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Se me ocurrió ir a casa de Nadia. Nunca había estado allí. Ni siquiera sabía si a aquella hora estaría trabajando en algún sido. Por otra parte, el día no estaba como para dar vueltas: la bruma brotaba desde abajo, se dejaba desgarrar por las ramas de los árboles y ascendía luego hacia un cielo tan gris como ella, con el que se fundía.

Me puse a leer, pero no podía. No me acuerdo ni del libro que tuve entre las manos. ¿Qué me estaba sucediendo? Miedo, lágrimas, falta de concentración en un libro que, el día anterior, antes del sueño, me había parecido fascinante… Y nada de cantar. ¿Qué es lo que presentía? ¿Dónde había ido a parar mi seguridad de tía con un par de huevos de avestruz? Y, por si fuera poco, ahora me doy cuenta, cuando escribo esto, de que nunca fui tan malhablada o tan malescrita o tan guarra como lo vengo siendo. ¿Qué había cambiado? Y hoy, ¿qué había vuelto a cambiar? ¿Qué coño era este lío? «Pon los pies en el suelo, Asun, preciosa, por lo que más quieras. Y procura cantar a toda costa.»

No estaba para cánticos. Hice un esfuerzo y regresé al pasillo y otra vez al teléfono. Por fortuna, Nadia sí estaba. No sabía nada de Aldo.

– Lo acaparas tú tanto que conmigo ha partido ya peras… Ni idea de dónde puede estar. No creo que haya ni salido de Venecia… Eso son cosas suyas. A él le gusta jugar al escondite…

– Pero ¿y la discoteca?

– Eso, sí. Él tiene allí un horario. Y es cumplidor, aunque no lo parezca. Y el que pincha mejor.

– Lo sé mejor que nadie -lo dije a pesar de no tener gana de bromas sexuales-. ¿Vamos a darle la sorpresa esta noche? -Sugerí casi tartamudeando-. Te convido a cenar, y luego nos acercamos allí.

– ¿Desde cuándo no te atreves a ir en busca de algo tú solita? -preguntó con sorna.

– No, hoy, no… Hoy no me atrevo a nada. Estoy desconcertada…

Algo tuvo que notar en mi voz, porque ahora hablaba en serio:

– ¿Ha sucedido algo?

– No lo sé… Lo peor es que no lo sé.

– Pasaré por tu casa a recogerte. Hasta luego. Besos.

– Besos -repetí yo. Y colgué.

Me vi desamparada y sin saber qué hacer.

– Pero por poco tiempo. Esta tarde a las ocho estará Nadia aquí. Y a las once te encontrarás con Aldo.

Me vi extraviada y en una callejuela sin salida. Intenté cantar eso de Marifé de Triana. No me salía la voz.

– No exageres. Siempre te da por situarte del lado negativo de las cosas. Eres mucho más dada a temer que a confiar. En lugar de recostarte cómodamente en un presente que te llena de luz y que lo estás tocando con los dedos, tú miras más allá, hacia un futuro desilusionado… ¿Qué derecho tienes a amargarte la vida, mamarracha? Estoy hasta la coronilla de que, en cada momento de tu puñetera vida, optes siempre por la infelicidad. Más aún, que ni te pares a contemplar la idea de que ya puedes descansar de una vez sin sentir el bordoneo de la mosca en tu oreja. ¿Crees, so imbécil, que la felicidad paga un impuesto de pena legalmente exigible? Te ha sido dada gratis. ¡Disfrútala!

– Todo lo bueno que hay en este mundo o es peligroso o perjudicial, o aún peor, mentira… (Pensé que la parte mía que me hablaba era la que escribía palabrotas, no yo.) Esta vez me lancé demasiado, me tiré sin paracaídas y sin ninguna protección. Tenía que suceder… Aldo se ha hartado de mí.

– No me extraña, porque te lo mereces… Pero ¿por qué tienes siempre la cochina imagen de un hombre maligno y hostil? Sólo porque tú no te fías ni de ti ya. Sólo porque piensas que, si te descubres confiadamente a ti misma, y mucho peor a otra persona, saldrás perjudicada. No es que seas pesimista, cabeza de chumbo, eres suicida… Temes siempre que te tomen el pelo, temes ser desilusionada y por eso no te ilusionas. Prefieres estarte tú sola, como Doña Rosita la soltera, a correr el riesgo de que alguien te haga daño… Qué valiente has sido siempre, Deyanira de mierda… ¿Por qué no se te ocurre que, de cuando en cuando, todo el mundo, hasta tú, tiene una posibilidad de que lo acepten como es, y de ser feliz? O aproximadamente feliz, porque contigo no puede exagerarse… ¿No se te pasa ni por la imaginación el hecho de que, cerca de ti, alguien pueda sentir tanta necesidad de alargar la mano y tocar otra mano como la que tú sientes?

– Sí, se me pasa por la imaginación alguna vez, pero me entra tal miedo… Un miedo mucho mayor que yo, como el que tengo ahora.

– De todas las personas que conozco, la que menos se quiere a sí misma eres tú. Así no se puede ser ni amante ni amada ni Cristo que lo fundó. Entérate, literata de chicha y nabo. Porque para querer a los demás, para amar a alguien, como te gusta a ti decir, hay que amarse a una misma primero. Nadie da lo que no tiene, hija. Nadie contagia lo que no padece, porque para ti el amor es como una enfermedad. Nadie enseña lo que no ha aprendido… Y cuando se habla de amor, más todavía. Porque, con él, sucede, a propósito de Cristo, como con la multiplicación de los panes y los peces: cuanto más das, más tienes, más recibes. Con él, el que más aprende es el que más enseña.

– Sí, sobre todo el culo, cuando te lo dejan al aire como hoy a mí.

– Calla, condenada, no nombres la bicha… Una persona, si es que a ti se te puede llamar eso, que tiene un amor sólido y bravo dentro de sí misma, una persona que se dedica en alma… y sobre todo en cuerpo a él, que es decidida y firme, no será nunca defraudada. Sobre todo, si es tan patriota que hace a rabo de toro y a tortilla española… A no ser que sea más tonta todavía que el Cándido de Voltaire. Pero para eso hay que nacer hecha de encargo, como tú.

– ¿Ah, sí? ¿Conque amor, bondad, generosidad e inquietud por los demás garantizan la paz en los corazones y allanan los caminos del mundo? ¿Ésas tenemos? Pues, que yo sepa, a Sócrates le arrearon un vaso de cicuta, a Jesús lo crucificaron con muy malos modales, a Tomás Moro le cortaron el cuello, a Gandhi le pegaron un tiro… Y no quiero seguir. Todos amaban, todos confiaban, todos mejoraron su alrededor. Y a todos le dieron con la puerta en las narices: lo normal. La gente exalta a alguien que le gusta por algo, pero lo que le gusta de verdad más que nada es cargárselo luego.

– Si comienzas todo lo que comienzas con semejante actitud, no te extrañará estrellarte después. Porque todo lo que comienza de ese modo es sencillamente el principio del fin. En el amor, y eres tú quien lo ha escrito, la que ama ha de conducirse a sí misma en la buena dirección, y ha de conducir a la vez a aquel a quien ama hacia sí mismo. Si no, aquello no es amor sino una vaga ensaladilla rusa… Qué amor es ese que no crea alegría, que aturde, que marea, que intimida, que muerde… Y sobre todo, que no vive cada día con el mismo afán y la misma pasión que viviría el último.

– Pues te juro que así estoy viviendo éste, no lo dudes: el último.

– Mira, maribobales, la gente se muere de salmonelosis, o cayéndose de un andamio, o en un safari, o de cáncer de colon, pero nunca de amor… Y menos de ilusiones ya usadas como la de enamorarse del amor, que es llover sobre mojado. El amor también tiene su libro de instrucciones… Ah, abogada del diablo, acabas de darme toda la razón.

– No te estoy dando nada… Y si te diera la razón, sería porque no la tienes. Tú confundes tus ensueños con la realidad. Los ensueños no pueden confundirse, son sólo tuyos, como tus menstruaciones. Cuanto más te acerques a ellos, más te separas de quien tienes al lado. La felicidad es gratuita.

– Mentira, y tú lo sabes. Tú siempre lo has sabido. Todo se hace por algo: el que trabaja, para sobrevivir, no porque le guste su trabajo; el que escribe, para expresarse y tener éxito; por eso yo no escribo, aunque tú hayas tratado de que siguiera haciéndolo por gusto… Y la que ama no ama por el gusto de amar, sino para ser correspondida en la misma, o a ser posible en superior medida… O sea, el trabajador quiere su sueldo; el artista, su reconocimiento; el amante, la reciprocidad y la seguridad: el yo por el nosotros… ¿Qué me dices ahora?