Estas jornadas, estos meses cercanos al invierno dan otro aire a personas, a fachadas, a calles: los agazapa y adormece. Sólo las muchachitas que viven de su trabajo conservan las mismas caras vivaces, los carniceros desentendidos y los transportistas. Los demás han desaparecido o se ocultan en sus habitaciones: intentan preservar quizá el color y el calor del verano. Hasta las piedras de los puentes se ensimisman, como si descansasen para estar más bonitas a los ojos de quienes han de regresar con el buen tiempo. Los días en que no estoy para bromas, prefiero esta Venecia y su esperanza. La de Venecia es una larga historia, como la de cualquiera, llena de altibajos. Hasta con la posible mala suerte meteorológica, quienes la aman la prefieren en primavera. Quienes se buscan a sí mismos en ella, la desean en verano, aunque, en ocasiones el ferragosto sea cruel. En el otoño, largas y espesas lluvias la distraen y la limpian: canales atorados con yerbas pantanosas, la invasión de las aguas altas, que crecen mientras en ellas se hunde la ciudad… En invierno hay hielo en el suelo y cuchillos de fríos asaltan las ruinas y los callejones… Pero en cualquier caso, no hay que despreciar una habitación impersonal y sin vistosas vistas, como la que yo tengo. En habitaciones así viven la mayoría de los venecianos. Con el sesgado don de una cinta de cielo. Pero todos llevan su ciudad en la cabeza y en el corazón: no en vano ellos la hacen y la hicieron. Todos. «Hicimos una promesa a causa de una peste en el siglo XIII, y edificamos La Salute…» Y en esta habitación cerrada se refugia, aguardando a Aldo, la holgazanería que me provoca el siroco adriático. Para descansar, para pensar, para escribir como mucho estas pocas palabras innecesarias para todos los otros. Oyendo caer el agua. Recreando a mi antojo el exterior. Recreando a mi antojo los penetrantes gestos de la carne: una música, un perfume, una palabra, una totalidad de color o de voz, un orgasmo interminable… O dando un salto para pensar que todo, fuera de este cuarto, está lleno de santidades, de milagros falsos, de devociones, de reliquias robadas, de piedad distraída, de cielos de otro mundo y de belleza. Pero nada sino la última es verdad; el resto es un pretexto sólo para llegar a ella.
Ayer, en lugar de Aldo, y para acompañarme y excusarlo, vino a verme Nadia. Alegre y reflexiva al mismo tiempo, igual que siempre. Rió cuando le pregunté por Bianca.
– Está viajando con un alemán. Como si fuese una amable cicerone. No creo que tarde en volver…
– ¿Y no la echas de menos?
– Estas pequeñas ausencias son frecuentes: desaparecemos una de las dos por unos días… Y eso nos fuerza a añorarnos con ternura.
– Pero la infidelidad…
– No existe, Deyanira. -Envidié su seguridad-. Entre las dos no puede haberla. -Reía-. Tú te tomas todas estas cosas demasiado en serio… En definitiva, es como si un jugador se levantara de la mesa y dejase, en su lugar, jugando a otro: quizá tú te entendías mejor con el ausente, pero sigues el juego con el recién llegado… Qué española eres, qué apasionada y qué exigente. Cuánto desdeñas las travesuras del amor, las pequeñas artes, las habilidades que se van transformando en costumbres… Las dos sabemos, y lo comentamos con admiración unas veces y otras con alarma, que eres la personificación del amor trágico y el amor ideal. Pero no se puede ser sublime a todas horas… -Creo que eso, más o menos, lo dijo Baudelaire, pensé-. Tienes que aprender a tratar con los otros que no son idénticos a tí, con los demás seres humanos, tan vulgares pero también tan dignos de consideración. Y además, tan insustituibles en el fondo como Romeo y Julieta, uno para otro.
– ¿Crees, de veras, que me comporto de una manera que pueda amilanar a Aldo? Eso sí me preocuparía.
– Aldo es imposible de amilanar, Deyanira. Pero también es imposible de abarcar por entero. No debes darle la impresión de que tu vida depende absolutamente de él, de que estás en sus manos, de que te dedicas sólo a esperar su llegada…
– ¿Quieres, me lo estás pidiendo, que deje de actuar como amante?
– Si actúas como amante, quizá es que no lo eres.
Se había acercado a la ventana. Levantó el visillo y miró el cielo nublado. Sentí tanta intranquilidad que me puse a hacer té. Sentí un miedo muy grande. Me temblaban las manos. Le hablé despacio sin saber por qué. Pedía perdón quizá.
– En el terreno del amor todos somos actores. Al nacer, traemos ya un papel repartido: el que nos corresponda representar. El amor es una comedia…
– Una comedia, sí; no una tragedia. -Ahora me miraba con atención aguardando mi respuesta.
– Es una comedia donde, de repente, sin saber exactamente ni cómo ni por qué, puede morir hasta el apuntador…
– Tú siempre tienes salida para todo… Cuando alguna vez no se te ocurre qué decir, ¿qué haces?
– Seguir hablando, naturalmente… Mira, en cualquier pieza de teatro, sea tragedia o comedia, hay un protagonista y un antagonista. En ella, hacemos de amantes o de amados; no enfrentados sin remedio, o no necesariamente enfrentados… Tampoco quiero decir con eso que uno esté salido todo el día, pegando saltos como las monas, y otro, imperturbable, boca arriba, aguardando…
– Eso espero, porque si no…
Preferí interrumpirla:
– El amado es también un poco amante, y el amante, por fortuna, también correspondido. Si no, no habría pareja: habría caminos paralelos que no se encontrarían. Pero la actitud esencial la tiene cada uno señalada… Y no siempre corresponde a lo que damos a entender, a la forma en que se nos ve desde fuera.
– Pero nos conocemos tan mal… No sólo unos a otros, también cada uno a sí mismo… Y, por otra parte, uno cambia de actitud, supongo. Según al actor que compone el reparto, según el texto, según el director de la comedia… O de la tragedia, tratándose de ti, que eres desmesurada. -Soltó una risa grande pero no desmesurada.
– Bueno, el papel de amante o el de amado nada tienen que ver con el género masculino ni femenino. Ni con la postura física que se adopte. Me refiero a algo interior y más trascendental, en ocasiones mucho menos visible o notable de lo que imaginamos… Algo interior invariable, pienso yo, hasta la muerte.
– Qué afición más siniestra la tuya. Siempre hablas de la muerte, siempre adoptas posiciones extremas. ¿No es todo más sencillo? Dos personas se miran, se gustan, se atraen… Lo que venga después depende de casi todo lo que hay alrededor casi más que de ellos… Por ejemplo, ¿tú qué crees que soy yo de esos papeles de que hablas?
– Al principio me pareciste amante. Después de conocer mejor a Bianca, lo dudé.
– Quizá es que yo no sea ni una cosa ni otra, o las dos cosas según el día y la hora. O que soy generosa de mí sencillamente. O bueno, que bailo al son que me tocan… Nunca me he preguntado, hasta el extremo del que tú hablas, a qué bando pertenezco. No creo que haya dos bandos. Sólo hay uno: lo forman quienes se aman.
– Pero uno de ellos esencialmente ama y otro, esencialmente, se deja amar.
– No, no lo creo yo así. Si no hay correspondencia verdadera, reciprocidad verdadera aunque la entrega dure media hora, aquello es otra cosa… Y conste que creo que casi siempre aquello es otra cosa. -Hubo una pausa en que yo reflexionaba. Nadia era menos superficial de lo que había creído. Su opinión me interesaba, a pesar de sus casis. Y ella. Pensé que yo era una egoísta: me interesaba, más que cualquier otra, su opinión sobre mí.