– Ni buenos administradores, salvo para ellos… ¿Y tú? -Le preguntó a Bianca.
– Bastante tengo con lo que llevo encima. Preferiría saber más de mi futuro que de mi pasado.
– Al campo del espíritu no hay quien le ponga puertas: cabe la posibilidad de su irrepetible infinitud y también la del retorno en la reencarnación para lograr el perfeccionamiento.
– Pues tú has debido de ser malísima antes, porque ahora todavía… -dije yo riendo.
A Irene no le hizo ninguna gracia. Para ella esto era lo único serio en este mundo y en el otro. Traducía sólo para ganarse la vida. Traté de arreglarlo sin el menor convencimiento. También cabe pensar que tan inseparablemente unido está el espíritu a un cuerpo que forma con él un ser indivisible y que, si lo sobrevive, no sea ya el mismo. Con lo cual, al transmigrar el alma, tampoco representa al ser que antes conformó… Sea como sea, entre el cielo y la tierra hay muchas más cosas de las que nos es dado concebir… Hamlet comienza así prácticamente.
– Es más gracioso lo de Pico de la Mirandola que escribió el libro De omne re sábila -De todas las cosas cognoscibles- y Voltaire le añadió, en otro libro, et quibusdan alus-y de alguno más-. Yo es que recuerdo quién fui antes; hay gente que no. Quizá viva más tranquila.
Bianca, que estaba disfrutando de una pasta riquísima -a mí Irene me la amargaba un poquito-, mientras enredaba los tallarines, dijo con voz irresistible:
– Cuéntanos algo de tus vidas pasadas, por favor.
– Pues mira, por ejemplo, yo fui Silvio, un joven de la Roma de Diocleciano. Guapo, rico y soberbio. Hice sufrir por amor a muchos miembros, en al amplio entendimiento de la palabra, de una sociedad que ahora juzgamos decadente. Aunque cada vez menos ¿no? Y los hice sufrir como ha de ser la ley, sin acepciones personales. -Se hacía gracia a sí misma-. Yo pensaba en mi biga, arreando los dos caballos, sobre los corazones. Por fortuna, tenía un hermano gemelo… En cada una de mis vidas sucesivas he querido tener uno, casi nunca lo he conseguido y no por mucho tiempo. Este se llamaba Conscino y consolaba los desastres amorosos provocados por mí.
– «Otro sabio iba cogiendo las yerbas que él arrojó.» Calderón: todo está dicho y hecho…
– Conscino era una especie de ladilla.
– ¿Pues no era tu gemelo?
– Sí, pero en su género de garrapata… También fui una damisela de la soidisant aristocracia francesa que coincidió, para su desdicha, con la Revolución. Lo original de esta vida mía fue su transitoriedad. Apenas tuvo tiempo ni ocasión ni lugar para la bondad ni la maldad. Y, contra todo lo previsible, no morí en la guillotina, sino bajo los cascos de unos caballos desbocados que arrastraban, no lejos de la Plaza de los Vosgos, un carruaje. Siempre me he preguntado que si aquellos caballos asesinos serían también la reencarnación de los de Silvilo… -Calló un momento mirándonos como un racontastorie-. Pero la más sorprendente de mis anticipaciones es la de Plauto. Sí, Tito Maccio Plauto, siglo m antes de Cristo… La verdad, de poder elegir, me habría alegrado más ser Terencio: me coge más a mano.
– Y a mí -dije-. Su «Heautontimorumenos» soy yo: el atormentado de si mismo, el masoquista. Pero ¿ves?, nadie elige su amor ni su mente, ni siquiera su punto de partida.
– De todos modos fui Plauto, introduje la música y el mimo en el teatro, que es a lo que tiende el de hoy… Pero qué curioso que yo haya necesitado aprender todo; nada hay en mí infuso: en la yo de hoy, digo.
– Eso está bien. Las transmigraciones han preparado, sin que te enteres, tu éxito de ahora.
– Pero no ser siquiera una experta en Plauto…
– Si ya fuiste Plauto, ¿para qué? ¿No es práctico inaugurar derroteros nuevos? Hasta Plauto lo hubiera preferido. Y lo prefirió de hecho: fue un innovador en el teatro.
– Pero yo me tengo que contentar con ser experta en ti.
– Muchas gracias, muy amable, mujer.
– Y, sobre todo, en ser yo, la de ahora que os habla, decidida y ferozmente.
– ¿Y ni siquiera te acuerdas de que fuiste, cuando Plauto, el primero que escribió Homo homini lupuí
– No -parecía asombrada-. ¿No fue Hobbes?
– Ése fue el ladrón que lo tradujo: «el hombre es un lobo para el hombre.»
– ¿Y quién tradujo después su Leviatán?
– Todos. Cada cual a su conveniencia: un monstruo marino o un hipopótamo de agua dulce, el Job de la Biblia; la Iglesia, siempre obsesionada, el Belcebú enemigo de las almas… ya ves: cuando según sus declaraciones, es ella misma la que se pirra por ellas…
De un segundo a otro la cara se le demudó. Volvió a bostezar sin poder evitarlo… ¿Le habría sentado mal lo que yo dije?
«Perdón», decía. Y volvía a abrírsele la boca que inútilmente trataba de tapar con la mano. Temblaba un poco. Yo conocía ya el número. Pero nunca sé si es verdad lo que le pasa o finge o lo exagera.
– ¿Te encuentras bien? -Las chicas se miraban entre sí y miraban a Irene y sonreían, indecisas entre tomarla en serio o no.
– Alguien te está haciendo mal de ojo, Deyanira. Con estos bostezos te lo espanto, estáte tranquila… Vas a correr un peligro. -Me miró con expresión de espanto-. Tú eres fuerte, pero debes tener mucho cuidado… No; este sitio no es el tuyo. Ten cuidado, por Dios. Procura irte…
– No me amargues la noche, mujer. -Las chicas empezaban a alarmarse.
– Es que estoy recibiendo muy malas vibraciones. Las percibo muy claras. Pero su contenido no lo es… La Giudecca. Es la Giudecca -suspiraba con los ojos cerrados-. Deyanira vete, vete de aquí… ¿Qué te está sucediendo?
– Eso es lo que yo digo: ¿qué te está sucediendo a ti?
– Oigo avisos… Percibo señales… Hay una grave premonición. -Seguía bostezando.
– No te preocupes por mí, Irene. Estoy bien. Estoy contenta, creo que por primera vez en mi vida.
Irene me miraba ahora con los ojos negros casi redondos, desorbitados, inquisidores.
– Quizá sea eso lo que veo -respiró más hondo aún. Hizo un gesto de rechazo con la mano. Luego la dejó caer sobre la mía: estaba absolutamente helada. Fue tranquilizándose-. Se acabó… Ay, se acabó. Pero júrame que… Desconfía de todo, por Dios, por Dios. -Volvió a respirar tragándose todo el aire del local-. Es la Giudecca… -Y después de un momento, añadió, con un tono normal-. Perdonadme. No sé qué me ha pasado.
– Lo de siempre, Irene… No es la primera vez.
– Es que lo he visto detrás de ti… Era el destino… He visto que te envolvía una sombra… Olvídalo.
Hasta que terminamos de cenar tuvo con las chicas una conversación llena de anécdotas, pero de vez en cuando me miraba de soslayo y suspiraba un poco. Al final recuperó su sonrisa torcida, pero se le había afilado la nariz. Y tanto. Porque, sin encomendarse a Dios ni al diablo, soltó los cubiertos de postre sobre la mesa; clavó la mirada negra en Nadia, levantó la mano derecha y la llevó a un punto en la frente de la chica: en su mitad, sobre la nariz, en el punto justo entre uno y otro ojo. Como en el ángulo superior de un triángulo equilátero. Y apretó fuerte. Creo que en un segundo se calló toda Venecia. Bianca me miraba, entre la alarma y la broma. Yo tenía ya cierta experiencia en excentricidades, pero ésta era nueva.
– Tienes muchísima energía. Tanta, que no sé cómo no me di cuenta antes… -Su cara de sorpresa, como si hubiese encontrado a una encubierta colega, era muy significativa-. Muchísima energía masculina. -Bianca y yo no pudimos evitar una tácita confabulación-. Irradias energía… ¿Tú no la notas? ¿No la has percibido antes? -Nadia callaba-. ¿No recuerdas algo de tus vidas anteriores: algo vago aunque sea, luces distintas, un gesto acaso, una inquietud, la sensación de haber estado antes en un lugar de ahora…?
– No, no… -contestó, en voz baja, Nadia impresionada-. Creo que no.