Conversamos en mi italiano relativo y su relativo español, no aprendido con pasión en Barcelona, donde pasó unos meses. ¿Conversamos? Creo que exagero. No me acuerdo de qué. Era un domingo, y parecía que todo el mundo se había echado fuera de su casa. Atravesaba numerosos pasadizos, cada uno con su nombre bien claro. Aquí las calles son estrechas, semejantes y ambiguas. Muchas tienen dos nombres: de tal cosa o tal otra, de Pasqualino o del Olio… La confusión comenzaba a invadirme. Me sentía mareada como en un tiovivo. El incesante paso de la gente y el colorido de sus ropas; las banderas o las colgaduras con los colores del iris, no sé si testimonio de pacifistas o de homosexuales; los coros que, instalados en las pequeñas plazas, cantaban porque sí, o pidiendo para alguna causa más o menos justa. En San Anzolo, una torre apenas vertical y el edificio donde vivió y murió Cimarosa, daban respaldo a una orquesta desmedida… Hacía calor y yo estaba atarantada. El café doble expreso no me había resucitado. En el inaccesible San Stefano se celebraba un funeral. Muy concurrido por gente casi toda extremadamente joven. La iglesia, en restauración como Venecia entera: una estructura tubular por arriba, paredes casi derruidas, columnas cubiertas por un plástico blanco… Entré para sentarme un rato en paz. Me encontré más vieja que nunca entre aquellos chicos que se miraban o se abrazaban con los ojos llenos de lágrimas. «Te he llamado para que vinieras: va a ser nuestro último paseo.» Un grupo, que parecía la familia del muerto, callaba. Pero sonaban móviles. Todo lo que miraba me traía a empujones la muerte: los esbeltos muchachos, su bella pesadumbre, los ramos de gerberas, de anturios, de liatrix… Eran mis ojos los que secaban las flores, los que dejaban sin sentido los arcos, los que discordaban la música, las piedras de ayer, los muelles que había atravesado, la hermosura a la que insultaban, aliadas a mi agobio, las fealdades exteriores: el monumento a Francesco Morosini, las gordas y bobas figuras de Botero… Había salido de la iglesia porque me ahogaba en ella. Fue peor: tropecé con los grupos, más o menos alegres, de venecianos en fiesta o de turistas, de niños perseguidos y amenazados por sus acompañantes. «Te vas a caer. Te vas a romper la crisma. Vuelve.» Por ningún lado había ningún coche. Nunca en Venecia. Sin embargo, la muerte estaba allí presente, como en todas partes de este mundo y del otro, si es que existiera. Los desocupados mirándose unos a otros, y todos a los turistas rubios y torpes, envuelto el aire común en los aromas del entierro. Y otro coro, delante de otra ruina, pidiendo para la reconstrucción del símbolo: el Fénix, La Fenice, que resurgirá si es que ya no ha surgido, pronto e innecesario, de sus propias cenizas… Me encontré sin fuerzas. Alguien me llevó a un banco incómodo. ¿Para qué resurgir? Envidié al muerto, quien fuera. ¿Para qué volver a levantarse? Qué pereza. Justamente una patada sobre mi corazón: las cenizas del fénix. Supe lo que era, quizá por primera vez, la angustia. No la de Kierkegaard, el temor de lo que se desea, que la considero un lujo humano, sino la intransferible, la que asalta de pronto a vida o muerte. Oía redoblar las campanas. Su sonido caía estremeciendo la tarde prodigiosa. Continuaba escuchando los móviles. Entretanto había salido el ataúd de la iglesia, muy lentamente, camino de la góndola que lo llevaría a San Michele, bajo los esbeltos puentes… Para siempre. Para nuestro estúpido siempre. Rodeado de calas y alhelíes; sobre hombros de casi adolescentes…
Junto al antiguo quiosco, enclaustrado tras una valla, el nuevo: desdeñoso, «municipal y espeso» habría dicho Rubén. Una vieja, por encima de la música, sola, gritaba desesperadamente: «¡Alexandra, Alexandra!» Me empujó una negra pelirroja cogida, agachándose, del brazo de un maduro bajito. El coro había cantado a Monteverdi. Ahora empezaba a cantar «Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca». Estuve a punto de gritar yo, como la vieja humilde. Una pareja, con trajes dieciochescos, posaba ante un fotógrafo ambulante. Otra, esperaba para ponerse los disfraces y a su vez retratarse con miradas idiotas y risas de Goldoni. Se abría paso una manifestación contra la caza en el Véneto. «La cacería uccide l'amore», creo que decían las pancartas numerosas en medio de globos amarillos. Otras, se levantaban a favor de los pájaros migratorios, de las ballenas, de los osos panda, de todos los animales menos del hombre y la mujer. La gente cantaba a gritos y aplaudía, no sé si al coro o a los manifestantes o a los muchachos amigos del difunto. Quizá murió en un accidente de caza… Unos turistas, medio extraviados o bebidos, procuraban no perder del todo a su guía, que levantaba una banderola bermellón, con la que el dulce aire de la tarde jugaba y se divertía. El ataúd fue por fin embarcado. Dos chicos, de unos diecisiete años, se abrazaron llorando. Otros regresaban del canal con rostros descompuestos, atravesando aquella fiesta sin justificación. Alguien dijo a alguien que el que iba dentro del ataúd había muerto en un accidente de moto… Yo necesitaba salir de allí, de aquella turbamulta, de aquel decorado valleinclanesco y terrible… Pero aún tenía que atravesar, sin más remedio, el concurso nacional de cinofilia italiana. Sentí sobre mis hombros las manos de mi perro Mambrú, recién muerto como todo lo que amo: ¿todo lo que amo todavía? Recordé, con ojos mojados, su necesidad de mí; quizá no lo había acariciado de forma suficiente: nunca hice nada bien… Conservo sólo sus medicinas últimas: es todo. Miré lebreles, teckels de pelo duro, perros húngaros con sus lanas de rastafaris, un galgo interminable, un diminuto perrillo despellejado dentro de una bolsa, un sharpei cuya piel parecía otra bolsa aún más grande… El ataúd ya surcaría el canal bajo el Puente de los Suspiros. No sé si lo que yo pretendía era llegar a San Vidal con su modesta torre. No sé tampoco si para oír a Vivaldi, a quien veía anunciado, o para sentarme en silencio y expirar. Lo que no pretendía era contemplar sus mármoles blancos ni sus convencionales pinturas de Pellegrini: todo era un decorado con una buena acústica… Pero aún faltaba por atravesar otro puesto de flores. Nuevamente las flores, la exaltación, el retumbante gozo de la vida. El cebo y el artificio de la vida. Pacíficos, alegrías, gardenias, gladiolos y simientes: las simientes de todo lo que exhibía aquel jardín portátil… No me queda a mí tiempo para simientes ya. Bajo tanta dulzura que levemente palidecía, tanto hervor insoportable de la vida, la vida, la vida, yo me sentí morir. Coloqué mi culo en unos escalones, recliné contra un húmedo muro la cabeza, cerré los ojos, traté de cerrar los oídos también, me defendí de todos mis sentidos y procuré morir. Y procuré morir con todas mis fuerzas. Pero con resultados pésimos.
Sólo mucho después llegué a esta casa. Desangelada y fría, como yo. Por eso sigo en ella. Hay más gente, pero no la conozco.
Ahora todo reposa en un aire casi familiar. Como si nunca hubiese dejado de cruzar el puente delle Maravegie. Como si siempre hubiese frecuentado la librería Toletta, junto al río del que tomó su nombre, y atisbado, por encima de un murete, las madreselvas, las celindas y el tulipero africano que se ocultan a medias tras de él… ¿Todas las calles se asemejan? ¿O quizá es que me parecen a mí todas iguales? Yo aseguré, no sé dónde ni cuándo, que la última ciudad donde podría escribir o refugiarme sería Venecia. Tiene razón quien dijo que hay que callarse antes de haberlo dicho todo, aunque algunos lo han dicho todo aun antes de empezar: yo, por ejemplo. Venecia se parece tanto a sí misma que yo me pierdo siempre si es que voy a un sitio concreto, lo que dudo. Máscaras de carnaval en todas las tiendas, dentro y fuera, souvenirs, más souvenirs, la exhibición indecorosa de recuerdos que no sirven de nada, góndolas, gondoleros, silbidos, aguas sucias, puentes breves y angostos, más Venecia, la mugre, el fasto, la cochambre, el lujo inasequible e incansable, y Venecia otra vez, la misma siempre…