– En esta ciudad los policías no matan mañosos ni los mañosos matan policías. -Primero habló sin girar el cuello.
Luego, lo giró para mirarme. Tardó bastante en girar el cuerpo entero. Pensé de nuevo que no me había escuchado, y me alegré-. Eso se queda para los aficionados. O para los delincuentes juveniles que, aunque parezca que no, son por lo general idealistas… -Yo lo atendía con mis ojos y mis oídos y mi alma pendientes de sus labios. No necesitaba exagerar mi atención. Lo único que deseaba es que siguiera hablando… Y siguió, después de pasarse su larga mano por la ceja. Estaba aún desnudo y eso me dificultaba concentrarme-. Aquí quienes aplican las leyes son quienes hacen el trabajo sucio. Los abogados son los que resuelven, a su modo, lo que ellos califican de casos o de problemas, según sus dimensiones. También los abogados, pero otro tipo de ellos, redactan las leyes, que otro tipo de ellos analizan y aplican ante otro tipo, que se llaman jueces. Y éstos discriminan cuáles de aquéllos tienen razón, hasta que un Tribunal Supremo, a su manera, dictamine que uno u otro grupo se equivocó… Y los demás aceptan. No sé si la decisión favorable va por turnos o se subasta, o se la juegan a los chinos como hacéis en España. El caso es que unos ganan unas veces, y otros, otras… Están más o menos de acuerdo y se conforman. Eso es aquí la vida: no sirve para otra cosa que para darle trabajo a los abogados. No demasiado trabajo, por supuesto: el suficiente sólo para que parezca que se ganan la vida con su esfuerzo… Ya hacen bastante: hasta los mismos padrinos… -vaciló, alzó algo los hombros y continuó-, los de la mafia digo, no durarían lo que duran si los abogados de unos y de otros, de los de arriba y de los lados, no los enseñaran a actuar. Aunque no se conozcan entre sí… Ellos, los de la mafia, comienzan haciendo algo que los abogados, con la boca chiquita, llaman crímenes; pero son ellos, los abogados, los que logran que los sigan cometiendo… Para vivir ellos mejor, los abogados digo. Y ya, después, nadie sabe dónde acaban unos para que empiecen otros…
Aldo se cubrió el rostro con las dos manos, y las movió como si se lo lavara. Luego, muy despacio, se acercó al sillón donde había dejado su ropa. Se puso sólo la camisa, que dejaba a la vista su sexo y el vello de su pubis, mucho menos oscuro de lo que podría imaginarse, de un rubio rojizo. Con una mano en la cintura, que le levantaba de ese lado la camisa y le afilaba el cuerpo, sin el menor atisbo de cadera, continuó:
– Una vez que tú sabes que un asesino lo es, quiero decir que sabes que alguien es un asesino, se te vuelve un poco irreal… ¿No te sucede así?
– Para mí tú eres ahora mismo más real que nunca. -Aldo sonrió con la comisura derecha de la boca: una sonrisa a la que yo temía.
– Me había olvidado de que eras especial. -Hizo una pausa y se me acercó. Casi se situó a mi espalda, pero volviendo un poco la cabeza, yo lo veía. Veía su nuez moverse con suavidad, veía casi salir su voz por aquella garganta fuerte y delicada. No se había abrochado la camisa-. Hay quien mata por odio. O por amor transformado, un momento irremediable, en odio. O por miedo, o por avaricia… Hay muchas causas, muchas razones y muchas sinrazones, muchas maneras de matar… Hay quien planea todo, milimétricamente, para no ser descubierto: no tarda mucho en serlo… Hay asesinos impunes, pero casi ningún asesinato queda por descubrir al fin y al cabo. Para una cosa y para la otra están también los abogados; ellos son quienes dirigen a la policía y les dan órdenes de actuar o de perseguir o de cerrar los ojos o de fingir que actúan… Y al revés, hay quien no planea nada, sino que mata por un impulso ciego, casi ciego e inmediato: cuando comienza a ver, es tarde ya, ve la sangre a sus pies… Y hay también asesinos para quienes su crimen, o su gesto, no es más que una forma de suicidio. Yo he conocido a uno. Son los más peligrosos… Hasta que no hacen coincidir un asesinato con su propia muerte o su captura, no paran de matar.
Me volví del todo hacia Aldo. Intenté sonreír, con cierto éxito creo, y lo piropeé:
– Y hay quien jode como si asesinara, o como si quisiera morirse en el intento.
Inclinó la cabeza y me besó la frente.
– Es que quiero morirme en el intento… -Yo alcé la cara. Nos besamos como si no tuviéramos más que hacer en el mundo, muy detenidamente-. Mira, Devanira: aquí hay, para que me entiendas, un padrino que no es omnipotente, entre otras cosas, porque hay alguno más, junto a un patriarca de la Iglesia y un administrador gubernativo y un alcalde o un síndico, que tampoco lo son. Todos procuran no llevarse mal, porque les va mucho en ello. Y los matones con dinero se cuidan también de no molestar a ninguno de los cuatro o los cinco y de no hacer ningún ruido que los distraiga demasiado. Si lo hicieran, sus impuestos subirían de forma insoportable; si repitiesen la equivocación, se jugarían la vida, y la policía, que cometió el delito de colaborar con ellos, les volvería la espalda para siempre… En esta ciudad todo ha de estar abierto, tranquilo y bien surtido: es el acuerdo básico… Bendiciones, museos, orden, drogas, carnavales, cultura o lo que toque en cada día del año. Junto a los abogados, por supuesto… Si alguien falta, se le trae; si alguien sobra, se le elimina en un silencio riguroso. La Serenísima no puede perturbarse. Ni permitir que se admita tal posibilidad… En ella, los matones que no guardan las normas, se empobrecen y no vuelven a ser mencionados, o se largan de aquí siguiendo la dirección de una flecha que manda, u organizan sus negocietes de modo que pasen del todo inadvertidos… Aquí o uno funciona correctamente o se esfuma, o lo echan de mejor o peor modo, o lo suprimen. No es infrecuente que desaparezca, con lamentaciones de muchos si era importante, dentro de un ataúd, hacia la isla de San Michele, donde tú sabes que está el cementerio, porque lo viste y te gustó… Eso, en el más favorable de los casos. En general, se quedan por debajo del agua para comida de los peces, que buena falta hace.
– ¿Por qué, para que yo me oriente, no me dices cómo distinguir a la gente esa de la mafia? -Aldo soltó tal carcajada que concluyó tosiendo. Luego me miró muy serio:
– Al principio, querida niña que se finge la ingenua, mucho honor y mucho traje oscuro algo cateto; luego, los más listillos andan con aire despectivo y ropa deportiva… Después de las películas de El Padrino reaccionaron, por no quedarse antiguos, con trajes bastante buenos y corbatas de seda… A la italiana todo, como comprenderás: los estadounidenses, por mucho que alardeen y coman hamburguesas, nunca sabrán vestirse: se les conoce desde lejos…
«Y a ti también», pensé yo, «te vistas como te vistas. Y si te desnudas, mucho más».
– ¿Y ahora? -dije. Aldo volvió a soltar otra carcajada más pequeña y abrió en cruz los brazos.
– Ahora cada uno va como le sale de los cojones. Yo por lo menos, mira. -Se levantó con la mano izquierda los faldones de la camisa. Luego dio un paso y me puso su sexo a la altura de los ojos y luego de la boca. Comprobé que la conversación lo había excitado. Y que era ya el momento de acabarla.