Para que no viese que se me saltaban las lágrimas, quise despistar y miré a otro lado. Mis ojos tropezaron, emborronándolo, con un estuche que había bajo una mesa adosada a la pared. Había pensado, cuando lo vi al llegar, que sería la funda de una escopeta rara. Los dedos se me volvían huéspedes allí.
– Y eso, ¿qué es?
– Un violín.
Creí que bromeaba.
– ¿Qué hace aquí un violín?
– Si no lo tocas, nada.
– ¿Y quién sabe tocarlo?
– Yo, pero no muy bien.
– ¿Eres tan lujurioso que puedes tocar, al mismo tiempo, al violín y a mí?
– No es lujuria, es amor. Lo de los dos: el violín y tú.
– Pues espero que a él lo toques con más delicadeza. Porque, lo que es a mí, me desafinas. Míralo: estoy temblando.
Era cierto. Alargué las manos y me temblaban. Aldo las apretó contra su pecho. Le palpitaba muy fuerte el corazón. No habría nunca mejor momento para morir los dos.
Nadia no tardó mucho en presentarse con mi equipaje que no abultaba demasiado.
– Te traigo tus cuadernos secretos.
– Podías haberlos dejado caer en un canal. Son los papeles de agua.
– Entonces no se hubieran ahogado. Pobrecillos, qué mala eres con ellos.
– No lo sabes tú bien.
Pasó un tiempo, no mucho, mientras ordenábamos las ropas y los libros en silencio.
– ¿Qué es de Bianca?
– No tardarás en verla. Está deseando venir.
No sé por qué, intuí que rehuía el tema dando de nuevo largas. Pero, como ya me conozco y creo conocer a quienes me rodean, no insistí. (Sí, déjate llevar otra vez por tus quimeras: no escarmientas, ceporra.)
Sin embargo, recapacitaba sin poderlo evitar. Todo me parecía un poco extraño. O quizá mucho: la mudanza, la postergación de las aclaraciones, la ausencia persistente de Bianca, las incomodidades de los turnos de mañana y de noche a cargo de Aldo y Nadia… Sentí la urgencia de ponerme bien, de salir, de ser autosufíciente como fui toda mi vida, de no ser tratada como una anciana dependiente… Pero no cesaba de preguntarme, no tanto dónde habían estado Aldo y Nadia en aquel tiempo muerto por culpa del que yo estuve a punto de morirme, sino, antes de nada, por qué no me habían advertido de que se iban y de por qué se iban. Juntos o separados o como hubiese sido… Y el silencio de Bianca. De ahí que me sintiera demasiado protegida y un poco protejodida. Pero como mi reconocida estupidez y mi impaciencia -y también mi amor- me habían traído hasta donde ahora estoy, no me atrevo a plantarle cara a una situación que no comprendo y que no considero cómoda para nadie.
Ahora aquí echo de menos a menudo mi soledad de antes, mi independencia, la sorpresa iluminadora de las visitas de Nadia, de Aldo y Bianca… Hoy está todo bajo un horario.
– ¿Quién te entiende, pelmaza? No sabes lo que quieres, culo de mal asiento.
– Sí lo sé… Lo que no sé es todo lo demás.
Por fin, he salido. Con Aldo, desde luego. En una motora que yo desconocía que tuviese. Antes de que cruzáramos el canal, descubrí una Venecia distinta, como de fuera adentro. Era como alguien que penetra en el secreto de lo que ya conocía -o creía conocer- sin haber averiguado ni adivinado su verdadera intimidad. O sea, como una renovatio amoris de Ovidio. Me produjo una impresión extraña. Apenas embarcamos, le rogué que se detuviera ante el lugar de la Giudecca que prefiero, que siempre he preferido: el que tiene a los lados y de frente el esplendor del mundo. Donde yo me sentí acunada, lo mismo que una niña muy querida, por Aldo en una góndola. Él, después de besarme, me aseguró que iba a llevarme allí sin que se lo pidiera.
– Es nuestro altar y nuestra cama de bodas.
Sentí que se me llenaban de agua los ojos.
– Calla, si no, no podré verlo.
Me tomó la cabeza y me secó los ojos con sus labios.
– Es preciso que hoy veas mejor que nunca. Por Venecia y por mí.
¿De dónde venía ese cariño pulcro y delicado, como el que se manifiesta a una niña que se ama?
Y me introdujo en la auténtica ciudad, en la otra cara de la moneda veneciana. Me vi habitante suya de un modo diferente al que hasta entonces lo había sido. Aldo me paseaba por lugares que no reconocía: los había contemplado desde un punto de vista más alto, como formando parte de ellos. Ahora navegábamos entre pequeños puentes, adelantando góndolas o acompasándonos con ellas, desdeñados por sus ocupantes como intrusos muy poco respetuosos. Me decía a mí misma: «Cuánto influye, en lo que se ve, el lugar desde donde se mira. Qué imprescindible es cambiar, de cuando en cuando, de punto de vista. Para conocer mejor no sólo las ciudades, sino las situaciones, las personas, los problemas… Y también las incógnitas que, en ciertas circunstancias, como las mías ahora, nos perturban.» ¿De qué procuraban distraerme Aldo y Nadia? No podía dejar de planteármelo.
Ahora no me extrañaba tanto que este pueblo, juntos todos o no, quisiera resucitar a La Fenice. Era su permanente símbolo: el fénix resucitando de forma interminable. Mucho más que el León alado de San Marcos, reproducido de manera incontable por toda la ciudad. El fénix significaba la ciudad renovada renovándose siempre. Siempre la misma y nunca repetida. No sólo por las luces y formas exteriores, sino por un ímpetu interior que la conduce y la reproduce; por un secreto persistente que la hace ser, a pesar de las mudanzas y los siglos, idéntica a sí misma. Fue entonces cuando empecé a sospechar el alma de Venecia, que antes me había parecido sólo un decorado hermoso: tentador pero frío, al alcance del tacto y la mirada, pero a la vez lejano e intocable. Sin embargo, supe entonces también que hay algunos fénix que no resucitarán sino a través de los siglos, cuando se logren reunir sus cenizas esparcidas, perdido ya el recuerdo de lo que fueron y de por qué murieron. Y me solidaricé con ellos más que con La Fenice. No sé por qué. Quizá sólo por el instinto de la propia conservación.
Y sin saber la causa, sin decirle a Aldo todo lo que pensaba, retrocedí en el tiempo. Tropecé con la ciudad del siglo XVIII, cuando fue la más libre de Europa, su válvula de escape, el refugio de los perseguidos por razones morales o políticas, el puticlub mayor de su época… Como ahora para mí… Con lentitud veía alzarse, ante mí y a mis lados, todas las condescendientes tolerancias que por razones económicas, de acuerdo -pero qué importaba eso-, recibían la indefinida variedad de lujurias, de desenfrenos y de extravagancias. La Serenísima hacía, sin perturbarse, la digestión de cuanto se le echara. Esta ambigüedad suya, de tierra y cielo y agua, esta levitación tan enigmática como irreproducible, la transformó en una madame lujosa y comprensiva, que utilizó hábilmente las armas que tenía para seguir viviendo y dar vida a los acosados. Y, cuando escribo armas, quiero escribir argucias, hermosuras, perfiles inefables, rincones captadores, lugares engañosos e insólitos, verdades mentirosas y mentiras veraces, el arte cultivado como nunca y en todas las magnitudes y trampas de las que sólo ella es capaz… La ciudad tolerante y exclusiva que es la antecedente de la de hoy, ya abaratada y decaída igual que una pilingui que en un tiempo fue deseada por todo el que la viera, la imaginara, la poseyera o la habitara…
Nunca como estos días, casi convalecientes, me encontré tan envuelta por una ciudad que era la permisiva quebrantadura de sus propias normas, la legisladora flexible con cualquier infracción. Desde el juego, que prohibía para cerrar luego los ojos ante los jugadores que la inundaban desde cualquier sitio, hasta la compasión por las zorras monjitas que se marchitaban sin amor en sus conventos de los que, indulgente, las libraba por horas. Qué dos grandes pasiones, la del azar y la de la carne, confluyeron siempre entre los canales de entonces.