– Bueno, en ese caso me habría quedado lo mismo de confusa que ahora estoy.
Después de mirarme y encogerse de hombros, Nadia continuó:
– Aldo y yo buscamos a Bianca en Florencia. Aldo me esperó a mí… Habíamos quedado en un café cerca del Carmine para buscarla juntos.
– ¿Buscarla? ¿Es que no sabíais dónde estaba?
– Más o menos… Ellos se movían, viajaban, visitaban iglesias y museos… Un par de días antes, Bianca me dijo el hotel en que se iban a hospedar en Florencia. Pero, según nos advirtieron en él, estaba completo y les habían buscado otro alojamiento… Cuando llegamos, Bianca había salido, cosa muy lógica. Tuvimos que esperarla… Decidió darse una vuelta por tiendas y por bares. Es comprensible: estaba un poco hasta el colodrillo de cuadros y de piedras… El alemán salió aún de noche hacia Fiesole, según le dijo; tampoco estaba muy segura.
– Quizá ni lo mataron allí… Quizá allí llevaron sólo un cadáver. -Nadia hizo un gesto indiferente y concluyente.
– Quizá.
– ¿Y cómo está ahora Bianca?
– Bien. Tranquila… Claro que ha sentido lo del alemán… Pero supone que algo le ocultaba, que estaba utilizándola como tapadera de cualquier cosa, o que había quedado con alguien para algo, no sabe qué, y aquello terminó de mala manera…
Ahora fui yo la que cerró la explicación diciendo una vez más:
– Quizá.
La narración de Aldo coincidía con la de Nadia. Aproveché que ella estaría ausente un par de horas haciendo algunas compras. Coincidía en lo que afectaba a ella. Pero creo que a mí me afectaba aún más. De ahí que me pareciera oportuno comenzar preguntando yo.
– ¿No tienes nada que decirme?
– Sí, Deyanira: que te sigo queriendo.
– Pues no lo parece cuando me abandonas, ya te imaginas a lo que me refiero, sin decir adiós ni dar explicaciones.
– No pude… No debía.
– ¿Por qué?
– Porque estaban controlando cada paso que daba, cada llamada que hacía.
– Pero ¿quién?
– Todos, cualquiera, Deyanira… ¿Es que aún no te has dado cuenta? -Balbuceaba. Lo vi, por primera vez, dubitativo, débil. Y él adivinó que lo veía así-. Tú eres tan fuerte, Deyanira.
¿Yo fuerte ante él?, me pregunté. Y escuché las palabras que Aldo no pronunciaba: «Ayúdame, ayúdame…» Estos hombres, me dije: ¿es que no hay ninguno que lo pueda todo? Uno en quien descansar de todo…
– ¿Y por qué estoy aquí?
– Porque soy egoísta. Porque quiero que corramos los dos la misma suerte. -Sonreía. Dejé que me besara, y le dije al oído:
– ¿Auferat hora dúos eadem?
– No es momento para hablar en latín -susurró mientras volvía a besarme. Me aparté un poco de él. Y comprendio-. ¿Te acuerdas, al principio, cuando se descubrió un cadáver en aquel canal chico del río de Marcuola, por la Maddalena, y vimos cómo lo sacaban del agua? -Asentí con la cabeza-. Era un amigo mío. El único en el que tenía absoluta confianza… Creí que te habías dado cuenta. Me miraste mucho tiempo, entre asombrada y triste. ¿Te acuerdas?
– Sí, ¿cómo no voy a acordarme? Pero te miré así porque sospechaba que quizá tú habías sido…
– ¿El asesino? -Volví a asentir-. No. -Se humedeció su voz. Me sentí responsable de haberlo defraudado: yo, tan lista-. No. A quien querían cargarse era a mí. -Se le nublaron los ojos, que eran mi luna y mi sol-. Lo habría preferido.
– ¡No! -Me acerqué a él. Le acaricié la cara. Rocé sus cejas fruncidas. Había allí tanta tristeza-. Perdóname, Aldo, perdóname… Pero compréndeme también: no puedo vivir así. Necesito saber. Lo que sea, me da igual, pero saberlo. Es preciso que yo sepa a quién quiero, con quién me acuesto, con quién me levanto, en quién me apoyo, para quién vivo… Es preciso que esté segura de algo, del suelo que piso, de que la mano que me acaricia -él tenía sus dos manos, tan fuertes y tan tiernas, rodeando mi cuello- no me va a estrangular…
No pude evitar un sollozo. Yo creía que nunca volvería a sollozar. Pero me sentí blandengue, me sentí niña desvalida. Se lo debía a Aldo. Y se lo agradecí: sólo por eso hubiese valido la pena tanta ignorancia y tanta oscuridad. Pero era urgente insistir. Ahora o nunca:
– Aldo, quiero saber. Soy aún más fuerte de lo que tú te crees -y mucho menos de lo que me creo yo, pensé-. No me importa si eres policía o mafioso o cura, pero dímelo… No me importa estar viviendo una novela cuyo principio no he urdido yo y cuyo fin ignoro; pero necesito saber la novela que vivo… Sólo estoy acostumbrada a escribirlas, y en ellas hago más o menos mi real gana… Pero es que ésta, además, no es una novela mía: es una película americana de acción, y no me gusta…
Aldo tardó más de un minuto, que se dice muy pronto, en contestar.
– Creen que eres un contacto.
– ¿Quién lo cree? -Aldo se encogió de hombros-. ¿Y lo soy?
– Tú sabrás.
– No. Ya no sé lo que soy. Es eso lo que estoy preguntando… Soy un contacto tuyo, tú eres mi único contacto… Lo asumo todo, me pongo de tu parte, te acompañaré vayas donde vayas. Pero dime, por lo menos, dónde vamos, de qué formamos parte, contra quién estaremos o a quién defenderemos, aparte de tú a mí y yo a ti… Dime -levanté la cabeza, alargué las manos para inclinar la suya y mirarlo a los ojos-, dime quién mató a ese Herbert, a ese alemán de Bianca. ¿Lo mataron de una cuchillada? -me temblaba la voz. Aldo sabía por qué.
– No. Lo mataron los mismos que sacaron la pistola de debajo de tu colchón… Sí que estaba cargada.
– Pero ¿quiénes son ésos?
– Los mismos que una tarde, en la placita de San Giacomo de H'Orio, al principio, ¿te acuerdas?…
– Sí, una fiesta de barrio, mucha gente, tú querías que nos fuésemos y yo quería quedarme… Choqué con alguien, me encontré abierto el bolso…
– Y perdiste las llaves de tu casa. Desde entonces te siguen. Desde entonces te vigilan porque eres cosa mía… Tuve la tentación de no comprometerte más, de alejarme. -Supe que me estaba diciendo la verdad.
– Y tú eres cosa mía, Aldo. Los dos somos cosa riostra. -Me miró, desde arriba, fijamente. Le tembló la mirada, tan clara, tan limpia, tan querida.
– Calla, no digas eso -lo decía con un tono infantil; su mano me tapaba la boca-. Nos hemos descuidado. Instalaron un micrófono en tu habitación el día en que robaron la pistola. Desde hace mucho sospechan de mí y de todo lo mío y de todo lo que hago… -Le temblaron apenas las comisuras de la boca-. Como sospechas tú que maté al alemán. -Me impidió hablar-. Sí: lo has sospechado… Fui a advertirle de que lo buscaban.
Aparté su mano de mis labios después de besarla.
– ¿Quiénes?
– Los de la 'Ndrangheta.
– ¿Qué es eso?
– La mafia de San Luca, la calabresa, la menos conocida y la peor de todas. Se figuraban que Herbert era un espía camuflado…
– ¿Y lo era?
– Sí.
– Pero ¿de qué parte estás tú? ¿A quién perteneces tú? -Tenía los ojos más que nunca de color flor de la achicoria. Era inverosímil que viera bien con ellos, entre el azul y un violeta pálido. No sonrió:
– Pertenezco sólo a ti y a mí.
– Aldo, contéstame -lo estaba sacudiendo-. ¿Quién es aquí tu aliado? ¿Quién te ataca? ¿Quién te sigue? ¿Quién te controla? -Me abrazó. O mejor, me envolvió.
– Tú, tú, tú… -Me besaba apretándome tanto contra su cuerpo que me hacía daño-. ¿Quieres que nos vayamos de Venecia?
– ¿Me estás proponiendo que huyamos?
– Como quieras llamarlo. Piénsalo bien… ¿A España? Yo puedo hacer mi guerra en cualquier parte.
– A España, no. Todavía no. Por un tiempo, no sé si corto o largo, no.
– Me alegro. Yo estuve allí. Blanqueando dinero en Marbella, para introducirme en una organización, una de negocios inmobiliarios de otra mafia. Tenía que conseguir no levantar sospechas… Aquello es igual que esto. Yo denuncié a una red de canallas que pagaban los viajes, como turistas a Marruecos, de unos infelices jubilados, y los hacían volver cargados de chocolate, quiero decir de hachís. Aquello es igual de duro que esto. Sólo que allí se llaman de otra forma y los tiros se dan con silenciador… Sí, es preferible no levantar la liebre, aquella liebre. Entre otras cosas, porque los que cargarían con el muerto serían los desgraciados asesinos a sueldo… -Me acariciaba una y otra vez, interminablemente-. Allí las pistolas no las carga el diablo; las carga gente más o menos conocida de cualquiera de los tres poderes: el legislativo, el ejecutivo o el judicial… Pero siempre consiguen que las dispare un pobre diablo, mejor si es inmigrante. Si no fuese por la mafia, que da más encargos que recibe, ¿cómo iban a vivir esos ajustacuentas que no saben, los pobres, más que restar y dividir? Al revés de los que les encargan los ajustes, que son los que suman y multiplican. -Había tanta desolación en su cara, tanta bondad, que parecía la de un Cristo mirando a una multitud hambrienta, antes de multiplicar los panes y los peces… Bajé la voz yo también. Me recosté sobre su pecho.