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Antes de llegar al Campo de Santa María Formosa, Aldo me abandonó con un beso en el cuello. Sabía desaparecer de improviso. Ya estaba acostumbrada. Ahora, además, comprendía el porqué: yo lo olfateaba, lo mismo que una perra, y es más mío que nunca cuando desaparece sin darme explicaciones.

Esta vez me llevaba cogida, de un modo posesivo, por el brazo izquierdo.

– ¿Sabes cómo se llama, en español, el sitio de mi cuerpo donde tienes ahora mismo tu mano derecha?

– Brazo, ¿no?

– Digo ese pliegue concreto del brazo: el contrario al codo… Se llama sangradura.

Aldo retiró, como si se quemara, la mano.

– Qué duro -dijo.

– Mi idioma no es el tuyo… -bajé la voz para que necesitara acercarme su cabeza-. Pero el nuestro, el de los dos, es más bonito que el de cada uno.

Aldo volvió a tomarme el brazo. Lo hizo con más seguridad que antes. Sin ponernos de acuerdo, los dos dijimos a la vez: "Te quiero", y los dos, con ternura, nos miramos y reímos.

Aldo levantó su mano hasta mi cuello, bajó su boca y me besó en él.

Esta vez lo hizo bajo el Arco del Paradiso, con su Virgen de la Caridad y los escudos de los Foscari y los Mocenigo. Lo crucé y entré en el Campo hermoso y ya atardecido. Días atrás hubiera dicho que era un Campo demasiado grandote, demasiado vulgar, ahora me complació. La fachada de San Juan y San Pablo, de Sansovino, y ante todo, en el centro de la plaza, el Colleoni, de Verrochio, que tiene cerca su propia calle, El Berugas, a la izquierda… Me quedé mirando al condotiero bajo su escultura. Viejo valiente y sinvergüenza, verde como Carón te. Guerrero de zigzag, que cobraba con la misma mano que disponía de la espada… Qué tensión en las piernas abiertas sosteniendo, separadas del caballo, los estribos. Qué tensión en su cuello, en su cabeza vuelta, en sus mandíbulas… Dentro de muchos años, Aldo será como él. Y yo, si sigo viva, lo seguiré amando y entregándome a su desenfrenado ímpetu… Lo prefiero al Gattamelata de Padua, más quieto y más sereno; quizá, para entonces, Aldo se asemeje más a él. Sea como sea juro que, si estoy viva, me moriré de amor.

Alguien, sin demasiada convicción ni bravura, toca un acordeón. Una pintada dice Uno sabriaffo alia guerra, o algo así… Y de repente levanta el vuelo un haz de palomas. El cielo, que ha palidecido, lo observa y lo oye todo silencioso. Yo respiro tan hondo que a mí misma me parece que he suspirado.

– Aquí -dice alguien que pasa al lado mío- todos nos ponemos los cuernos unos a otros. Con cascabeles son más sabrosos.

Sonrío y pienso en el mar doméstico que, afinado, empequeñecido y adiestrado, estará hondeando entre los fundamentos, extendiéndose hasta el horizonte más lejano, serpeando entre las casas, arrodillándose ante los palacios, lamiendo las iglesias… Cuando levanto los ojos de nuevo, el cielo es ya distinto. Yo, en cambio, continúo feliz. Incluso hasta ahora mismo que lo escribo.

***

Creo que, por primera vez en mi vida, me siento a escribir sin saber cómo empezar. Sí sé lo que quiero decir, pero no logro decirlo… No me atrevo… Tengo el presentimiento de que, si lo digo, si digo lo que temo, se realizará. Tengo miedo. Un miedo ciego y sordo, que tiende a ser mudo también. Ojalá no lo sea. Ojalá, si consigo que aparezca aquí, me desahogue.

¿No estaré exagerando? No, no es mi intención hacerlo. No estoy escribiendo un relato de suspense. Lo que escribo, lo que deseo escribir, es lo que tengo dentro: mi corazón o mis asaduras o mis entretelas, qué sé yo…

Todo comenzó anoche, o mejor, hoy al amanecer. Tenía un sueño en que dialogaba con alguien que, como sucede sólo en los sueños, era el amo de todas las respuestas. De eso estaba totalmente persuadida. No veía su cara ni su figura. Como Psique, que no veía a Eros cuando se amaban a oscuras y, sin embargo, dialogaban. Sé que no era Aldo, sino alguien superior a nosotros, quizá el destino o esa vana desesperanza que llamamos dios… Yo me encontraba confortablemente en su seno, descansaba en su presencia, y sonreía -me veía a mí misma sonreír- bajo el recuerdo de algo inefable. Y me escuché preguntar:

– ¿Cuánto durará la fiesta?

Una voz que no salía de ninguna parte que no fuese yo misma, me respondió, perentoria y firme:

– Mientras tú cantes, durará.

Traté de despertarme. Quería escuchar, lo necesitaba, despierta la promesa. Pero sé que no lo hice. Por el contrario, caí más dormida que antes sobre la almohada de esas cuatro palabras maravillosas. «Mientras tú cantes, durará.»

En cuanto desayuné, decidí telefonear a Aldo para contárselo. No suelo hacerlo, pero me pareció que merecía la pena. La alegría compartida se multiplica, y yo me encontraba tan contenta como una niña que cumple años: la niña chica expansiva que no fui nunca yo. El teléfono está en un ensanche del pasillo, entre la puerta de mis habitaciones y la de un comedor que jamás he usado. No tengo la costumbre de marcar los números, ni habilidad ninguna, y menos en un teléfono desconocido. Me había dejado la tarjeta con el número de Aldo en mi habitación. Volví por él y regresé. Marqué, irritada conmigo misma e impaciente.

– ¿Aldo?

Me contestó una voz de mujer:

– ¿Qué Aldo?

Era una pregunta que no esperaba. Hacía poco que, por enésima vez, había pedido a Aldo que me dijera su apellido. «¿Para qué?» «¿Para qué va a ser? Para saberlo. ¿No me llamo yo Alarcón?» (Pensé: no, no te llamas Alarcón, te llamas Moreno Morales. Para que te enteres de qué sirve un apellido.) «Yo me llamo Aldo.» «¿A secas?» «A secas.» «¿Ni siquiera una pequeña palabra más?» Se echó a reír. Estábamos desnudos, cuerpo a cuerpo, en la cama. «Aldo de Deyanira», contestó besándome el cuello…

– Aldo de Deyanira -le dije a la del otro lado del teléfono.

– No, se ha equivocado -me contestó con una sequedad ofensiva.

Mi corazón no es que se detuviera, pero se aturulló. En principio, no esperaba una voz femenina… Pensé: «He marcado mal.» Repetí la llamada. Contestó la misma voz. Volví a preguntar por Aldo, y ella a decirme que allí no había ningún Aldo, lo cual me tranquilizó un poco. Esperé unos minutos en el pasillo, andando desde mi habitación hasta el teléfono, y mirando después por el balcón a la pequeña plaza. Estaba todo envuelto en una niebla baja, que emborronaba bancos, árboles, fachadas… Por tercera vez marqué el número. Ésta, con más seguridad, pregunté por Aldo.

– Ya le he dicho que no soy Aldo, señorita -me respondió la voz de la mujer ahora seriamente enfadada y casi amenazante. Tanto que me hizo sonreír, y le contesté:

– Naturalmente que usted no es Aldo. Aldo soy yo. -Y corté la comunicación.

Luego pensé que no había sido una broma: yo soy Aldo en efecto… Y recordé mi sueño: «Mientras yo cante, la fiesta durará», es decir, seguiré siendo Aldo. Me eché a tararear, a tontas y a locas, una copla de Concha Piquer, que la mujer de un guardia, en Alhaurín, no dejaba un momento de destrozar: «Dime que me quieres, / dímelo por Dios. / Aunque no lo sientas, / aunque sea mentira, /pero dímelo…»

«Cántaselo por teléfono a Aldo; pero no te equivoques por cuarta vez», me dije. Con el papel en la mano y cerca de los ojos, no a lo tonto, dígito por dígito, marqué. Tardaron en cogerlo más que antes. Luego escuché la voz de Aldo un poco deformada y fría: «Estoy fuera de Venecia. Si quiere dejar algún recado, hágalo. Gracias.»

Fue tan inesperado que ni siquiera colgué el auricular. Lo dejé sobre una pequeña repisa que hay debajo… «Si quiere dejar algún recado…» No quería dejar nada. Quería tenerlo todo… Quería saber dónde había ido Aldo, si era verdad que no estaba en Venecia, y de quién se ocultaba si estaba aquí y por qué no me había advertido y cuánto tardaría en volver si es que iba a volver… Me eché a llorar. Sé que soy tonta del higo, pero rompí a llorar. No entendía nada. Ni por qué lloraba siquiera. «Mientras tú cantes, la fiesta durará…» Colgué el teléfono en la horquilla o como se llame, y volví a mi habitación.