Y los cielos, engalanados con nubes de madreperla y nácar…
El cielo, el mar, la noche y Aldo. No pido más, no quiero más, como la tonta aquella.
Hace dos noches lo tuve todo junto sobre mí. El agua parda, susurrante, invisible, imaginada apenas como un sombrío y trémulo desierto; a veces, el rizo de una pequeña ola, o la luz mecida por otra que ignora de dónde viene y adonde se dirige. Aldo y yo nos besamos. Su lengua martirizó un poquito la mía. Y se cumplió el milagro… Pareció luego, al separarnos, que yo lo había inventado… No, no. Una claridad imprecisa, ésa sí como soñada, surgió de lo profundo. Yo supe que iba a morir sin remedio entonces. En lo alto, una luna menguante, como una raja de melón horizontal y amarilla, cadavérica casi; no, no cadavérica… Me estremecí. Hasta que alguien estremeció, con una barca, aquella agua y se iluminó la noche de no sé qué fuegos. Y por fin me salvé de aquel naufragio. A mi pesar, a mi pesar. Sobre una agua, centellante y como encabritada, llena de sobrecogimiento entre la góndola que danza y el mármol que resuena…
De regreso, muy tarde ya, los palacios del Canal, silenciosos, más esbeltos que nunca, descoloridos y turbados, mudos bajo la tenue luna. Una escultura parecía haber conservado algo de la vida que el sol le dio antes de desaparecer; noté cómo se estremecía, cómo me contagiaba su vida póstuma ya.
Y me apreté contra el pecho de Aldo. Su mano grande acarició mi nuca. Miré un palacio que hace esquina: la mitad que da al agua, con el cabrilleo y el reverbero, temblaba: se movían sus piedras, sus telas, sus figuras; la otra mitad, en sombras, permanecía infinitamente quieta como la muerte… ¿Qué hacer, qué hacer? ¿Había que elegir? Cerré los ojos y escondí mi cara en el cuerpo de Aldo. Allí está lo que salva. Ojalá pudiese desaparecer dentro de él. De ahora en adelante no quiero seguir siendo más yo misma.
Las heridas físicas cicatrizan. Se nota que allí había como una boca, como unos labios entreabiertos que sangraban; pero se han cerrado; queda una marca sólo. Las heridas en el alma o en el corazón no cicatrizan nunca. Se hacen pequeñas como un alfilerazo, o se agrandan como una sima, pero siempre estarán allí. El sufrimiento, cuando comienza, no termina. Es como si dejásemos de ver con un ojo: podemos acostumbrarnos a ello, olvidarnos y hacer una vida normal; pero jamás recuperaremos la visión de ese ojo, y acabaremos siempre, antes o después, por recordarlo… Quizá escribir algo, una colaboración en un periódico, no sé, me aliviaría, mejor, quizá me distrajera… Pero no. Quiero estar pendiente de este dolor de hoy, de estas tres cuchilladas de hoy, de este abandono de Aldo, que él niega y que quizá yo, con mis sospechas de que existe, he provocado… Para mí ya es igual que si se me hubiera impuesto. He sufrido. Estoy viva, pero he sufrido. He escuchado el tic-tac del maldito reloj…
¿Ya empezamos? ¿Ya vamos a empezar? Asunción o Deyanira o como coño te llames, qué hija de la gran puta eres… ¿Es que piensas seguirlo siendo ahora? ¿No te das cuenta de que, si tuvieras razón, sería razón lo único que tendrías?
Me niego a ver lo oscuro de Venecia. De Venecia y de Aldo. Si una y otro no tuvieran misterios, ¿los querrías? Las callejuelas tortuosas desde las que sólo se adivina una raya de cielo sobre cien mil mercerías, cien mil escaparates, putas tristes y gente seria que parece que se dirige a su trabajo o vuelve a él, agotada y sombría, si es que en esta ciudad hay alguien que trabaje en algo que se pueda contar… Me niego a ver las criaturas de esa tenaz pesadilla: dragones, grifos, basiliscos, leones alados o sin alas, esfinges con pechos de mujer harta y cansada, minotauros, centauros como el de la primera Deyanira, cancerberos, princesas abolidas, la triste evolución del ser humano… Me estremece la puesta de sol lejos de Aldo. Oscurece en las calles antes que en las orillas. Y el espejo del agua está lleno de lanchas y motoras, góndolas, vaporetos, barcas y barcos de todos los estilos… Y una luminidad que parece de invierno siempre, porque se ha ido quedando prendida por ahí… Como esa luz enjaulada en Giorgione o Bellini, aunque pinten exteriores. No la de Tiépolo, no la de Tintoretto, que anda por todas partes. Y alumbra y clama y ríe y emana por doquier… Como la que desprenden los ojos claros de Aldo, que cambian de color según las luces, igual que la ciudad.
Sé que todo lo que escribo aquí está fuera de sitio. Lo sé. Es mi justo castigo. He apostado todo: mis sentimientos, mi tiempo entero, mi pasión, mi impulso, que era tan grande por la literatura y que ya no lo es. Lo he apostado todo a una carta equivocada. La literatura se inventó para jugar. Tanto por parte de quien la escribe como por parte del que la lee. Para escribir ningún hombre se pone corbata ni una mujer collares de brillantes o diademas. Y las editoriales, por mucho que presuman de sublimes empresas, o de multinacionales todopoderosas, son tristes jugueterías; y por mucho que los escritores crean que son espías internacionales, o ingenieros navales o aeronáuticos o de caminos y puertos, son inventores de juegos simples y, como mucho, jugadores de ellos… Y, si no es así, además son malísimos. Ya digo, he apostado a una carta equivocada. Hasta encontrarme cara a cara con la vida, que está por encima de cualquier otra cosa. La vibración del mundo, la dicha o la desdicha, el amor o el desamor, qué importa, son lo que nos construye, aunque más tarde nos destruya. «Pero la vida se acaba», me he dicho con frecuencia estos días. Pues bien, de ahí lo urgente que es todo. La vida se acaba, con uno o dos tubos en la nariz o en la boca o en algún otro sitio, en un quirófano o en una acera, preguntándonos, en caso de que nos quede tiempo, si eso era todo… Es a pesar de eso, o por eso mismo, por lo que hay que vivirla, bebérsela, estrecharla, masticarla, comérsela, tragársela. Aunque sea ella la que de veras nos digiere.
Sólo he utilizado la inteligencia para escribir, para transmitirme, para salir de mí, en lugar de haber procurado asumir y gozar de la hermosura de la carne. ¿Creí acaso que ella era incompatible con la sabiduría? Ni una cosa ni otra he conseguido nunca por entero: ésos son tus poderes, tía melona. De ahí que me enamore hoy la arrebatadora y sagaz inmediatividad de Aldo. Su transparencia de hermoso que no procura serlo. Así consigo una doble posesión de él. Como si yo fuese él también que, sin darse cuenta, se autosatisface a sí mismo y goza de sí mismo mientras me hace gozar… Por eso hoy repito, como Lope de Vega (ay, cabrona, ay qué libresca eres, venga citas): «Quiero cambiar de estilo y de maneras.» Y lo conseguiré.
Anoche mismo tuve un sueño. No era un sueño: lo vi. En él estaba sentada a mi mesa de Madrid, ante unos folios en blanco y ante un ordenador que nunca usé. Había varios rotuladores de la marca que prefiero. Yo apoyaba los brazos sobre la madera oscura… Pero tenía las dos manos cortadas. Todo era sangre allí. Al despertar, aún veía manchas de sangre en el embozo de la sábana. Y las había. A veces Aldo y yo nos mordemos con demasiada saña.
Hoy quedé con Aldo en la plazuela próxima a mi casa. Con frecuencia prefiere no subir. No quiere llamar la atención. Es partidario de que, fuera de la discoteca, se sepa lo menos posible de él y de mí. Eso me alarma, pero ¿qué voy a hacer? Vi, sobre una tapia, asomar las ramas de una adelfa especialmente roja, un mechón de hierba menuda entre unas piedras, el verdín corroído de un zócalo… Oí una campanada. Cruzó a mis pies un gato. Unas manos inconfundibles me cubrieron los ojos. Aldo me besó debajo de la oreja derecha. Yo permanecí con los ojos cerrados.
– Te amo, te amo, te amo. -Lo dije en voz muy baja.
– Y yo a ti. Pero tú lo haces demasiado ostensible. Es peligroso. No lo repitas tanto. Ahora tú sabes que el amor no se dice, se hace.