– Te digo lo que sabes que Milton escribió: «A la mente no la cambia ni el tiempo ni el lugar. Ella es su propio lugar, y, por sí misma, puede hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo.» Ten cuidado con ella.
– Y tú con Milton, que escribió un comentario del Génesis en diez tomos y en versos como escarpias. Qué falta de respeto al gusto ajeno.
– Qué redicha eres, hija.
– De tal palo, tal astilla. No sé si tú y Aldo seréis la misma cosa. Pero tú y yo, sí. Lo que pasa es que a mí no me has dejado levantar el galillo hasta hace poco. Y porque me he rebelado, harta de coles, ya. Mira, joya de la corona, si una mujer es rechazada por un hombre será porque ése, aunque lo pareciera al principio, no estaba dispuesto para lo que se le ofrecía. Cuando se abre el amor, se abre sin estrecheces: a perder o a ganar, lo mismo que un melón… La que tiene amor para dar que lo dé. Sin poner condiciones. Que sienta el gozo de poder dar y dé a su vez las gracias: pero sin tener en cuenta, y menos exigir, lo que podría recibir a cambio.
– Pero entonces, ¿por qué escribo lo que estoy escribiendo ahora mismo? ¿Por qué amo yo? ¿Para qué amo?
– Por el hecho de amar. ¿O es que no te parece bastante? ¿O es que buscabas una renta vitalicia? Lo que tienes son celos.
– ¿Celos yo? ¿Tú crees que yo retendría a alguien que quisiera estar con otra?
– No, matarías a la otra. Menuda soberbia estás tú hecha…
Y luego te morirías de celos: ésos sí matan. El monstruo de ojos verdes sabe muy bien estrangular… Reconócelo, humíllate y reconócelo: te devoran los celos.
– ¿A mí? Yo estoy por encima de esas vulgaridades.
– Ni te contesto a eso… ¿Qué te crees? ¿Que Aldo está ahora mismo con una calienta almocafres? ¿Que tiene al descubierto el imperdible o el abrelatas o el cencerro? ¡Populachera! Qué celosa te pone a ti el cachondeo del amor. O de la dulce ardentía, como sueles decir cuando te vuelves fina y llamas coprolalia a escribir tacos… En serio, ¿qué te pasa?
– Que soy igual que un pez de aguas profundas: por mucho esfuerzo que haga, no es entendido por ningún humano, ni ningún humano puede hacerse cargo de su temor a que todo, a que cualquier persona o animal o cosa, lo devore.
– Y el pececito de aguas profundas ¿entiende a los humanos cuando se están ahogando al lado suyo?
– Tampoco.
– Pues entonces, pazguata, no presumas de ser experta en soledades. Tú, la única… A ningún sordo se le puede explicar la belleza de una sonata ni de una sinfonía.
– Salvo que el sordo sea Beethoven.
– Pero porque era también el autor de la sinfonía: él era quien la explicaba.
– Espero que Las vidas paralelas de Plutarco no quieran decir lo que yo siento ahora… ¿Mi vida es paralela a la de Aldo? Eso quiere decir no que voy acompañada hasta el infinito, sino que jamás me encontraré con éclass="underline" ni ahora aquí, ni en el infinito…
– Tú, como siempre, ponte en lo mejor, hija. Pero apréndelo de una vez y que no se te olvide: hablas demasiado y escuchas poco, no te das tiempo. Sabes, y lo has dicho, que el camino que lleva hacia una misma es el más abrupto y el más doloroso y el más empinado de todos los caminos.
– Y sin embargo, Kung-Fu-Tse.
– ¿Quieres decir Confucio? Pues di Confucio, coño.
– Él asegura que todos los caminos conducen al mismo sitio, y todos los pensamientos a las mismas conclusiones.
– O sea que ya está dicho. Entonces, abandónate.
– ¿Quieres decir que siga como estoy? Tú sabes, como yo, que estoy peor que nunca.
– Tú siempre estás peor que nunca… Lo que quiero decir es que no saques las malas consecuencias definitivas como sueles. Que no crees en torno a ti una coraza de técnicas protectoras contra lo que venga. Que no te acobardes ni te aflijas de antemano. Que los resultados de lo que hacemos o de lo que nos hacen ni serán siempre malos ni los mismos. Que no preveas; que no profetices; que no lances jeremiadas; que no hay nunca una situación idéntica a otra; que no te abraces al dolor como si él fuera Aldo, o viceversa… Porque hay dolores inútiles, provocados por ti misma y por tu estupidez anticipatoria y por la soberbia que te impide reconocer tus patinazos. Y esos dolores recaerán sobre ti con más peso que ningún otro. Porque son dolores inventados por ti, y por ellos habrás de pagar un doble precio. Habrás de pagar dos veces tu propio tejado, que has deshecho a pedradas tú misma.
– Soy, ahora lo veo claro, víctima de la fatalidad. Desde el principio de mi vida. Al cumplirse un destino, la soledad se abre sitio dentro de mí con uñas y con dientes. Cuanto más grande es el destino, mayor la soledad. El auxilio no cabe, ni la compañía.
– Y yo, ¿qué soy entonces?
– Eres yo misma, pero de otra manera.
– De otra manera peor, ¿no es eso? Cuánta presunción: la que eres fatal eres tú, no tu destino. Sal fuera de ti, pero en el mejor sentido, no en el de perder el equilibrio. No te ensimismes: pasea, pide ayuda, sin remilgos y a gritos, encuéntrate con la gente. Con la gente preocupada y triste o sonriente y dichosa, o todo al mismo tiempo igual que tú. Habla claro con quienes te rodean, confía en ellos, no te enroques… ¿No vas a encontrarte ya con Nadia? Sé limpia y fraternal con ella.
– Eso me sucedió una vez de niña, ¿no te acuerdas? Sin saber cómo ni de dónde venía, entró una mañana un perrillo en la pequeña habitación donde dábamos clase en el colegio de aquel pueblo. A mí nadie me hacía caso allí: todos me minusvaloraban, me agredían casi si es que no me ignoraban por las buenas… Y entró el perrillo aquel. Y todo se volvió una revolución de caricias, de llamadas, de piropos… Nadie lo conocía, pero todos querían ser amigos del perrillo, que movía la cola y miraba a la gente de la clase como si la hubiera visto cada día, confiado y tranquilo, de pupitre en pupitre, recogiendo cucamonas y mimos… Y yo me eché a llorar, porque era eso lo que yo necesitaba y no me daba nadie… Envidiaba al perrillo, y me puse a llorar como una Magdalena. Y nadie me preguntó qué me pasaba ni cuál era la causa de ese llanto… Nadie trató de consolarme. Toda aquella mañana se convirtió en perrillo.
– Es que, al que hubiese tratado de consolarte, le habrías atizado una colleja. ¿No te das cuentas de que eres contradictoria e imposible?
– Sí.
Fue la respuesta categórica que me aticé a mí misma.
Después del inconexo diálogo interior, cuando llegó Nadia me encontró más serena. Estuvo complaciente y muy dulce. Yo hice lo que pude para estarlo también. A pesar de todo, no conseguí cenar: tenía un grueso nudo en la garganta y otro aún mayor en el estómago. Se lo dije. Ella me animaba:
– El nudo gordiano no se deshace, Deyanira: se corta.
– Lo he intentado, Nadia, pero no lo consigo. Vámonos ya a la discoteca.
El encargado, nada más vernos, se acercó a decirnos:
– El pincha no ha venido. No sabemos nada de él. Tampoco es la primera vez que lo hace. -Me dio la impresión de que iniciaba una sonrisa-. Empezamos a estar hasta las narices de él.
– No te preocupes -me repetía Nadia una y otra vez-. Aldo es muy arbitrario, muy autócrata y muy independiente: ya lo sabes. Aparecerá cuando menos lo esperes.
En voz muy baja dije:
– Ahora entonces.
Nadia, para distraerme, sin éxito ninguno, se quedó conmigo todavía unas horas. Hasta que yo decidí que prefería estar sola. Con el permiso de mi otra yo, tomé somníferos. No me produjeron mucho efecto.
El día siguiente lo pasé también, casi entero, con Nadia. Paseamos, hicimos alguna compra… Había esa luz límpida, como si no existiera, que envuelve a Venecia en sus horas más claras. Yo, por el contrario, me movía como una autómata en mis horas más oscuras.