Sí, de veras compadezco a esos escritores ingeniosos o graciosos o humoristas o aventureros o amorosos que tienen que serlo a todas horas, siempre, más que escritores, qué tragedia de vida. Como que algunos acaban suicidándose, como el pobre Salgari. De puro tedio, pobres. Pero a los que más detesto, en serio, es a los críticos. Qué sabihondos y qué vengativos. Alguno puede ser inteligente, incluso experto, pero nada más. Puede que sea capaz de describir bien, con minuciosidad, una cosa; pero jamás será suya, qué penita tan grande. Y eso es todo lo que saben. Incluso algo peor: de autocrítica no tienen ni la más leve idea.
Y, desde el otro lado, es preciso reconocer que hoy hay muy pocos escritores osados, a cuerpo limpio, «fieramente humanos». Ni siquiera los jóvenes… No sé por qué recuerdo esta pamema. Un día, en el entierro de un colega, coincidí en el coche de otro amigo con un joven que empezaba con un cierto renombre. Me sonrió de un modo encantador. Yo sentí lo erotizante de la muerte en esa sonrisa y en ese cementerio. Lo invité a apearse conmigo al llegar, ya de vuelta, a mi casa. Él, no sé si era homosexual o no, se excusó. ¿Habría confundido yo un gesto de admiración o simpatía con otro de complicidad? ¿Fue una especie de timar reverentialis lo que lo retrajo? No lo sé, no lo sé… Pero yo había tenido un subidón sexual a causa de la muerte y la sonrisa: con qué poquito me conformo. Me masturbé pensando en aquel muchachito, más bien soso, e imaginé que colaboraba conmigo en el asunto. Aunque la verdad es que los escritores son pésimos amantes… ¿Cómo vamos a pedirles que sean osados escribiendo?
Me fui al campo que me conoció antes de aprender a leer, con la intención de abrir bien los oídos y los ojos y de cerrar la boca y el rotulador. Durante el crucero que me trajo hasta aquí yo me decía que, para un escritor, no es prudente comentar demasiado lo que ve con quienes lo acompañan, porque así se gasta en calderilla el tesoro del descubrimiento. Recordaba una historia que Gabriel me contó al principio de nuestra relación. Se trataba en ella de un autobús lleno de turistas probablemente norteamericanos: estadounidenses y acaso canadienses. Atravesaban maravillosos panoramas uno tras otro; la naturaleza se los ofrecía como un don. No obstante, los turistas (que sólo ven lo que otro ha visto antes y como lo ha visto otro, que es quien se lo señala en una guía) habían corrido las cortinas de las ventanillas. Unos, para evitar el sol; otros, para dormitar un poco y estar más despejados en la ciudad siguiente; otros, para que el exterior no disturbase la interesante conversación sobre negocios que con los vecinos mantenían. Nadie se embebecía del todo en el paisaje…
Fue justamente, para recuperarlo, por lo que yo decidí regresar hacia mi pasado.
Cuando llegué a Alhaurín el Grande era de noche ya. Me senté, en medio del día muerto pero aún iluminado. Es más fácil el viaje que la llegada -me dije-. Mientras te mueves, la ilusión de llegar te sostiene; en la meta has de enfrentarte con la realidad, y no siempre se acierta con la forma. Qué intrincado, lo sé por experiencia, el camino de retorno a la verdad, que no es nuestra del todo, sino que existe fuera por sí misma… Pero poco después, entre una espesa fragancia a dama de noche y a jazmín, que adornaba las sombras del novilunio, rectifiqué: ni intrincado ni simple es el camino, por la mera razón de que no existe. No se va a la verdad; aunque se trate de nuestra propia infancia. En cuanto dejamos de movernos tan deprisa ya estamos dentro de ella, ya hemos vuelto… Permanecí inmóvil en brazos de la noche como una niña chica, y respiré con fuerza igual que quien suspira. Y me sentí reconfortada.
Esa noche dormí de un tirón hasta iniciarse la mañana. Y entonces vi el cielo intacto aún, azul con alguna pincelada de breve rosa. Con los gallos no demasiado lejanos, el día empezaba imperceptible casi y sin mucho entusiasmo. El sol no había aún aparecido sobre el valle en donde está la casa. El aire inmóvil, las largas y misericordiosas ramas de las tipuanas sombreaban aún el calor atenuado del verano. El día iba a ser de prueba. Pero ahora una brisa, niña y fresca, aguardaba las órdenes. Todo estaba dispuesto. Para que rompieran a ladrar los perros faltaban unos minutos sólo. Y entonces el día, después de respirar hondo, iniciaría su canto. Mi rutilante mundo de la niñez se me ofreció y lo recuperé: los pulidos cielos, la luz dura y hialina del verano, los árboles ensimismados, la porción de júbilo de las flores, los pájaros trazando sus vuelos infantiles en la pizarra transparente azul y oro… Y me olvidé, como quien pasa un borrador por el encerado de una escuela de infancia, de todo cuanto me había cansado y de lo que huía…
Pero, al atardecer, me interrogué, como tantas veces lo hice después durante el crucero equivocado: «¿Cuándo llegará el auténtico descanso? ¿Quizá sólo es la muerte?» «No, no es necesario morir -sentí una voz que me lo advertía-. Llegará cuando veas.» «A eso he venido.» «Pues mira: ¿qué es lo que ves?» Anochecía. El sol, con su resplandor de zumo de rosas y naranjas teñía el resplandor del universo. Igual que una tarde después lo tiñó en el mar Egeo. «Veo lo que esta tarde vi: las flores ya entrecerradas, el adiós de los árboles a la luz que decae y resbala, las estrellas tan tersas y el filo de la luna.» Dentro de mí algo me interrumpió: «¿Seguro que lo ves en la realidad? ¿No serán palabras tuyas sólo, pensamientos o imaginación tuyos, árboles y estrellas de papel?» Me entristecí como tantas otras veces. Quizá el escritor padece siempre esa deformación profesional. Quizá la muchacha Asun que yo había sido reprochaba a Deyanira por contentarse con tan poco.
Aquella segunda noche, intranquila, soñé que habitaba un mundo en el País de las Maravillas: inverosímil, incomprensible, cabeza abajo y lleno de temibles e inútiles carreras. Pero una voz, que lo ordenaba todo, me insinuaba: «Si aspiras a vivir de verdad, deja que mueran las palabras y las comparaciones. En ti ellas sustituyen al color, al sabor, a los aromas… Te mueres de hambre porque sólo ves naturalezas muertas muy bien pintadas, pero nadie te ofrece de comer. Un menú no es de veras un banquete. Saber la fórmula del agua no va a saciar tu sed; deshojar la rosa y comprobar la inserción de los pétalos y del polen no te explicará sus innumerables párpados y su sencilla majestad perfumada. Adéntrate en la vida como si te adentraras en el amor. Esfuérzate con suavidad en comprender: el espeso zumbido de las abejas en la cúpula del árbol, el rumor del aire que se desgarra entre las ramas… El peligro de las palabras es muy grande. En apariencia, ellas son tu única fortuna, pero no es cierto. No te dejes hipnotizar ni embaucar por ellas, planea por encima, que no se interpongan entre la vida y tú, que no te deslumbren ni te cieguen ante la realidad. Porque las cosas no están ahí para que las traduzcas tú: no precisan que nadie lo haga, no necesitan traductores. La música no es la partitura. Las olas no son nada sin el mar…»
Había amanecido. Después del variado y admonitorio sueño, me dolía la cabeza. No era capaz de pensar. Me encontré sola, y lo estaba. Me asomé desde la azotea. El mundo acababa también de despertarse. Y era uno solo y siempre renovado y real y total. Y se mostraba en todo su fulgor. Lo sentí mío y yo me sentí suya. Sin necesidad de pensarlo ni expresarlo. Entonces fue cuando caí en la cuenta de que todo empezaba a estar bien. Y comprendí que el viaje me había otorgado aquello que buscaba… No siempre los sueños se evaporan cuando la luz del día sobreviene igual que se descorre una cortina.
El crucero, por el contrario, me extravió de mí. Hice mal en buscarme en medio de tal algarabía. Para sentirse sola de verdad, o sea, en el peor sentido, hay que estar rodeada de una muchedumbre. No me quiero acordar de la cena de gala la última noche en aquel barco… ¿Cómo darle, entre tantos escombros, su sentido a la vida?