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– ¿Se hace? No, se goza, se respira, se es.

Su amor, cuando estamos a solas, es violento, rápido, o a mí me lo parece, y contundente como un trallazo. Es explosivo. Me arrastra hasta donde yo no había estado nunca. Como si se vengara en mí de no poder dejarme. Como si se negara a follar conmigo sin poder evitarlo. Como si bebiese de un sorbo el café de un capuchino dejando para el final la crema dulce… Luego me deja en el lugar que sea. Manca, coja, sorda, muda, anhelante, satisfecha y cansada, igual que Mesalina, «hausta sed non saciata», borracha de él y deseosa de seguir bebiendo.

Lo hicimos esta vez en un piso que tiene en la Giudecca, casi desnudo, igual que él está siempre conmigo, y como sin habitar, igual que yo me encuentro cuando no estoy con él.

– ¿Para qué quiero muebles aquí? Quizá algún día tenga que salir por pies. Éste es mi campo de batalla.

– ¿Yyo soy tu enemiga? -Se acarició la ceja con un gesto habitual.

– No lo sé. Mi riesgo sí que eres. Me estoy jugando entero. -Entero, desnudo y lento, abofeteándome sin querer con su belleza, se alejó de la cama, buscó entre sus ropas y trajo una pistola-. Guárdame esto. Por si lo necesitas.

Tomé el arma. Y con ella en la mano supe, de tal manera, con tanta claridad que me amaba, que me abalancé sobre su pene. Era como si me hubiese puesto en el dedo un anillo de compromiso; yo se lo devolvía con mi boca. Aldo estaba armado en todos los sentidos. En mí se hizo una luz que luego habría de iluminarme más. Su forma de implicarme en lo que fuese me hacía definitivamente suya. A eso era a lo que él llamaba hacer el amor como es debido. Lo deseé como creía que no era posible desear a nadie. Amante y cómplice.

– Trafico en nombre de otros. Todo lo hago para otros. Mejor es que no sepas nada más.

Esnifamos unas rayas de coca en un silencio espeso. Él se había puesto sólo una camiseta de tirantes. Yo me cubría apenas con una colcha azul. Nos besamos despacio, muy despacio. Las lenguas se buscaban, se encontraban, se entrelazaban, se confundían. Todo volvió a comenzar.

De nuevo comprobé que Aldo es el único hombre que me ha poseído de verdad. El que entra en mí hasta que lanzo un alarido que ni siquiera reconozco como mío. El que pisa fuerte dentro de mí con todo el derecho, que ni siquiera me ha pedido porque era suyo antes. Todo eso lo sé bien: no necesito confirmarlo. Los que lo precedieron han sido gente de paso o de garrafa, gente que llamaba antes de entrar, gente que no era dueña de nada y lo intuía. Por las mismas razones que yo misma.

Aldo, hoy por hoy, no tiene ninguna idea sobre nada que sea trascendente. O si la tiene, no lo manifiesta. Es lo opuesto a lo que yo siempre creí que constituía mi personalidad y mi trabajo. Bromea. No me habla nunca en serio, dialogar con él es como darle hilo a una cometa. Me hace llorar o me hace reír, pero sin intención de conseguir ni una cosa ni otra. Tanto que a veces pienso que se burla de mí. Es bromista, mentiroso: italiano. Y sólo se apasiona por las cosas pequeñas: el fútbol, el dinero, los discos, hacerme a mí el amor, el gimnasio, las dietas… O por lo menos eso me da a entender. Las cosas grandes no le interesan. Se pone a mirar lejos cuando yo intento entablar una conversación en regla. Y, luego, con su voz esférica que me envuelve y me aturde, me convida a una copa, a una raya o a otra clase de polvos.

Un día me dijo, mientras daba pases con un capote que le había cambiado por algo a un torero en España, que, de más joven -él insistió en decir sólo de joven-, se interesó por la justicia, quizá hasta que perteneció al movimiento Operación Manos Limpias. Que entonces le preocupaba la igualdad, la solidaridad, el dolor ajeno… Ahora -añadió- todo eso se ha convertido en barro para él, ya no le dice nada, no lo entiende. Pero no me aclaró por qué. El ser humano no le interesa ya sencillamente porque no tiene arreglo. Él no puede solo frente a todos los otros.

– ¿No lo crees tú?

Bajaba los ojos, abría el compás de las piernas dando pases profundos… Lo que ahora quiere es vivir lo mejor posible, lo más intensamente posible, aprovecharse de estar vivo… Me envolvía en el capote y me abrazaba.

– Me lo dijiste la primera noche: lo único que tenemos asegurado hoy es la muerte.

– Di mañana, mejor.

– Mañana es hoy. Mientras estamos vivos, siempre es hoy.

Me retiró el capote y me miró, casi de lejos, con la duda y la curiosidad con que, por primera vez, mira un torero al toro que ha de matar, o que lo va a matar.

Una tarde, después de estar callados mucho tiempo, tomando alguna droga que él me daba -él mismo es la mejor- y bebiendo; después de mirarme a los ojos de vez en cuando, sin hablar, en un silencio riguroso, sin movernos apenas, él dio un puñetazo sobre la mesa que hizo saltar los vasos. Se incorporó y me dijo:

– Tú es que me haces hablar más de lo que debiera, joder. Mucho más de lo que nos conviene a ninguno de los dos… Joder, joder, yo no soy un buen tipo: eso está claro. Eso ya tú lo sabes porque eres lista, tía… En ese campo, no me hago ilusiones. Pero en cambio sé cuándo hay que llegar hasta el final. En todo: en un negocio o en una relación… Porque no me dejo llevar tanto por las palabras como tú. Decimos una palabra, y ya está dicho todo: generalizamos, tachamos y definimos a cualquiera con esas pocas letras… Ese es judío, decimos y nos basta, como si todos los judíos fuesen idénticos… O ése es comunista, o es latino, o es negro. Y se acabó. Como quien pone un sello al final de un papel que lo resume todo. Ése es mafioso, por ejemplo… O quizá baste con decir es italiano. ¿Te haces cargo de lo que quiero darte a entender?

– Sí.

– Como si la palabra fuese el hombre, la persona, la cosa que ella nombra. Un italiano, para la gente, es siempre un miembro de la mafia. De España hablo: un italiano hace bajar el precio de la casa en la que él tiene un piso. Por si acaso. O ni siquiera: ya todos tienen la seguridad; es ya cosa juzgada… Tú sabes de esto más que yo. De su peligro, de su injusticia. Cada uno es como es: con su nombre, sus apellidos, con su conducta y sus proyectos. ¿Es así o no?

– Sí.

– Esa palabra -bajó la voz- es la que más me gusta. Tan corta, y representa lo que hace crecer más el amor, lo que más lo confirma… ¿Estás de acuerdo?

– Sí.

– Pero te hablo de mí, quiero hacerlo porque sé que tú quieres.

– No sé aún tu apellido.

– Ni acaso yo. -Se encogió de hombros y siguió hablando. Hacía pausas sin mirarme o me miraba de refilón de cuando en cuando, como para comprobar que lo escuchaba más que para observar mis reacciones-. Yo no soy de los que entran en un sitio y lo primero que buscan es dónde está la salida, la salida por donde no se entra… En ese sentido, puedes confiar en mí. -Otra pausa un poquito más larga. Yo no hablé-. Los buenos tipos no hacen cosas que no puedan hacer. No sé si por cobardía, o por valor, o porque miden bien sus posibilidades… Son unos aburridos. Yo, no. Yo entro y me quedo con el sitio entero. Abro los brazos así -y los abrió: qué espacio enorme abarcaba, parecía el Cristo del Corcovado-, los abro y tomo posesión. Que le den por donde le quepa a la salida. Antes hay que acabar con lo que se ha empezado. ¿Me comprendes?

– Sí.

– A costa de cualquier cosa. A costa de cualquiera. De uno mismo también. Hay que ir a por todas. Y si un imbécil, o un listillo, se interpone entre mi mano y lo que busco -aún permanecía con los brazos abiertos, como si se hubiese olvidado de ellos-, ése ya está perdido. A ése me lo cargo. Pero ya. Primero, porque así está pactado: hay arreglos y hasta contratos que no se escriben ni se dicen. Y segundo, porque me toca los cojones que un buenecito hipócrita, que defiende una ley más falsa que la mía, me pare a mí los pies… O él o yo: así están las cosas planteadas, ¿no? Pues que sea él quien se joda… Ése es todo el asunto. ¿Me has entendido?