra vez, de una vez para siempre, muy claro, que no escribo con el deseo de comunicar lo que siento, o cómo vivo, o lo que quizá echo de menos. No, no, no, de ninguna manera. Escribo porque me sale del coño y sin necesidad ninguna. Soy libre de hacerlo o de no hacerlo. La prueba es que, por hoy, no lo haré más. Que le den por detrás a esta libreta pordiosera.

De pronto se me ocurre que si una no sufre, a su tiempo, por algo que le ha sucedido dentro de sí misma, y en lo que nada tienen que ver los otros, esa pena no usada, o escondida, se acumula sobre otras penas reservadas también, hasta que la abruma su peso terrible y no sabe por qué.

Lo que ahora me hunde, ¿es consecuencia de Los comensales? ¿No pasó nada antes? ¿No te habías, durante mucho tiempo, tapado los ojos con tus propias manos? Lo de Gabriel ¿te rompió sólo tu idea del amor o te rompió tus ideas de la vida? O quizá sea que tú no sirves para el dolor: no sabes mirarlo de frente, no te atreves, te encoges y vuelves la cara hacia otro lado para no hablarte claro, para no enterarte de su nombre verdadero… Eres una cobarde. Hablas y escribes de esto o de lo otro; pero no de lo que tendrías que hablar y que escribir… Para tí el dolor es una puñalada trapera: o te mata o te dura un minuto… Pues jódete, porque el que tú y yo sabemos, tu auténtico fracaso, tu auténtico dolor, lo subes y lo bajas a espaldas tuyas, como Sísifo su piedra. Hasta el mismísimo puto día en que te aplaste…

No te engañes a ti misma: no confundas más tu fracaso literario con otro fracaso más grande: el fracaso total de tu vida sinsorga.

***

Qué novedad: hoy estoy sola, ¿no te jode? No es que sepa que no me necesita nadie. Que no me haya llamado ni requerido, desde hace tiempo, nadie, ni siquiera las chicas. Que no eche yo tampoco de menos a nadie, ni siquiera a las chicas… Es que estoy sola. Quiero insistir: no es cuestión de que me sienta sola. Sencillamente es que lo estoy…

Y, de un modo imprevisto, la soledad me inunda y se me anega el corazón. Con el recuerdo de aquellos días en el pueblo de la Sierra de Mijas. Unos días borrosos, en los que el tiempo no pasaba. Se había detenido todo, menos la espera de algo que aún ignorábamos y que ninguno nos atrevíamos a presentir. ¿Qué esperábamos? No queríamos saberlo, por eso no esperábamos… Mi padre no llegó a cenar aquella noche. No había explicaciones ni sospechas ni dudas. No había nada más que su ausencia, y ésa era la única certidumbre… Pasó el tiempo. Venían las visitas de otras familias, de otros guardias. La búsqueda, los interrogatorios, las sospechas, la extensión cada vez más amplia de la búsqueda… No puedo recordar el tiempo que pasó. Sólo, repentina y absurda, la noticia: el cadáver de mi padre había sido encontrado. Bastante lejos del camino, en el Puerto de Pescadores, que subía desde Fuengirola. Tenía dos disparos: uno en la cabeza y otro en el pecho. Lo habían llevado a Málaga para hacerle la autopsia. No sé por qué, porque estaba muy clara la razón de su muerte. Allí se fue mi madre. Mi hermano y yo nos quedamos, lo mismo que yo ahora, solos en una casa que se transformó en algo ajeno de repente, en algo que había perdido su razón de ser, lo mismo que nosotros el derecho a habitarla.

El cuartel se convirtió en un bullicio silencioso, en un escándalo que para nosotros nada significaba y que no oíamos. Ruidos incomprensibles, vaivenes, periodistas, autoridades y vecinos del pueblo, las familias de los otros guardias, de algún amigo… Nadie decía lo que necesitábamos saber. Porque yo no era capaz de aceptar lo que se me decía. Me encerré en mi cuarto. No a llorar, no. Ni a pensar. Para no ver a nadie. Para aprenderme bien mi miedo y mi desgracia. Detrás de una espesa cortina oscura, mi padre muerto. Pero yo no lo veía. No podía acercarme a besarlo, a despedirme, a confirmar mi pérdida. Ni siquiera lograba imaginármelo, porque no lograba imaginarme la muerte en general. Ni tampoco la vida sin mi padre… Nada de aquello era previsible. No había razones. No había explicación… Los viejos desaparecen de una manera natural. Pero esa muerte, ¿qué era? No una tragedia que hubiese ido acercándose. ¿De dónde vino entonces? ¿Cómo había elegido a mi padre: fuerte, valiente, joven todavía, decidido, y mi padre?

Por eso yo pedía a gritos irme también a Málaga: no para despedirme, no me despediría jamás de él, sino para verlo muerto: era lo único que podría convencerme. No dejar de verlo para siempre, sino saber la razón o la sinrazón de esa tragedia de no verlo ya nunca… No me lo permitieron. Y aun hoy sigo sin creerme del todo que mi padre había muerto entonces. A pesar de lo que me dijo, mojándome de lágrimas, oprimiéndome contra ella hasta hacerme daño, mi madre cuando volvió. Destrozada, tiritando, envejecida, más de negro que nunca… No, no podía creérmelo. A mi hermano y a mí nos dejaron sentados, esperando no sabíamos qué. Venían los compañeros de colegio y sus familias a consolarnos, a animarnos, a traernos comidas… Alipio no se separaba de nosotros. «Se investiga, se está investigando», nos decía. «Sabemos quién lo ha hecho», nos decían. A mí no me importaba. Yo había dejado, sin el menor aviso, de ver a mi padre, de esperar su llegada quitándose el gorro de diario y sonriendo, inclinándose para besarme y preguntarme alguna nadería… Tiempo después, leí en Graham Greene, una frase que me hizo llorar: «Acaso toda la vida sea como aquélla: tedio y, al final, una ráfaga heroica.»

Pasaron no sé cuántos días, no sé cuántas semanas. Vino un nuevo guardia. Ascendieron a Alipio. Nosotros tuvimos que dejar la casa cuartel. Nos habían asignado una pensión de viudedad o de orfandad -qué sabe nadie lo que es eso- o algo por el estilo. Mi madre, no sé de dónde sacó las fuerzas o la ayuda, buscó una casa en Málaga: no quería quedarse en aquel pueblo ni un día más de lo imprescindible. A falta de mi padre, contra lo que todos temíamos, ella creció: tomaba decisiones. Estaba siempre a punto de quebrarse, pero no se quebraba. Yo miraba la puerta a las horas habituales de la llegada de él, con la confianza de que regresaría… No quería irme de allí. No tenía las pruebas de su muerte. Para mí era todo una broma macabra. O una pesadilla. Aguardaba la vuelta a la normalidad… No la hubo. Yo creo que, desde entonces, no ha existido para mí normalidad ninguna. Aquélla, la única, la verdadera, fue suplida por otra sólo aparente, sólo artificial. En ella no se hablaba de mi padre. Mi madre, cuando iba a recordar, se mordía los labios. Quería sufrir sola. Yo no sufría: yo echaba de menos.