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De momento, al distraerme, ya en el presente, había perdido de vista a la arañita. Desde el principio me pareció que no iba a conseguir que me trajera suerte.

En pocas ocasiones salía de mi camarote. Cuando lo hacía, para ir al comedor, me encontraba, en mi mesa de cuatro, con una admiradora cuya opinión me importaba un carajo, porque era rubia teñida y lerda, y sus halagos me escocían más que gustarme, ya que no entendía nada de lo que yo había escrito; con su marido, una especie de ballena acatarrada con tres o cuatro ideas inamovibles, que viajaba para compensar a su mujer de los probables cuernos con alguna secretaria concienzuda; y con un otoñal casi invernal, autosuficiente y convencido de su atractivo irresistible. Supongo que él creía, como yo, en el mito de los ligues en los cruceros. Puedo certificar que conmigo no le fue muy bien, aunque, de una manera profesional y obligado por la cortesía, lo intentara. Es fácil deducir que mis comidas fueran lo más breves posible, y yo, lo más antipática posible también.

El capitán era un hombre correcto y agradable. Quizá en exceso, quizá profesional. A veces me invitaba a su mesa, mejor acompañada que la mía. Pero cuando se empestillaba en enseñarme sus dominios, me aburría de un modo irremediable. Yo no entiendo ni una palabra de mapas de isóbaras, de vientos, de cibernéticas ni de cerebros electrónicos. Y tampoco estoy en edad ni en situación de empezar a interesarme. El puente de mando me traía completamente al pairo, por emplear un término marinero: siempre he sentido devoción por los diccionarios, y el marítimo posee una terminología tan atractiva y misteriosa… Pero prefiero leerlo tranquila y apartada a que me den clases prácticas de él. Personalmente detesto los robots, quizá por lo que más son admirados: su infalibilidad y su carencia obligada de intuiciones. Recuerdo una mañana, especialmente aciaga, en que el capitán me bajó, con un sigilo enorme y protestas de privilegio, a la sala de máquinas. No sin antes invitarme, por el camino, en una gran despensa donde me ofreció una colección de ibéricos -ésas fueron sus palabras- y caras copas de champán que agradecí. Pero las dimensiones de aquella sala en lo profundo, aquellos motores, aquellos gruesos tubos que se entrecruzaban amenazadores, aquellas tripas de cuyo buen funcionamiento dependíamos, estuvieron a punto de provocarme un vómito de lo comido y lo bebido unos pisos más arriba. El estruendo de las máquinas en marcha, la visión de los cuadros de mando, la hidráulica, los amperios, los kilovatios, la desmesurada caja de la escalera que dejaba ver, a través de cinco o seis pisos, un techo enrejado, me produjeron un mareo (nunca mejor dicho) que me privó del conocimiento. Me desmayé. Unos corteses maquinistas me atendieron mientras yo me preguntaba cuándo verían el aire libre, el sol y el mar, que es lo único por lo que la gente que no persigue ligar hace un crucero. Yo, desde luego, no.

– ¿Está usted mejor, señora Deyanira? -preguntaba un maquinista ya mayor, con una tierna amabilidad, y unos grandes arcos seniles que le agrisaban los ojos, cuando por fin abrí los míos. Hice un esfuerzo por éclass="underline"

– Sí, y tan agradecida que quiero corresponderle con una de las pocas cosas que sé: los metales que colorean las piedras. Son el zinc, el níquel, el arsénico, el cromo y, claro está, el hierro… Gracias de todo corazón. Ahora quisiera subir, si me fuese posible, a la cubierta.

Arribamos al puerto de Atenas. Yo la había visitado varias veces. El crucero amarró durante la mañana más transparente de la primavera. Yo permanecí en El Pireo, lleno de gente joven, divertida y ociosa, que bebía y vociferaba bajo los árboles cuidados. Decidí no subir a la capital y meditar un poco sobre el comportamiento de la República Serenísima de Venecia en 1687. Cuando, en una guerra indescifrable, le puso sitio a Atenas. Los turcos estaban dentro de ella, bien abastecidos, con zanjas, barricadas y un espléndido arsenal. Tan espléndido, que los oficiales del sultán se plantearon en qué lugar almacenar sus municiones y sus sobradas armas. Alguien, sin duda muy agudo, sugirió el Partenón. Ignoro si con la ilusa idea de que Venecia no dispararía contra él. Qué ingenuamente equivocado estaba el turco aquel. Sin ningún remordimiento, la Serenísima, que hoy llora y gime e implora que el mundo entero se implique en la conservación de su Venecia, abrió fuego contra la historia de la armonía y la hermosura: hizo estallar el Partenón, aquella inigualable santabárbara, por emplear otro término marinero. Quien dio la orden fue un tal general Morosini, supongo que ascendiente de otro que ya creo haber citado por su horrorosa estatua. No sé si lo dudó u ordenó disparar, sin inquietud ninguna, contra más de veinticinco siglos de belleza. Más bien creo lo segundo: Venecia, en su historia, nunca se ha andado con remilgos.

Por cierto, en El Pireo me sucedió algo que no vale la pena contar, pero lo cuento. Alguien, a quien había visto en el crucero, paseaba no lejos de mí. Era delgado, esbelto, joven aún. La inverosímil luz, las ropas tan ligeras, la armonía clásica de sus facciones, la elegante naturalidad de sus gestos, me lo hizo parecer. Lo veía tan atractivo, o más bien lo presentía, que me escalofrié. Un grupo de muchachos griegos se le acercaron. Le hablaban gesticulando, y debieron de decir algo gracioso, porque mi deseado soltó de pronto una carcajada tan grande que me dejó ver, no sólo su lengua y sus dientes, sino hasta sus amígdalas, mientras se golpeaba con tosquedad los muslos… El tío perdió, de pronto, todo su encanto, su hechizo, su magia, su fascinación. Volví la cara y me confesé a mí misma que no estaba ya para risitas ni para seductores de pacotilla: otro término marinero. Qué adecuada me he vuelto.

Luego comprobé que en Rodas las cabras siguen impertérritas, mucho más que los caballeros. Y en Santormo, que los homosexuales, estén o no en Mikonos, en Torremolinos, en Madrid o en Shanghai, puestos a exagerar, exageran de la misma manera. Sin imponerles el menor respeto aquel volcán, capaz de volver a las andadas el día menos pensado, que configura con sus fauces un circo acuático para reñir las más puras naumaquias. Era un día gris y casi frío. Las tiendas, a pesar de todo, habían sacado sus existencias a la calle. Un español, que había leído mi segundo libro, Un largo día siguiente, se me acercó con su novio y me lo presentó como si él o yo fuéramos un monumento. En seguida cayó en la cuenta de que el novio, francés, no se encontraba para literatas y se alejó, no sin volverse un segundo y decirme adiós con la mano. Yo tampoco estaba para literatas ni para ningún francesito collet monté. Cogí el funicular y me encerré en mi camarote.