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Yo no tenía a nadie a quien rendirle cuentas. ¿No lo tenía? Sí, sí lo tenía: lo había tenido. Por eso, libre y rebelde y puta, me fui a mi pueblo, Alhaurín el Grande, en la falda norte de la Sierra de Mijas más o menos. Ya he escrito aquí sobre mi regreso. Allí escribí, bajo el runrún de las abejas y la burla de los mirlos, de un tirón, muy largo pero único, Los comensales.

Gabriel, cuando leyó la novela, se opuso a publicarla. Por mi bien. Quiso que yo la suavizase, que la amariconara, que le diese algún colorido… Me negué. ¿Es que no había nadie a quien señalar con el dedo, tuviese o no tuviese buena voluntad? ¿No había políticos, grandes industriales, dictadores, constructores, banqueros, generales, periodistas, canallas? ¿A nadie tenía que echarse en cara lo más mínimo? ¿Nadie era culpable del abismo que yo había intuido desde lejos, sin mirarlo, sin olerlo conscientemente siquiera, y que me había convertido de pronto en una persona distinta, o quizá en la que ya había sido? ¿Nadie se encontraba responsable, en su medida, del desorden, de la maldad, de las desigualdades infinitas, de la diabólica perversión del mundo? ¿Toda la gente era igual que fui yo sin enterarme? Sí, y lo seguiría siendo. Tal convencimiento me paralizó, y luego me empujó a decir lo que me había olvidado de decir: la trágica verdad. Ya no hubo para mí, como si hubiese entrado en trance, sola en el pueblo donde nací, ni patria ni ideales; veía nada más un escenario, frío y bien dispuesto, para que los comensales prepararan sus carnicerías con el pretexto de imponer y conservar y aumentar en lo posible su orden, su dinero, sus próximos abusos y festines… Nadie acusaba a nadie. O quizá sí, unos cuantos locos y arrinconados, santos mártires cuyas voces quedaban abrumadas y desatendidas ante miles y miles de revistas, económicas o de lujo o de sexo o de modas ridículas; ante miles de periódicos, de discursos, de leyes, de sesiones y parlamentos que preparaban sus beneficios y olvidaban, entre subterfugios y descaros y crímenes, a quienes no iban a sentarse a comer en mesa alguna; ante inventos que podrían enriquecer a todos y eran utilizados en su desprestigio, como la televisión y toda la ambigua y anestesiante retahíla.

– ¿No te das cuenta de que tu libro es una superficialidad más, que ni siquiera va a ser comprado ni leído? ¿No te das cuenta de que nada de lo que acusas va a desaparecer, y nada a lo que aspiras va a cumplirse? ¿De dónde viene ahora este desmadre? Es como si nunca te hubiera conocido…

– No me extraña. Ni quisiera me conocía yo misma.

– Por eso ignoras que los ideales no están ahí para que los logremos, sino tan sólo para que los miremos. Quizá para que nos iluminen…

– Una vez que se han visto, hay que hablar de ellos.

– Eres como una niña.

– Sí, una niña que sabe mucho para su edad. Que sabe lo que hasta ahora no veía: que no puede suprimir la muerte; que no puede mejorar la vida. Ésa es la razón por la que tengo que contarla a quien la quiera oír. Qué impotente me siento… Pero, contra este mundo de mierda que hemos hecho, todo vale por pequeño que sea. Su destrucción, lo primero. Las ONG sólo sirven para tranquilizar las conciencias de unos pocos. Y hasta a veces ellas son utilizadas en favor de quienes las inventan. Cuando los terrores de la Guerra Fría, uno de los bloques, o los dos, ¿no hubieran destruido cuanto había? Pues nada se ha arreglado y nadie aprendió nada: que se deshaga todo en el aire, que ya es hora. Por mí… Ya no me es posible escribir de otra cosa que de quienes anteponen su dinero a las vidas ajenas; sus comodidades, a la supervivencia de los más pobres; sus dividendos, a los hijos de los africanos, de los sudamericanos hambrientos; las religiones melindrosas, a las injusticias; sus estúpidos dioses, a quienes están al alcance de su mano; su deseo de poder, a todo… Ya me lo he preguntado de vez en cuando: escribir un libro asqueroso contra un mundo asqueroso ¿es todo lo que se puede hacer? ¿Vale acaso la pena? Sí, la vale. Es demasiado poco, pero es lo que está en mi mano. Si en mi mano tuviera una fisión atómica que destruyera el mal, la emplearía. Estoy segura de que la emplearía… Pero no tengo otra arma que ésta.

Así hablamos Gabriel y yo: él, de literatura; yo, de otra cosa. Ya era nuestra costumbre. Me lo repitió él, precisamente él, y yo ya lo sabía:

– Eres una burguesa a la que no ha ido bien en su vida privada. Por eso quieres mirar hacia otro lado. Ahora te declaras enemiga de las explotaciones y de las tiranías, pero tienes dinero en un banco y acciones en algunas empresas…

– Quédate tú con todo. No creo que se necesite tanto para seguir hablando cuando se ha comenzado. Ya no podría refugiarme, sin remordimiento, en la guarida que me amparó hasta ahora. No me puedo seguir engañando con los ojos abiertos. Me he traicionado sin saberlo. -Lo miré fijamente-. Y, sin saberlo, me han traicionado.

– Te veo tan trascendente como una Estatua de la Libertad, que para nada sirve. Te falta un poco de humorismo, Deyanira. Hasta a tu nombre le falta sentido del humor, de la medida y de la realidad.

– ¿Hasta ahora no te habías dado cuenta? A ti también te falta alguna cosa… -Bajó los ojos.

– Puedes hacer lo que quieras. Publicar lo que quieras… Pero tendrás que atenerte a las consecuencias.

Y eso fue lo que sucedió. Al libro se lo ignoró completamente. Era la salida de tono de una escritora de segunda fila. No hubo expositores para él en las librerías; ninguna crítica en ninguna revista conocida; la editorial lo presentó, como de tapadillo, en una reunión de amigos que miraban para otro lado sin saber de qué hablar… «Pero ¿qué se ha creído esta buena señora?»

He escrito la palabra fracaso; pero tengo que aclarar que no fue ni mío ni del libro: fue de una sociedad, vendida y comprada, que se hacía y se seguiría haciendo, como siempre, la sorda y la ciega y la muda para todo lo que puede atentar (en mi caso, muy poco) contra sus instalaciones invencibles. Renuncié a ella y aquí estoy por casualidad, como una condenada, en la ciudad más parecida a ella, más lujosa, más invencible, menos compartida, al mismo tiempo decadente y perenne. En la ciudad más parecida a mí: erguida pero derrotada; llena de santos, de iglesias, de devociones, de palacios y antiguallas olvidada de la Muerte en Venecia de Mann, que fue por cierto un tío pelmazo, que no se atrevió a decir, ni al final, que le gustaba cierto camarero; donde los turistas viven momentos inolvidables, que olvidan a la vuelta de la esquina, cuando dejan de contemplar las lunas de miel ajenas, tan imaginarias como las suyas, tan pasajeras e inventadas como la fruición de los demás, que les parece a veces contagiosa y es pegajosa sólo. Vomitaría ahora mismo si pudiera. Vomitaría todo lo que he comido en cuarenta años.

No quiero ocultarme que mi desesperanza en el género humano fue muy grande. Tanto que traté de suicidarme -sí, ¿qué le vamos a hacer?- aunque no mucho por lo visto. El infeliz Gabriel, que no había comprendido nada, se metió conmigo en el cuarto de baño donde me había encerrado, cuya puerta me negué a abrirle y él abrió de una sola patada.

– No seas niña, Deyanira. Compréndelo. Yo te comprendo a ti. Te sientes frustrada por el revés que yo te anticipé. Te sientes como un nadador galardonado que ve cómo otro, de otra nacionalidad, avanza por la piscina olímpica, invencible, soberbio, inalterable, ganador permanente de todos… -Se esforzaba en vendarme una muñeca. Se había negado, a ruegos míos y por mi bien, a llamar a urgencias-. Te queda el consuelo enorme de que tu libro es un libro de culto, no un bestseller.

– Sabes que estás mintiendo.

– Contra esta inmundicia de mundo que hemos hecho, todo vale: la destrucción también, quizá la destrucción sobre todo; pero no se destruye con una novela. El Quijote hizo reír de las novelas de caballería (no ha sido ése tu método), pero se siguieron leyendo hasta que se tomaron de verdad a broma por pasadas de moda. Las ONG -aunque no todas ni siempre, ¿eh?- sólo sirven para tranquilizar las conciencias de unos cuantos, bueno, incluso para llenar los bolsillos de otros… Bien; pero seamos sensatos, Deyanira, por mucho que nos cueste. ¿Serviría de algo que yo reconociera, por ejemplo, o que yo publicara mi manera de sentir el sexo o el amor? Cuando la Guerra Fría, los dos bloques estuvieron a punto de destruir el mundo, tienes razón. Pero sólo razón… Esperemos que se deshaga en el aire; todavía queda la posibilidad. Pero también queda tu vida: no la destruyas tú. ¿Por qué? Porque ya no es posible escribir de otra cosa que de quienes anteponen su dinero y su tranquilidad a las vidas ajenas, me dirás tú; su comodidad, a la supervivivencia de los pobres, de los no comensales, de los no invitados; sus dividendos, a los hijos de los negros de África; su religión de pantomima, a toda la injusticia que está ahí y que chorrea sangre; y su deseo de poder, a todo…