– Sí.
– No soy un buen tipo, no lo soy. Por eso prefiero terminar de mala manera a que me tomen las huellas y las fotografías y tocar el piano mientras me quitan las llaves y la corbata y los cordones de los zapatos y el jodido cortaúñas, y que me desparasiten antes de tiempo, y que me den un puto uniforme con una peste a sudor de cien años… Aunque alguien me saque de esa pocilga en cuatro días. No me da la gana. Por ahí yo no paso. No sirvo para esperar, que es lo único que puede hacerse en ese infierno. Estoy acostumbrado a levantar la mano y coger la manzana. -Levantó la mirada, desafiante, retadora, y la puso en mis ojos. Sentí su enorme peso-. Yo me llevo por delante a quien sea con tal de no ir allí… Me niego a salir de las duchas con el culo roto. Me niego a no poder dormir nunca boca abajo… No soy un buen tipo, y lo sé. Pero necesito vivir lo que me quede al aire libre… O sea, necesito dos cosas sólo: aire libre y vivir. Y hay sueldos miserables y trabajos asquerosos y gentuza de mierda con los que no se puede respirar ni vivir. Como esa chapucilla de pincha-discos… Contra todo eso estoy… ¿Entiendes ahora? ¿Tú me entiendes?
– Sí.
– ¿Seguro que me entiendes? Dilo.
– Sí.
– Aquí está el mar al lado. Por todas partes está el mar. Y aquí y en él, el pez grande se come al chico. Hay que serlo, o hay que convertirse en grande si es que naciste chico. Yo, desde el principio, supe eso. Desde la escuela. O antes. Antes… -lo repitió como si se fuera-. Variaron las intenciones, pero, más que nada, los tamaños. Yo era demasiado pequeño. Tuve que crecer y engordar muy deprisa. Para lo que fuese, bueno o malo. Pero ser un buen tipo no conduce más que a que te devoren. Yo miraba hacia arriba, hacia los cielos, mientras me ponían zancadillas… Tuve que mirar pronto hacia abajo. ¿Entiendes ahora?
– Sí.
– Yo no soy ni seré nunca un perdedor. Lo que emprendo lo acabo. Siempre que no me anden mordisqueando los huevos. Entonces, cambio de dirección y voy hacia lo mío. Te apeas de la ilusión y te subes al yate. Y allí, una vez que empiezas, no te está permitido ni parar ni bajarte en marcha ni arrojarte a la mar… Es un trayecto sin paradas, con el rumbo fijado de antemano. Te lleva el yate. Como los de Puerto Banús, ¿te acuerdas? El autobús o el Rolls-Royce te lleva, ¿me sigues, chica?
– Sí.
Me quemó su mirada. Me taladraron sus ojos, tan claros que le hacían parecer casi un niño, o casi un ciego.
– Entonces, vamos a echar ahora mismo el mejor polvo de nuestra vida.
Y lo echamos. En la oscuridad de la carne festejada se encendió, durante un segundo, algo como un eslogan: «Lasciate ogni speranza, voi ch'éntrate.» «Apaga y goza, imbécil», me grité. «Déjate de amenazas.» Yfue eso lo que hice. Y me inundó de gozo y de simiente. Y morí. Cuando abrí otra vez los ojos, el mundo estaba quieto. Había resucitado. Dios, mi dios, aún estaba al alcance de mi mano.
Los científicos, sentados en sus asépticos laboratorios, han comprendido que las personas con desórdenes alimenticios no se quedan saciadas por mucho que coman. Recuerdo haber leído, cuando leía de todo, que los pacientes con lesiones en los lóbulos frontal y temporal de sus cerebros, áreas que abarcan el circuito relacionado con el hambre y la hartura, suelen tener problemas: pueden comer indiscriminadamente, o no dejar de comer cuando están hartos. Exactamente eso es lo que me sucede a mí con Aldo: no lo devoro para sobrevivir, sino aunque esa devoración continua me asesinara. Los perros de Pavlov, y mucho más Pavlov, eran unos dóciles abstinentes a mi lado, unos contentadizos. La única arma eficaz de la nueva Deyanira tenía que ser el olvido de su pasado, de todas sus renuncias, sus condiciones, sus pasos hacia el hundimiento personal y profesional… Sé que empezar a vivir a mi edad consiste en un desorden inexplicable, quizá imposible. Pero yo ya no trato de explicármelo: se trata simplemente de una necesidad irrevocable… ¿A costa de mí misma? Sí, si fuera preciso. No cabe ya elección, porque ya he elegido. Necesitaba perder la libertad con Aldo. Sin él, ya no la quiero. O Aldo o nada.
Porque, sin él, me había convertido en un viejo vertedero de recuerdos, apoyado en la esquina de una calle del extrarradio por la que ya no circulaba casi nadie. Ahora, en cambio, comprendo que el desgraciado Proust, esnob, sólo hablaba de gentes comineras, educadas y ficticias, que se calificaban unas a otras de elegantes o faltas de elegancia… El amor y la carne están al margen de eso, al margen de los invernaderos y las floristerías, de cualquier idioma que no sea el suyo sin vocabulario, de cualquier reverencia que no sea la del 69 o de una felación o un cunnilingus. En el interior de quien tiene la suerte de albergarlos, no hay lugar para dudas y menos aún para verdades, chicas o grandes, que no sean la suya única. Lo sé muy bien: lo he comprobado suficientes veces. Antes, con tiento, yo tenía que elegir a quien más o menos me gustase, tenía que proponer el asunto con discreción o a fuerza de signos silenciosos, tenía que adivinar su decisión más que su respuesta, porque en general no la había. Y luego estar pendiente, o peor, estar dependiente… No, no estoy por la labor. Habría preferido que ellos me pretendieran, pero el amor no es una contradanza, y yo no podía consentir que fuesen ellos quienes me eligiesen: unos hombrecillos con fecha de caducidad… En resumen, un caos. Y todo para compartir cama con unos pobres seres que confunden sus quejiditos con la pasión y la eyaculación precoz con el gustazo. Vaya una puñetera mierda. (Yo creo que esto lo he escrito en algún cuaderno ya. Pero ¿qué me importan a mí ahora las reiteraciones? ¿No se repiten también los gestos del amor y son siempre distintos?)
Ahora estoy viva. No feliz, no tensa, no eufórica, no desdichada, no desfondada, no emergente siquiera. Estoy viva, lo que quiere decir todo eso y muchas más cosas. Y no dependo de nada ni de nadie, excepto de Aldo, para sentirme viva. O dependo, como unas notas al margen que enriquecen el texto, de quienes venden pizza y cappuccini, y del aire que sonríe o que muge, y de la claridad y de las sombras… Pero de nadie más. Dentro de mí, aunque pasara hambre o me quedase ciega, estaría viva con Aldo o a la espera de Aldo. Por primera vez en mi ya no corta vida, ahora reiniciada, ¿qué más puedo pedir?
He llegado a mirarme en Venecia igual que en un espejo. Venecia es una puta. La clase a la que pertenece -en ese oficio hay mucha variedad- depende del dinero que lleves en el bolso. Ella se arregla para todos los niveles: se hace frecuentes liftings, se inyecta silicona o botox, se rellena con maquillaje las arrugas de expresión: da siempre el pego. Pero lo mejor de sí misma, que no es el corazón porque no tiene, se lo ofrece sólo a los privilegiados. Es una ciudad que, como todas las hembras, se obliga a vivir de ser bonita y de seguirlo siendo después de tantos siglos. Yo me miro en su espejo, que coincide que en mi caso son los ojos de Aldo. Y los ojos de Aldo, tan claros y mudables, me embellecen. Voy, quizá sin justificación, quizá me lo imagino y no quiero saberlo, a través de la noche iluminada. Para cuerpos cobardes no está hecho el placer de este ardor… Otra vez Kavafis, el alejandrino. Qué pesadita soy, pero no puedo remediarlo. Rejuvenezco.
Sin embargo, tengo malos momentos. Son esos en que no acabo de creer que soy vieja, y me compadezco de los otros viejos que encuentro por la calle: cuando caigo en la cuenta, tengo que apoyarme contra una puerta o un pilar o una iglesia. Y es que nos precavemos minuciosamente contra el peligro conocido, pero de pronto otro distinto recae sobre nosotros y nos aniquila… ¿Cuál será esa catástrofe que acecha? (Quizá debería haber escrito catástasis, que es el momento culminante del drama. O de la tragedia.)
Por eso tomo precauciones. Por eso miro Venecia casi en invierno. Desciende el agua a veces y deja al descubierto un fondo de algas. A veces asciende hasta cubrir la orilla y la plaza de San Marcos: l'acqua alta. Es el movimiento de una sangre que corre por arterias y venas palpitantes: la sístole y la diástole de una vida cualquiera. Y el agua, casi de pronto, se ve azul como un cielo de verano, mientras el cielo de arriba, incomprensiblemente, es triste y gris. ¿En cuál de los dos cielos estoy yo? La niebla, como una estremecedora respuesta que no quiere decirse, se espesa también casi de súbito y sube y oculta hasta la última planta de los palacios, y el suelo de la plaza, que desciende porque asciende la bruma, y el vuelo de los pájaros…