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– ¿Por qué no me aclaras, para que yo me entere por tu boca, qué es la mafia, Aldo? Un poco. Que yo sepa con quién me juego los cuartos -tomé su cara entre mis manos- si es que me quedan cuartos.

– No, tú no juegues… Aquí ya todo es mafia, y nadie sabe que lo es ni qué es… Está todo liado. Desde los altares mayores hasta la basura, que se deja abandonada por las calles para chantajear con ella. Hay demasiadas mafias… Y yo he encontrado una verdadera razón para luchar -me apretó de nuevo contra él. Ahora tenía una expresión de adolescente, desvalido y decidido a un tiempo-. No quiero seguir solo… Luchando solo quiero decir. Sin darme cuenta, te he estado buscando a ti toda mi vida. -Creí que era mentira lo que oía. Creí que era verdad. ¿Puede ser desdichada la alegría?-. Otro día hablaremos de eso que tú preguntas, lo que quieras saber… Ahora va a venir Nadia, no tardará. Déjame que te tenga… Tenme tú…

Noté que se me endurecían los pezones. Noté que a Aldo se le endurecía el sexo y casi me hacía daño con él. No era posible seguir hablando más. El deseo nos quitó a tirones la palabra y la ropa.

***

Hace unas horas leía a Plutarco cuando Aldo, al que aguardaba, llegó de la discoteca. Algún día me gustaría reflexionar largamente sobre la idea del amor de Plutarco. Quizá si Aldo hubiera tardado más… Pero no fue posible. Todo era silencio anoche menos el cuerpo de Aldo. Me llamaba y, a su reclamo, yo acudí. Me quedé sumergida en él y él se sumergió en mí. Como nos sucede siempre, salimos con dificultad uno de otro aún vivos.

En el libro Sobre el amor, que aún está aquí a mi lado, se distinguen varias clases de delirios. El profético, que procede de Apolo; el báquico, que envía Dionisos y sus embriagueces; el poético y el musical, que lo inspiran las musas… Todos ceden, todos tienen su tiempo, su duración, su ritmo. Cuando un soldado se despoja de sus armas, cesa su furor guerrero: quitada de sus hombros la armadura, se sienta a presenciar el combate de los otros. Pero hay un cuarto entusiasmo, otro rapto, otro delirio que no acaba. Cuando el amor se instala en un corazón, de mujer o de hombre, no hay cambio alguno que pueda apaciguarlo. Si el amado está ausente se le añora; si está presente, se arde con él en la hoguera de la misma pasión; si es de noche, monta guardia a su puerta; si de día, lo persigue; si el amante está sobrio, lo reclama; si ebrio, le dedica sus cantos… Yo hablo con Aldo aunque él no esté. Tanto, que cuando lo evoco con mucha intensidad, siento un orgasmo.

Ahora él duerme. Yo lo veo desde aquí tendido, abandonado y mío, más mío que nunca tras haberme hecho suya. Me encontraba tan plena después de estar fundida con él que me daba apuro dormir. Me daba apuro desperdiciar un tiempo tan hermoso, con el presagio de que quizá no pueda durar mucho… Qué gafe y qué asquerosa eres.

No son aún las seis. He descorrido con cuidado la cortina y he visto, tras de los cristales, una luz apenas, muy tenue, tachonada por otras luces más claras. La silueta de la ciudad al otro lado del Canal, sin despertar aún. Un temblor de estrellas inquietas, desvaídas, en el cielo alto e interminable. Sin embargo, hay momentos en que se asemeja a un toldo que se estremece y vive. Verlo da algo de frío, pero es un frío también tachonado de luces…

Vuelvo la cara y me admira la perfección carnal de Aldo. Su cuerpo, todo él del mismo color tostado, todo él constelado por rincones de gozo… Y, como soy una jodida por culo literata, no ceso de acordarme de Kavafis: «Como cuerpos bellos de muertos que no han envejecido / y los enterraron con lágrimas en una tumba espléndida / con rosas en la cabeza y en los pies jazmines, / así parecen los deseos que pasaron / sin cumplirse, sin que ninguno mereciera / una noche de placer o un alba luminosa.»

Y, sin saber por qué (mentira, lo sé perfectamente), me viene a la cabeza Gabriel, tan completo y a la vez tan vulnerable. Él trataba de defenderme, de ser muy hombre para mí en casi todo. Trataba de hacerse valer protegiéndome: en la literatura, pero también en casa. Era su inválida manera de poseerme: apagar la luz y decirme «no temas, yo estoy aquí». Pobrecillo. Ahora lo comprendo mejor. El niño que es querido lleva, como el soldado de Plutarco, su coraza; el que no, se sabe débil y teme: los niños y los adolescentes son crueles y torpes, se burlan siempre del homosexual que hay en su clase, y éste se vuelve tímido y se encuentra mejor a solas con sus libros. Espera que el mundo esté tan ordenado como ellos.

Pero eso no sucede… Gabriel me acompañaba, a mí que era la fuerte. Mi niñez había sido más dura y por eso más robustecedora. Él tuvo, en su cuarto de niño, un cuadro de Turner, que no es poco; yo, un almanaque de la Unión Española de Explosivos. Me acuerdo de aquel Turner: un cielo ileso, con una nube amiga como una nota más de lujo y de delicadeza, y una nave sobre un mar muy semejante al cielo… Gabriel siempre vivió en ese mundo ideal, un poco falseado, un poco blando. Por eso daba, al parecer, cariño a manos llenas. Y yo, entretanto, tenía la impresión de cruzar un abismo sobre una estrecha tabla de chicha y nabo, y sin ninguna confianza en mí misma. Porque esa confianza la produce el afecto recibido, no el dado, y también la admiración por el que debe dártelo. Yo dependía, cada vez más, del público y su aprobación, de la difusa simpatía de los lectores. Pero eso no podía sustituir al cariño, más próximo y tangible, de un amante.

Gabriel me acompañaba en un mundo ideal que no pudo resistir al primer empellón. El suyo no era el mundo real, sino un refugio frente a él. Gabriel se desenvolvía fuera de la casa, abría la puerta a quien quería, me representaba en más sentidos de los convenientes, resolvía la cuestión de los números… Ésa era su manera de amar. Yo lo creí así al principio. Luego, ya no: aquello no fue amor ni hogar ni protección contra la verdad, que acaba por imponerse siempre. Y se impuso. Primero, porque él no era mi ninfa Egeria como creyeron muchos; segundo, ¿es que yo era incapaz de inspirar un deseo carnal, o era él el incapaz de sentirlo? Yo le amé, creo, durante algún tiempo. A una costa bella, desde un barco tranquilo, alguien puede admirarla, pero alguien zozobrado ya ambiciona la costa de otro modo… Yo acabé agradeciendo a Gabriel los servicios prestados: nada más. Es la diferencia entre la necesidad y el gusto, entre el peligro y el deleite (qué palabra tan antigua y tan eclesiástica: qué sabrán ellos de eso). No lo amé porque amándolo le correspondiera, sino por egoísmo y temor a estar sola. Y el temor es muy mal compañero de viaje. Al final, no traté de inaugurar con Gabriel una felicidad falseada, por eso huí de mi propia infelicidad. En común no teníamos ni proyectos, ni sexo, ni aquel hijo… Cada cual obtuvo el beneficio que buscaba. Yo vivía en una cárcel muy difícil de abrir; Gabriel nunca tuvo la llave que la abriera. El amor se quedó a mitad de camino. Qué pocas son las caperucitas que llegan vivas a casa de su abuela: creo que algo así, más o menos, lo he escrito ya en estos papeles que nunca leeré… ¿Por qué quien se llevó la pistola, ese mariconazo, no se los llevaría?