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Y entonces me resarzo pensando en los interminables horizontes de Cartagena de Indias, donde tuve la equivocada sensación de ser feliz, por eso no volveré nunca a ella: al lugar en que se creyó en la felicidad no hay que volver jamás… O en Cuba, donde estuvimos Gabriel y yo al principio, cuando casi todavía estaba todo por comenzar: la aparente dicha, la segura desdicha (hablo de nosotros, no de Cuba)… Y ya el sueño se me desmorona; me incorporo, mullo la almohada, me encojo o me estiro porque quizá es un pie -sólo un pie- lo que se me ha dormido… Y me recrimino por cualquier cosa que haya sucedido a lo largo del día, o ayer, o antes de ayer. «A una mujer de acción -me digo- le molesta con mucha intensidad, casi le duele, la inacción. Esta postura -sentadaza, quiéralo o no, acompañada o sola-, de Venecia, por mucho que yo me obligue a ponderarla, no me atrae. Nunca me atrajo. Porque, aunque esté Aldo junto a mí, Venecia sigue quieta. Es imposible que su contemplación, por mucho que sea o pueda ser interminable, a mí me dure demasiado… Y me pongo a pensar en el mundo literario de España y siento un asco que no puedo describir y me desvelo y me dan ganas de vomitar y de ponerlo patas arriba y mearme en él luego… Podría hacerlo en unos artículos de periódico o en un par de guiones de televisión. Sé que tendrían éxito: el decir las verdades del barquero, esas que ya sabe todo el mundo, pero exageradas si es posible y con malos modales, es lo único que lo tiene… Pero he dicho que no, y es que no. Porque lo que echo de menos no es España ni la literatura ni todo ese tiovivo idiota del reconocimiento y el aplauso (discretos, desde luego). Me echo de menos a mí, a mí en actividad. Más que mirando y anotando (mentalmente, más que en esta boñiga de cuadernos), viviendo, siendo yo. Es en eso en lo que consiste el verdadero exilio…

Pero, en este exilio, yo estoy acompañada por Aldo… Entonces, ¿en qué quedamos, hija de la gran chingada?

Y ya me he hecho un gurruño en el insomnio… Todas las rosas del jardín deben de haberse marchitado ya. Nadie adivina lo que es de veras el fracaso salvo quien ha experimentado el que sabe que es su último fracaso. Porque la desesperanza es el país de la niebla perpetua: el acta notarial de que ya no hay futuro, de que sólo existe un presente grisáceo e inmóvil. Mejor sería morir. Porque es la belleza que reina en nuestro interior la que nos deja divisar y gozar la de fuera. Yo no tengo ninguna dentro de mí. Estoy mejor aquí, donde nadie sabe mi nombre, ni el falso ni el verdadero, donde nadie me fotografía con los móviles, ni me pide un autógrafo, ni me admira o me detesta.

Y cuando tanta morralla está a punto de dormirme, siento un puñetazo en el corazón: es Aldo, que reclama su sitio. Deyanira, coño, recoño: ¿es que no forma parte verdadera de ti y de tu vida? ¿Es que me siento ajena, independiente, desligada de él? ¿O es quizá, peor aún, que no lo siento ligado a mí, habitándome a mí? ¿Y por qué, por qué, por qué? No lo sé, huelo algo, algo percibo, algo intuyo. Si él estuviera ahora, sabría cómo hacerme dormir… Hay sueños en que lo veo alejarse de mí sin volver la cara, y entonces me despierto alocada gritando su nombre… «Mi sangre y mi vía, / mi lunita clara… / Con lo mucho que yo la quería, / se va sin volver la cara.»

Quizá lo que sucede es que todo lo que yo soy es ya pasado. Desconfío de que Aldo pueda contar conmigo en su futuro. Ahí está, apretado como un dogal, el auténtico nudo de la cuestión. Y en ese instante lamento haber tirado mi teléfono móvil bajo el Puente de los Suspiros cuando decidí quedarme aquí… O no lo lamento. No, no, porque no me atrevería a llamar a Aldo de madrugada para preguntarle si me ama, y hasta dónde y hasta cuándo me amaría. Porque comprendo que soy una mujer de acción, de relativa acción, que ha manejado personajes más o menos a su antojo, pero que al único personaje que no querría apartar nunca de su vida no se atreverá nunca a preguntarle la última verdad. Hay momentos, algunas noches hay momentos, estoy en uno de ellos, en que nada es real salvo el dolor, y nada es cierto más que el mal.

Y ya despierta más que al mediodía, me pongo a considerar cómo la vida no es una novela; hasta qué punto carece de argumento, de ilación, de posibilidad, de coherencia… Ocurre todo sin aviso previo. Todo es inesperable: lo que deseo nunca llega, o llega ya a deshora. Recibes a veces un inmenso regalo que te deja con las patas colgando, y ni siquiera se te ocurre qué hacer con él ni cómo disfrutarlo… No hay un patrón de vida, ni un proyecto, ni una unidad comprensible dentro de cada vida. Hay tanta gente alrededor, o tan poca de pronto, o una persona sólo, imperativa y verdadera. En un libro que se escribe con cierta lógica, hay una última armonía, aunque sólo sea perceptible al final; pero en una vida aislada, cuántas vidas… Andas por un camino, ¿y cómo conseguirás saber su meta verdadera, su ruta, su extensión, hacia dónde al final va a llevarte? Ahora me viene Góngora a la cabeza, hay que joderse, lo único que faltaba para echar de menos: «El sueño, autor de representaciones, / en su teatro, sobre el viento armado, / sombras suele vestir de bulto bello.» Y Aldo, su voz, sus manos, su vigor, su fortaleza, su bulto bello, su presencia inabarcable llenan la habitación… Tengo que masturbarme.

No. La noche ha terminado para mí. Por eso me he visto obligada a levantarme de la cama y ponerme a escribir esta página que nadie entendería si leyera, y que, no sólo por eso, jamás nadie leerá.

– Yo me acuerdo de lo que sentí cuando maté por primera vez a alguien… Pero ya no he vuelto a sentirlo. -Aldo había hablado con una sencillez tal que quizá yo no había entendido bien; quizá me había dicho que extravió una tarde un reloj o un alfiler de corbata, que él no lleva… Luego recordé la pistola que estaba bajo el colchón de mi cama, es decir, debajo de mí, la insomne, porque acabábamos de hacer el amor de una forma reposaba y larguísima-. Cuando hablo de matar, hablo de un cuerpo a cuerpo. Con cuchillo o navaja, o a pedradas. Un tiro no impresiona… Lo sentí mientras limpiaba la sangre de la hoja en su traje de tela clara.

Estuve a punto de citar en alta voz, pero me contuve, un verso de la Riada: «¿Cuál fue el primero y cuál el último que mataste, Patroclo, cuando los dioses te llamaron a la muerte?» Me concentré en las palabras de Aldo; sin embargo, no pude evitar un pensamiento para el incontenible llanto de los caballos de Aquiles llorando por el novio de su amo. Luego dije, como si nada:

– ¿Y qué fue? ¿Qué sentiste? Porque quizá se asemeje a lo que sentí yo al matar a mi primer personaje inventado. Yo soy muy aficionada a terminar un libro con la muerte: es más definitivo. Estoy convencida de que Aldo no me oía. Ni yo. Yo hablaba simplemente por rellenar un hueco, por no dejar colgada sola en el aire aquella frase que podría llevarme a saber lo que yo quería, lo que necesitaba. Aunque pudiera aterrarme.

– Matar no importa. -Creo que él pensaba en alto, pero su voz llenaba el cuarto como la luz, como la oscuridad, como el humo-. Al muerto no le importa. No echará más de menos la vida, no se sentirá más amenazado, perseguido, acechado. Yeso está bien… A sus hijos, quizá; a su mujer o a sus padres quizá sí les afectará esa muerte… Fue en ellos en quienes pensé. Fue eso lo que sentí. Pero era necesario hacer lo que hice…

– ¿Qué es, al fin y al cabo, un muerto? Un lugar vacío, durante poco tiempo, en un mundo ocupado en exceso.

Yo quería fingir indiferencia, quería dar un tono de naturalidad al disparate. Habría preferido tener sobre la falda una costura, unas agujas de hacer punto, pero habría resultado inverosímiclass="underline" no sé hacer nada de eso… Aldo me miró con sus ojos casi malvas como si no me hubiese escuchado. Acaso ni siquiera me veía. Luego parpadeó y me volvió la espalda. Yo temblé. Quizá me había equivocado. Quizá debí dar más importancia a una confidencia, en lugar de quitársela haciéndome la experimentada ya de vuelta de todo. Sentí como una patada en el estómago. Me oí respirar hondo. Lo que yo siento por Aldo no se parece en nada a lo que creí hasta ahora que era el amor. Desde los quince años, en que me enamoré de aquel compañero por el que creí morir, siempre fui novelera y fantasmagórica. E inoportuna, como ahora por ejemplo. Pero ¿qué podía hacer para remediar mi falta de tacto? Me levanté, por hacer algo de ruido, y que Aldo volviese la cabeza… «Qué chochona soy», me dije, «ahora que quizá iba…».