No conseguí dormir cuando ella, ya de noche, me dejó. Habíamos vuelto a la discoteca. Sin novedad ninguna: Aldo no había aparecido, no había dado razón de sí. Yo no conseguía apenas respirar. Esperé el amanecer como el náufrago espera la sirena de un barco, el humo de una chimenea, el eco de una proximidad, una voz, un sonido del agua que le devuelva la remota esperanza…
Muy temprano, telefoneé a Nadia para pedir socorro. El teléfono sonaba y sonaba y sonaba. Nadie lo descolgó. Nadie me contestó. Ahora Nadia era nadie también. Me pregunté si no habría ni una mano, amiga o enemiga, que me pegase un tiro.
De pronto, desesperada, recordé que debajo de mi colchón estaba la pistola que me había dado Aldo. Lo levanté de un tirón. Pensé que sólo la muerte me evitaría para siempre desastres nuevos, nuevos desengaños.
Busqué el arma. La busqué, la busqué desesperadamente… No estaba. Alguien la había cogido. No me atreví a preguntar a la dueña del piso. Ni a la sirvienta que hacía mi cuarto. Y aquí sigo, sin atreverme a nada. Ni a salir a la calle. Ni a seguir escribiendo…
Nunca he conocido, hasta ahora, la sensación de verme tiritando, asustada, tan abandonada… Sin saber por qué, ni de qué, ni siquiera por quién del todo. Ahora comprendo que siempre nos acecha algo peor que lo peor. Peor todavía que un tiro en la boca.
He pasado dos días que no se los deseo ni a mi peor enemigo. Aunque creo que mi peor enemigo soy yo precisamente. Hasta yo me he cantado las cuarenta en bastos. Intentaré escribir para distraerme. Al menos estoy viva: no sé si eso será de agradecer. Sigo teniendo miedo a una amenaza que no sé de dónde viene ni por dónde. La soledad la había ya aceptado. Pero, después de haberme sabido acompañada, la soledad de ahora se me hace insoportable. No tengo ni una persona a quien recurrir. Me he traído este cuaderno a la trattoria. Por lo menos aquí entra y sale la gente, se saluda, bebe vino o café. Aquí sigue la vida… A veces pasa alguien por la calle que me recuerda a Aldo, alguien que me recuerda a Nadia o a Bianca. Me da un vuelco el corazón… Para nada. Para sobrevivir unos minutos más. Compruebo que el amor continúa siendo una engañifa, que es el sacamantecas del corazón. Y que quizá lo que yo necesitaba, más que amar, era saberme amada. Todo mi mundo, mis teorías, mi conocimiento de mí misma que creí irrefutable se vienen abajo ahora con estrépito. Con un estrépito mudo y terrible: estoy llena de ruinas. Como después de un bombardeo. Soy una ruina más. ¿Por qué? ¿Por qué?
Tengo que divagar.
Yo me enamoré. Me propuse ser el ideal para el hombre que amaba. Pero ¿qué noción tenía yo de ese ideal? ¿Conocía yo a Aldo? ¿Me daba entera a él? ¿O más bien me agarraba a ese cuerpo, me aferraba a él no para unirme sino para salvarme? Mi sed de ser amada tiene tal dimensión y tal profundidad que nunca, ni Aldo ni nadie, la va a satisfacer, ni un poquito siquiera. Cuanto menos, colmarla, inundarme, ahogarme en ese mar de amor que necesito yo… Amante, amada… ¿Qué sabe nadie lo que es? Hasta que llega la hora, todo son teorías. Las teorías no quitan el hambre ni la sed…
Pido otro café, que creo que es el séptimo. El camarero, que me conoce y algo intuye, deja un instante su mano sobre mi hombro… Tendría que recuperar mi amor propio como primera providencia. Pero ya no es posible. Desconfío de todos, hasta del camarero, y de mí la primera: no puedo fingir naturalidad ante los demás ni ante mí misma; sólo hacer esfuerzos para no gritar. Hasta llorar me es imposible ahora. Cuánto me alegraría mojar estas asquerosas páginas con lágrimas. Por lo menos me desahogaría algo… Por lo menos se correría la tinta, ya que yo no.
En realidad, lo que querría ahora es el imposible taxativo de ser un hombre en vez de una mujer. Porque nosotras no podemos dirigir el amor hacia nosotras mismas: hablo de cada una; debemos brindarlo a un hombre y esperar. Y yo he esperado demasiados años. Me encuentro ya agotada. Me encuentro con la esperanza varias veces muerta. No puedo convencerme ni de que haya amado. El que inspiró el amor es lo de menos ya, ni el nombre que tuviera (el apellido no lo conocí: ¿cómo pude estar tan lejos, tan ajena a mí y a él?), ni la forma de acariciarme, ni sus besos… Lo que importa, ¿qué es? ¿El recuerdo que deja en mi memoria? ¿Un amor olvidado, no por mí sino de mí, al que añorar un día? Me quisiera morir… Lo juro en alta voz. Pero ¿ante quién lo juro? No tengo rey ni roque, ni alfil ni reina ni torre ni caballo; no tengo ni un mísero peón. No me tengo ni a mí… Y si me suicidara, ¿quién sería la muerta? ¿Quién soy yo? ¿Fui yo la amante? Sí, yo fui la amante, y acaso todavía lo soy. No fui correspondida con la misma pasión con la que amé. Una vez más me timaron.
Y de mala manera. Siempre me dejan sin decirme adiós. Las mujeres como yo no sirven para ser amadas. Son incómodas, parlonas, emprendedoras, masculinas… Quizá servimos para amigas más que para amantes… Coño, pues jódete, aprende de una vez a joderte. Aprende de una vez que el infierno no es verdad que sean los otros. El infierno es nosotros… Tú no cabes entera en el corazón de un hombre, Deyanira: lo estallas, lo desbordas, lo deshaces, lo hastías. Ellos tienen que defenderse de alguna forma. Aunque sea la huida, como esta vez ha sido.
Y me puse a beber. Pero esta vez -o mejor, estas veces- alcohol.
¿Lo amabas más que él a ti? ¿Qué sabías tú? ¿Qué preguntaste tú? Su apellido tan sólo y no te lo dijeron. Cuando ama, pregunta, indaga, ahonda… No por curiosidad ni acaso por amor: quizá por instinto de legítima defensa. O de entrega legítima. Aunque sólo sea por saber en qué manos vas a poner tu vida. Pero qué idiota, qué pobre idiota eres.
Con tanto pensar desde hace tanto tiempo, ¿cómo no has comprendido que el amor lo sentías sola tú, aislada e incomunicada en ti misma? Has amado subjetivamente, interiormente… Por muchos gestos de amor que hayas hecho… Nunca fuiste correspondida, nunca: atrévete a escribirlo. Te has inventado todo: tenías ramos de flores en tus manos y los depositaste en los primeros brazos que se alargaron para recibirlos. Te rebosaba el sentimiento, y creaste una figura, la primera que se te puso a tiro, para que soportara el peso de sus sueños… Y la revestiste a tu manera, como te habría gustado a ti ser revestida… Fue demasiado peso: lo abrumaste; se ha transformado sólo en una sombra. Me gustaría que Nadia, la que me contradijo, la que se reía y me llamaba la Amante, me oyese ahora…
Todo está en el corazón, ya lo creo… Yo lo he imaginado todo en este vía crucis póstumo. Yo he parido al amado y lo sacralicé. Yo he convertido mi amor en una categoría trascendente. Me debilitó la voluptuosidad que nunca había gozado. Y él, el hombre, se enorgulleció de tener tanto poder sobre la poderosa: el poder de satisfacerla cada vez que ella lo deseaba. La poderosa ciega, qué ironía. Tan ciega que creyó haber hallado un ser supremo al que entregarse, someterse y reverenciar… Demasiadas albardas para un burro tan chico: salió huyendo. Demasiada peana para un ídolo de barro: se cayó y se hizo un millón de pedazos… Yo creí que, con Aldo, hacía el amor, y lo que estaba era deshaciéndolo a tirones.
Si me he perdido entre zonas oscuras, es porque todo en el amor es zona oscura. Y además no da tiempo a encender una luz por pequeña que sea, ni una cerilla: no da tiempo. Ni para reflexionar, ni para machihembrarse, ni para ser tenaz hasta convertirse dos en uno… No hay amor absoluto: es todo relativo, pasajero, puntiagudo y doliente. No existe el amor único: todos son pequeños amores sucesivos. Todos son escaramuzas temporales. No hay ninguna que pueda detener el vuelo apresurado del tiempo: tienes que conformarte -¡y lo sabías!- con la concentración para evocarlo, pero estando ya a solas. Sin el amado ya, perdido en el recuerdo…