– ¿Y esa Bragueta de la que te oigo hablar a veces, no hoy por vez primera?
Aldo soltó una carcajada. Me alegré de haber sido yo la causa. Se distendió. Se hizo más cercano.
– 'Ndrangheta, no Bragueta… En griego antiguo, Hombres valientes. Es, en cambio, la mafia del dedo gordo del pie de Italia. Quizá hoy sea la más cruel y la más poderosa. Y con los clanes más violentos y enemigos de Italia… En San Luca, una ciudad de apariencia gris, con menos de cinco mil habitantes, está la Corleone de Calabria. Pero con una estructura no de arriba abajo, sino familiar, de sangre en todos los sentidos. Es la reina del tráfico de cocaína en Europa; con filiales y agencias por todo el continente… Pero con su propia tierra hundida en la miseria: siempre la mafia hunde el desarrollo de sus pueblos. Entre otras razones, porque, además de todas sus gestiones negras, está la de apoderarse del dinero que manda Roma para las infraestructuras de las regiones deprimidas… Entre los años mediados los ochenta y los noventa, una faida, una guerra de clanes -y hay cerca de ciento cincuenta- causó más de mil muertos, muchos de ellos víctimas de misiles tierra-aire, procedentes de su propio tráfico de armas. ¿Te cabe en la cabeza? Una faida es eso sólo: un cuerpo a cuerpo, un hacer daño para no sufrirlo… Luchas devastadoras, sin ningún cuartel, entre familias renombradas… Yo conozco a las dos principales: los Nirta-Strangio y los Pelle-Votabi, que se disputan el poder en esa terrible pequeñísima palestra de San Luca… Muchos de los amenazados se refugian en Alemania e instalan allí sus nuevas sedes. De ella procedía el muchacho aquel, Herbert, ¿te acuerdas?
– Cómo no.
– Pero en Wall Street y en las Bolsas de Milán y de Frankfurt también se encuentran como en su casa. Los mafiosos de Calabria son los que ostentan hoy un poderío mayor. Lavan su dinero con la compraventa de acciones, y son amos de centenares de hoteles y de restaurantes. ¡Se calcula que mueven al año más de 36.000 millones de euros! -Estuve a punto de aplaudir. A Aldo, por supuesto. Me contuve-. Y todas estas mafias se extienden, como un cáncer maligno, por el mundo. Un cáncer que afecta no sólo a otras células mafiosas ya infectadas, sino que contagia a muchas que no se califican ni siquiera así y que tampoco son italianas… ¿Quién sabe, por ejemplo, que la venta de plutonio a Al Qaeda para fabricar bombas nucleares sucias, (¿es que hay alguna limpia?), descubierta en Munich, fue iniciada en Madrid y en la costa del Sol, y estaba encabezada por un ministro ruso de energía atómica y por agentes de los servicios secretos de Ucrania? ¿Quién sabe, por ejemplo, que a un obispo de Colombia, amigo de los dólares, se le elevó al cardenalato por los maletines que recibía de los carteles de Medellín? ¿Quién sabe, por ejemplo, que Juan Pablo II llevó a la bancarrota al Vaticano a fuerza de subvencionar al sindicato Solidaridad polaco, y que el Opus Dei le tapó ese agujero, y él canonizó a los dos meses a su fundador Escrivá de Balaguer? Y, lo que es peor aún, ¿quién se quiere enterar, o a quién le conviene que se sepa?
– Insinúas que también la Iglesia esta metida en este ajo.
– Siempre lo estuvo. La mafia fue generosa con ella… La Iglesia ve sólo lo que desea ver: la parte caritativa, por llamarla de un modo conveniente. Con ella cubre deudas y déficit… La Iglesia tiene el poder de perdonar y limpiar así el pasado, y también el futuro, con el agua bendita. A cambio de fundaciones benéficas o de becas sustanciosas o de limosnas millonarias, otorga condecoraciones, medallas, bendiciones casi urbi et orbe, y admite a los padrinos en órdenes secularmente sagradas… Transforma a sus benefactores en conservadores, les da altura social, y los hace, en consecuencia, más peligrosos que antes porque los eleva sobre un pedestaclass="underline" el peor, que es el crimen… Los sagrados dicasterios cierran los ojos cuando le ponen talegos de oro delante de los párpados. Si no hacen, consienten que se haga. Y nunca entrarán en negocios con los arrepentidos absueltos, sino con los que mandan. -Yo estaba horrorizada, casi temblorosa, pero me superaba el interés de tanta intriga.
– Entonces ¿no hay nadie bueno?
– Sí. En la Iglesia hay cardenales buenos, o eso creo, pero también creo que son los cardenales más tontos: no los del Banco Ambrosiano, por ejemplo, que provocó tantos escándalos y aparentes, sólo aparentes, suicidios… Los políticos y la Iglesia son aquí la peor de las mafias. Hay que ayudar al prójimo, pero sobre todo al más próximo posible. Bienaventurados los pacíficos o quienes aparenten serlo… La Iglesia habla demasiado. Y se le entiende todo, aunque hable en latín. Más aún cuando habla en latín. En cualquier caso, no ignora lo más cierto: que, cuando se miente, lo mejor es hablar lo menos posible… ¿Y cuál es el mejor político? El que mejor sabe cuándo hay que disparar. Los poderosos más reconocidos son quienes mueven los hilos sin que se sepa de quiénes son las manos. De vez en cuando, consienten que la mafia corte esos hilos: todos son marionetas… Si supiera la gente quién ha usado las fuerzas de la mafia, dando sin dar su nombre… Porque hay quien mata, por su cuenta, en nombre de mafiosos, pero el engaño no suele durar mucho: quien la hace la paga en este caso. Es una fuerza demasiado grande: siempre encuentra fotos y documentos con que chantajear a quien pretende usarla… También los hay contra ella. Recuerda esto que te estoy diciendo… Con frecuencia hace la justicia que no hacen quienes tienen que hacerla: entonces ella se toma la justicia por su mano. Y no siempre la de la mafia es la peor. En la política, cuanto más alta sea, más se mata… En el fondo, es cuestión de acertar. Porque hay que tener cerca siempre a los amigos, pero más cerca aún a los enemigos, sin perderlos de vista. A veces lo complicado es distinguir a los unos de los otros…
Dejé que la última afirmación se reposara.
– ¿Tú eres mi amigo, Aldo?
– Tan bien como yo sabes tú ya que sí… Por esa misma razón, tú eres mi peligro como yo soy el tuyo: cuando vengan a por mí, irán a por ti antes, vida mía. -Sonrió, se me acercó, me acarició la cara-. Hay mujeres más peligrosas que las armas. -Me volvió acariciar primero con los ojos y luego con los labios. Yo estaba a punto de echarme a llorar-. Pero hay que tener, tenemos que tener, ante todo, sangre fría. Si no la tienes fría, te la derramarán mucho antes: la caliente rebosa… Sin embargo, no tengas miedo: tenme a mí.
– Non ho che te -repliqué, sin darme cuenta, en italiano malo.
– Cuanto más sola estés, más estarás conmigo. -Me seguía acariciando-. Corazón, corazón… Tu soledad es lo que mejor me habla.
– Transfórmame tú en ti: así estaré segura.
– ¿De qué, amor mío?
– De estar viva contigo. O de morir contigo…
Me besó en la boca. Y yo le respondí con un beso que duró un año entero o más, pero pasó volando.
– Óyeme, tonta mía: ya es hora de que lo sepas… Sí, yo también pertenezco a una mafia, la más peligrosa de todas pero sólo para quienes pertenecemos a ella. Una mafia enemiga de cualquier injusticia, venga de donde venga: de arriba, de abajo, de la derecha o de la izquierda, de otras mafias o de otras antimafias, de los ministros o de los gobernados, de los curánganos sobornados o de los sobornadores, de los intelectuales o de los artistas que ponen sus obras y sus éxitos por encima de todo… -Me sonrió con una pequeña malicia-. Yo soy alguien que mata o que delinque con tal de acercarme a la justicia. Yo soy cómplice y encubridor de quien me venga bien para lo que persigo; enemigo del que atropella o asesina a inocentes; compañero de viaje de quienes piensen como yo en cada caso, lo sepan o lo ignoren… -Abrió otra vez los brazos. Yo me refugié en ellos-. Yo no sé lo que soy ya, Deyanira. Sólo sé lo que quiero, lo que persigo… Mi pasado no le importa ya a nadie, ni a ti ni a mí. Y puede parecerse mucho a mi futuro… Mi vida no tenía, antes de llegar tú, otra razón que ésta, porque es lo único de lo que estoy convencido. No creo en otra cosa: ni en palabras de honor, ni en firmas, ni en bendiciones, ni en mensajeros de Dios, ni en gobernantes elegidos o impuestos, ni en los malos aficionados a la bondad… -Nunca creí que Aldo pudiese hablarme tanto ni tan bien. Estaba colgada de sus labios-. Porque puede que los mandamases, o alguno de ellos, crean, hasta de buena fe, que sus manos están limpias, pero, en el trayecto de sus decisiones, a alguien se le habrá retorcido el cuello o la bolsa, o se ha timado a pequeños negociantes para hacerles vender por cuatro perras sus pequeños negocios, o se ha puesto en la calle a trabajadores que piden sus derechos, o se han utilizado las cotizaciones en Bolsa de un modo conveniente, o se han provocado sus alzas o sus bajas. O se han comprado voluntades, o se las ha forzado con amenazas, o se ha rechazado una ley que favorecía a los pobres, no a los ricos, o se ha instaurado a fuerza de sobornos otra que favorecía a los ricos, no a los pobres… El poder acaba siempre por ser mal empleado; y, cuanto mayor es, peor se emplea. -Se calló una vez más. Me miraba de cerca, porque me había vuelto a levantar, con los ojos casi cerrados y muy húmedos-. Desde el primer día te lo dije: no creo ser un buen tipo. Para luchar contra los fuertes hay que sacar fuerzas de donde sea: ahora me las das tú, pero antes saqué fuerzas de mi propia flaqueza y de las flaquezas de los otros. Porque no hay, Deyanira, ninguna fuerza limpia… Apréndelo: ninguna, ni la más justa si es que hay alguna que merezca ese nombre, ni la que aspira a mejorar la suerte de los desamparados, sea cual sea el continente en el que habiten, ni la que aspire a desterrar los integrismos religiosos que matan en el nombre del dios que sea… ¿Me estás oyendo bien?