– ¿A los chulos de putas los llama proxenetas también el castellano? -me preguntó de repente Aldo. Yo solté una risa aprobatoria-. Esta ciudad estuvo llena de ellos. Las mujeres que habitaban los palacios, vendían, para jugar, hasta las bragas. Hubo que controlar, por medio de licencias, la proliferación de chulos… Claro está que para sacar beneficios de sus beneficios: dar para recoger. Las grandes damas jugadoras se entregaban a los ricos de entonces, que no eran ya los aristócratas ni del todo quizá lujuriosos desbocados, pero sí con boca bastante para hincar el diente en carnes que de otro modo no habrían estado al alcance de la suya.
Aldo reía y yo con él. Imaginábamos que Venecia había sido una fiesta, como lo fue para Hemingway París. Una fiesta desenfrenada y profesional, como la que se armaría en cualquier sitio que tuviese sus días contados. Jacobo Casanova no fue el único. Pero sí muy representativo. Cuando se dejaba de apostar o de oír música -«el comienzo del Barroco se llama Venecia»- se follaba. O acaso al mismo tiempo… Me acordé de mi primera conversación con Aldo aquella noche tan veneciana… Todo favorecía los encuentros simulados, los fingidos raptos de las religiosas que se dejaban penetrar en las góndolas, tan favorecedoras de cualquier metisaca. El bullicio y la jarana, más o menos visibles, hacían cerrar los ojos de quienes no deseaban darse cuenta, que eran todos cuando no les tocaba a ellos actuar: hoy por ti, mañana por mí era la ley mayor… Esta ciudad, en apariencia inmóvil, que yo veía desde la motora con más rapidez que antes, había sido una de las más disolutas de la Historia. Con la agravante de que fue, y continúa siendo, la que mejor supo venderse; la que se entrega, pero dejando intacto lo que le conviene que sobreviva siempre. Como una pelandusca que deja que le metan mano, o lo que sea, por donde sea; pero exige que no le toquen el sombrero. Y de la cartera, ya ni hablamos.
Con Aldo vi esos días la Venecia secreta a voces. La imaginé, sería mejor decir. La que acogió a los homosexuales perseguidos por las demás naciones; la de los espías y traidores políticos; la que pactaba con los papas o con los turcos o con ambos a un tiempo, indiferente a todo; la de los castrati, tan buscados por los compositores de ópera con motivos a veces menos límpidos que sus voces; la de las mujeres, decisivas protagonistas, a las claras y a las oscuras, que sorprendían a los forasteros con una libertad que acojonaba a los hombres: en el sexo, en el amor, en el color del pelo, en cualquier arte más o menos noble y, sobre todo, en el más complicado, que es la vida.
La ciudad entera, no sólo La Fenice, es un teatro con un gran escenario: un escenario cambiante, con decorados de quita y pon, que suben o que bajan según la conveniencia, con carras que entran o salen, con luminotecnias no naturales siempre, con telones que descienden lentos o rápidos según lo que convenga en cada caso…
Y me daba cuenta entonces de mi reconciliación con Venecia, la humana, palpitante, excesiva, simuladora Venecia. Era la tercera o la cuarta con la que me encontraba. La nunca ofrecida del todo, recóndita y exhibicionista al mismo tiempo y en semejantes horas y lugares. La poseedora de la suprema sabiduría: administrar bien lo que se enseña sin entregarlo nunca. Todo cuanto llega a ella, desde la arquitectura de cualquier época hasta una mujer adúltera, es veneciano ya. De la Venecia streeper, en salas de fiesta conventuales o en discotecas eclesiásticas, que ya tuvieron experiencias veladas de cuanto sucede en ellas hoy. Me reconcilié con esa mezcla de la que Aldo me había hablado: oficialidad y delitos, subterfugios y protecciones pagadas, la autoridad constituida y delincuente, los abogados acusadores o defensores según quien los costea. Una ciudad en que la mafia no es posible porque no hay quien la distinga de la que no lo es. Si es que hay algo aquí que no lo sea…
Volvió a hablar Aldo, y volvió a sorprenderme: -En Bizancio, para privar a cualquiera de alcanzar el poder, se le cegaba. Sin embargo -te lo cuento para que entiendas mejor este batiburrillo-, Dándolo, un dux de Venecia, que conquistó y fue soberano de tres octavas partes de Bizancio, era absolutamente ciego. Es un buen símbolo veneciano. Mirándonos, soltamos la carcajada al mismo tiempo. Yo iba junto a él y reposé en su hombro mi cabeza. Me la golpeó con el cariño de la suya, y yo me puse a soñar, en paz casi, arrullada por el ruido de la motora.
Esta noche he pedido a Nadia que no se quedara. Lo ha comprendido, y hace un rato se fue. Por fin me han contado, cada uno por su parte, lo ocurrido en esos días aciagos. Me falta el relato personal de Bianca, a la que aún no he echado el ojo encima. Pero su testimonio es quizá el más imaginable. Aunque un exceso de imaginación sea necesario para hacer coherentes los relatos. Por eso sospecho que aún faltan muchas piezas en este puzle.
La narración de Nadia es breve. A la mañana siguiente al día en que permaneció conmigo en mi casa de antes, recibió de madrugada, demasiado temprano para llamarme en mi estado de nervios, un telefonazo de Aldo. La avisaba de que, estando en Prato, cerca de Florencia, donde lo había llevado un asunto profesional urgente…
– ¿Cuál es la profesión de Aldo?
– No lo sé de manera oficial, pero supongo que, aparte de pinchar discos, por afición más que por otra cosa, tendrá un modus vivendi. Siempre pensé que era mejor no preguntar. Si no lo sabes tú…
Qué cautelosa y qué morigerada, me dije. Y en alta voz:
– Continúa.
– Por teléfono, a su móvil, le habían comunicado no sabía quién, que Herbert Kalick…
– ¿Quién es Herbert Kalick?
– Era el muchacho alemán experto en pintura, al que Bianca acompañaba.
– ¿Era?
– Sí, de eso se trataba. Había sido encontrado no lejos de Fiesole… Es un pueblo donde está el antiguo y precioso monasterio de Santo Domingo. Lo visité en mi adolescencia… Me impresionó la inscripción en las piedras de la entrada: O beata solitudo. O sola beatitudo.
– «Oh, feliz soledad. Oh sola felicidad.» Es triste pero está cargado de razón.
– De Viccio, muy próximo, era Fra Angélico, y en ese convento vivió y pintó hasta que lo trasladaron al de San Marcos en Florencia.
– Mira, Nadia, todo eso, más o menos, lo sé. Pero ¿quieres hacer el favor de decirme qué tenía que ver Aldo con esa lección de geografía e historia?
– Es que habían encontrado al alemán en un olivar cerca de ese convento. -Hizo una pausa-. Muerto.
– Muerto ¿cómo?
– Bien muerto, y de mala manera… No se sabe si asesinado, o atropellado por un coche y luego abandonado allí. O las tres cosas juntas. La autopsia aún…
La interrumpí.
– Aclárame dos cuestiones, por favor. La primera, si murió de un disparo o de una cuchillada.
– Ya te digo, la autopsia…
– La segunda, quién llamó a Aldo.
– Eso no lo sé… Creo que ni él.
– ¿Y por qué comunicárselo a Aldo, y no a ti, por ejemplo? ¿Porque estaba más cerca? ¿Y quién sabía que lo estaba, si ni yo lo sabía? ¿Y quién sabía que la amistad de Aldo y Bianca es causa suficiente como para llamarlo antes que a nadie? Y más aún, ¿quién sabía que ese alemán y Bianca viajaban juntos?
– No lo sé, Deyanira. De verdad no lo sé… Dijiste dos cuestiones, pero anda que… Demasiadas preguntas… Yo no hice tantas. Cogí un coche y me fui en busca de Bianca, que aún no sabía nada. Por eso no me encontraste en casa. Me fui aprisa y corriendo, en cuanto me advirtió Aldo de lo que sucedía… Y recuerda que tú no estabas además para tales noticias. Ya semejantes horas…