– Quizá tienes razón.
– Y la prueba eres tú. Antes Aldo salía, entraba, pinchaba discos, se divertía…
– ¿Quieres decir que conmigo se aburre? -Fruncí las cejas.
– No, o a lo mejor no, pero tú lo has retirado de la circulación.
– Por el momento -completó Nadia, no sé si con ironía.
Se hizo un hueco de silencio, que yo rompí porque se ensanchaba demasiado como esas ondas del agua de que hablé. Ahora mismo no podría decir sus dimensiones, me refiero a las del silencio. Porque sólo al pensar en Aldo y oír su nombre y las reticencias, sospechadas o reales, de las dos chicas, sentí proyectarse mis pechos hacia delante. Parpadeé para dejar de imaginarme sus muslos y su nuca y su etcétera. Yo creo que antes no me sucedía nada semejante. Encoñamiento, creo que se llama. Pero creí que tales invenciones no sucedían en la vida normal. Claro, que a toda cerda le llega su san Martín… ¿Se había convertido mi vida en una novela pornográfica? Miraba a Nadia y a Bianca, las dos se habían acostado conmigo, y no podía evitar la presencia en mi cuerpo del de Aldo… Una de las veces que estábamos follando, como un relámpago, atravesó una luz mi abandonada torpeza y estuve a punto de comprender… Pero recaí en la carne endurecida y lisa que entraba en mí y que me traspasaba como una espada ardiente, a la que yo liberaba y aprisionaba y volvía a soltar y a aprisionar… Ay, la libertad. Cuánto había aspirado y soñado con ella… Y ahora, liberada de Aldo en apariencia, sosegada, liberada de mí también y casi de mis miradas retrospectivas, ahora, libre, pienso sólo en perder la libertad con Aldo, bajo Aldo, protegida y protejodida por él… Tuve que hacer un esfuerzo para hablar:
– ¿No os parece que debemos tomar alguna cosa fuera?
– ¿Enfrente dices? ¿En Venecia dices?
– No necesariamente. Yo creo que se come mejor en la Giudecca… ¿Sabéis lo que Venecia parece desde este lado? El otro día caí en la cuenta y me reía yo sola. Es como una anciana señora, venida un poco a menos, a la que el gerontófilo le ha recetado hacer mucho ejercicio. Y ella lo hace, pero despacio y con desgana. Por eso ofrece desde aquí esa apariencia inofensiva. Porque da la impresión de que es ella la que ha de defenderse. Yo sé muy bien que ése es un viejo truco: si le miras dentro del bolso, siempre te encontrarás con cuatro o cinco carteras robadas. -Las dos chicas se miraron y aprobaron riéndose-. Y a los comerciantes venecianos les ocurre lo mismo: tienen unos ojos con los que te observan, aburridos en apariencia. Pero la verdad es que están al acecho, en extremo sensibles, o sagaces más bien; son como gatos: ven en la oscuridad. Yo creo que los tienen así de nacimiento, pero los van perfeccionando por el uso. Ven con sus ojos, a través de los bolsillos, el dinero que lleva cada posible cliente. Si no lleva bastante, no le hacen ningún caso.
– Eso es cierto, pero no creo que pase sólo en Venecia. Toda Italia es así.
– Todo el mundo es así -concluyó Bianca.
– De todas formas, podemos, si queréis, ir a algún hotel famoso. Me gustaría invitaros.
– ¿De verdad te apetece? -La sorpresa mayor del mundo se reflejaba en la cara de Nadia.
– No, no a mí… Yo detesto el lujo convencional y turístico de los bares caros y de los hoteles de cinco estrellas. Lo considero un envoltorio costoso que no añade nada, sino que oculta lo más bonito de cualquier ciudad… Allí los pobres ricos no ven nada. Sólo camareros y servicio complaciente. Y eso lo hay en todas partes, incluso demasiado.
– En ese tema Nadia y yo tenemos experiencia. Los ricos cambian de un sitio a otro, viajan, pero no sienten interés por mirar a su alrededor. Y cada día acaban por parecerse más unos sitios a otros. Los pobres ricos, como tú los has llamado, siempre se dejan aconsejar sobre los restaurantes más caros, o los casinos, o las salas de baile… Pero prefieren, a ser posible, que todo eso esté dentro de su mismo hotel.
– En cualquier caso, el tiempo no es muy propicio para salir y entrar y andar callejeando. Tomemos algo en la Giudecca -dijo Nadia, acostumbrada a tener la última palabra.
Anochecía deprisa. Se olfateaba casi la oscuridad. Todo estaba sostenido por una penumbra palpable, que no se apresuraba a desaparecer. Andábamos despacio, como sostenidas también por ella.
Entramos en una trattoria a la que acudíamos Aldo y yo de vez en cuando. Nada más acomodarnos, oí una voz sorprendida. Alguien se levantó: una mujer algo mayor que yo.
– ¡Deyanira! Pero qué casualidad tan agradable. ¿Qué haces tú aquí?
Fue algo tan inesperado que me costó trabajo reconocerla. Su peculiar acento me ayudó. Era mi traductora al griego, Irene Lyttra. Labios finos, ojos tan negros como el pelo, delgada y no muy alta, una sonrisa que, a primera vista, le torcía la boca en un gesto antipático semejante al desdén pero sólo a primera vista. Y una nariz un poco puntiaguda.
Le presenté a las chicas. Noté que, de entrada, se caían bien. No sé si lo sentí porque no tenía gana de recordar, o si me alegré porque no me encontraba con ánimos de hablar, e Irene, que estaba sola, hablaba de manera volcánica.
La presenté como a ella le solía gustar que lo hiciera: como una mujer con especiales poderes espirituales, hija de otra famosa vidente de Atenas. Sus experiencias eran siempre extrañas, llamativas, maravillosas. Sus percepciones, admirables. Conté que un día la acompañaba a ver El Escorial. La aterró. Estaba, según ella, repleto de mal fario. «Esto es al clasicismo de la arquitectura como el catolicismo al mensaje amoroso de Jesús.» Lo consideró una obra ofensiva y diabólica.
– Irene es ortodoxa, pero creo que no en todos los sentidos. -Bromeaba. Sonrieron las tres-. El hecho es que aquella tarde comenzó, poco a poco, a suspirar cada vez más alto, a apretarse contra mi brazo como si algo la perturbara, a querer salir a toda costa del monasterio… Pero antes de conseguirlo, tropezó con uno de los desniveles del granito y se cayó partiéndose literalmente la boca. Sangraba la pobrecilla como un grifo… Por cierto, ¿esperas a alguien, Irene?
– No, no, a nadie.
– ¿Te sientas con nosotras?
– Si no os molesta…
Hicimos la comanda. Mientras esperábamos, Irene se embaló:
– Aquella tarde en El Escorial no me tropecé: fui empujada. No te acuerdas de nada, Deyanira. El Escorial es un lugar maldito… Por cierto, acaba de aparecer en Grecia tu novela El invierno que viene. Ha quedado preciosa. Hace unas semanas te la mandé a Madrid y no me contestaste.
– Es que estaba ya fuera. Hice un crucero por el Dodecaneso, ya sabes que tu tierra y tu mar a mí me chiflan, y al final me quedé aquí una temporadita.
A Irene se le pusieron ojos soñadores:
– En Santorino me morí yo una vez, hace miles de años. Durante un viaje parecido a ese tuyo, al pasar por la isla -entonces yo era un navegante fenicio- sentí un tirón hacia abajo de todo el cuerpo. Perdí la sensación de mí… Me metí por una niebla espesa y noté que me ahogaba. Pero no en el agua: era un vértigo, un temblor, una serie de sacudidas y luego ya lo oscuro… Fue muy parecido a lo que me pasó en Alejandría, donde tuve otra reencarnación, pienso yo que la más feliz de todas, en el tiempo de Cleopatra: ésta fue mucho más reciente que las otras… -De pronto se llevó las manos a la cabeza, se apretó las sienes, se cubrió los ojos-. Qué mareo más grande. Perdonadme… Ya se me ha pasado… -Sólo con hablar se recobraba-. Hay gente que no cree en la metempsicosis, ni en las transmigraciones ni en nada… Deyanira, por ejemplo. ¿Y vosotras?
– Yo ni creo ni descreo: no he recibido pruebas tangibles de una cosa ni de otra… -dijo Nadia-. Los administradores del misterio no son siempre fehacientes.