Hay, sin ir más lejos -y necesito, para no morirme de asco o de pena, repetirlo hoy-, una palabra que resume la mayor parte de cuanto amé y necesité. Es el verbo comunicar: hacer partícipe a alguien de lo que se sabe o se tiene o se echa en falta; manifestarse o descubrirse; conversar, acompañar, contagiar sentimientos a alguien, o tomar su parecer… Casi todo lo que amaba y necesitaba… La comunicación más alta posee el don de despertar en otro el sentido de quién es y contribuir a que se reconozca. Lo mismo que el amor, si es que es algo: un trabajo que contribuye a que otro se realice y que a su vez realiza a quien lo hace. Es ese vaivén recíproco lo que me movía a escribir. Y para eso, para que la comunicación brote, se requieren personas diferentes y, al menos, el asomo de un idioma común. Aquí, fuera del mío, lo percibo más que nunca. Un idioma consiste en mucho más que un vocabulario… Pero qué difícil ordenar el caos de la vida con la mera palabra. Por eso el arte es como la vida, pero no es la vida. Cada escritor la describe a su modo: una realidad ya digerida. Pero ella es múltiple, huidiza, falsa, irrepresentable, superior a nuestros bocetitos. No tiene un sentido ni un propósito que podamos captar. La imitamos y la empequeñecemos para que quepa en el minúsculo guardapelo de nuestras frases. Y el orden artificial que introducimos en ella, como entomólogos, viene dado por la previa intención, o por nuestro método, o por nuestra inspiración, inverosímil en el mejor de los casos.
Hubo un tiempo en que pensé que el ser humano, al inventar la palabra, inventaba a la vez lo que quería decir. O que la necesidad de sentir algo, de introducir una peculiaridad nueva en la vida, requería un sonido o una modulación nunca antes escuchada, un nuevo esfuerzo de la garganta que lo pronunciase. Pensaba entonces que el ser humano era algo sobrenaturaclass="underline" que un náufrago ahogándose en el mar es más grande que el mar, porque el náufrago sabe que se muere y el mar no sabe que lo mata. Eran tiempos distintos para mí: tampoco yo sabía que me ahogaba. Tampoco yo sabía que no poseemos un idioma, como suele decirse, sino que él nos posee. Y que es preciso obedecerlo y abandonarse a él y dejarse utilizar con docilidad por él… No existe otra manera de escribir. Es imposible hacerlo en una lengua por la que no nos sintamos poseídos, transidos, penetrados. Y en la que penetremos a la vez, como en un bosque. Nacimos dentro de él y nos envuelve: lo reconocemos, lo venteamos, lo intuimos… Ahora mismo disfruto perdiéndome entre él… A él estamos habituados, a sus inagotables andurriales, a su regocijo, a su esplendor sombrío y deslumbrante, a sus sorpresas que en ocasiones presentimos y en ocasiones nos desconciertan y conmueven… Fuera, me hallo perdida en un bosque semejante al mío, pero no el mío: el italiano. Quizá por eso me estoy poniendo tan cargante que me aburro a mí misma.
«La escritora dice -escribe Canetti-: He pedido prestadas cada una de mis líneas.» Un corte de manga para Canetti. Y para esa escritora del carajo. Porque cada escritor, como un obrero cualquiera, tiene sus deformaciones profesionales. Sabe o debe saber que escribir literatura no es importante comparado con otras ansiedades. Sabe o debe saber que eso que, con tanta desmedida, llama crear, no es más que un acto de moderación: la vida es un exceso que sólo en el exceso inexplicable puede existir de veras. Y el escritor, infortunado, se propone contarla. Es decir, se pone a cantar lo que apenas sí sabe balbucir. Y, con bastante frecuencia, ha de huir de la vida para verla mejor, para que sus altos verdes árboles no le impidan adivinar el bosque. Ese es mi caso ahora, pero no veo nada.
El escritor, y la escritora también, señor Canetti, sabe que serlo es menos admirable que otra cosa cualquiera, y sabe que lo suyo no es una vocación sino un destino. En otro caso, es tonto del culo. A él se le trajo al mundo, en el que apenas cree, para escribir, no para que además le guste escribir. Tiene la obligación de hacerlo, y de hacerlo lo mejor posible, pero no la de estar orgulloso ni alegre por hacerlo. Sucede como si de continuo una voz le dijera: «Sigue tu camino, deprisa; si no, no llegarás.» «Pero ¿adonde debo llegar y cuál es mi camino?» «Tú, sigue, sigue, sigue…» Y él sigue, como un caballo que ha perdido a quien lo montaba y persiste, no obstante, participando no le importa ya en qué carrera. Se refugia en la vieja leyenda exculpadora: «¿Dónde vas?» Le preguntaron a Itzig, el jinete. «No lo sé -respondió-. Preguntádselo a mi caballo.» El escritor sabe o debe saber-Flaubert lo supo- que la palabra, su único instrumento, acaba por ser sólo un caldero rajado sobre el que tocamos musiquillas para que baile un oso… Cuando lo que queríamos era enternecer a las constelaciones. Vaya un chasco.
Y el escritor sabe que, como tal, no recibió otro don ni otro hijo ni otro amor ni otra riqueza que la palabra. Y la palabra, también lo sabe, es flatus vocis: aire, no más que aire; pero él es su palabra y nada más: vox et praeterea nihil. En latín es más claro. Ha de decirla. Ha de ser imparciaclass="underline" decirla y romperse después. ¿Puede extrañar que lo atribulen sus deformaciones profesionales? ¿Puede extrañar que se apoye, quien no encuentra otro apoyo, lo mismo que hago yo, pesadamente en sus palabras? Aquí estoy, sentada. O de pie, paseando. ¿Fumo, bebo, me drogo o me drogué? No sé, todo. ¿Y qué iba a escribir entonces, cuando aún escribía? Y, si estaba ya segura de lo que tenía que decir, ¿cómo escribirlo? ¿De qué forma más directa, más lúcida, más breve, más intensa? De eso sí que el escritor nunca estará seguro. Ni tampoco de para quién escribe. ¿Para los que aún se empeñan en seguir escrutando el mensaje cifrado en que se han convertido las palabras? No sabe para quién, ni por qué, ni qué espera, ni si espera. Alguien lo leerá acaso, alguien lo escuchará; pero él lo ignora: ni quién, ni en qué estado de ánimo. Y además no le importan. Como a Brecht. Él lo que debe hacer es escribir: un sino, como la belleza o la muerte, añoradas sin cesar y perseguidas, memoria y profecía de sí mismas. Solo, solo. Hay muchos oficios que se ejercen a solas; pero la soledad interior del oficio de escribir es la mayor de todas… Por eso estoy aquí, en Venecia: el peor sitio para encontrarme sola. Y escribo a tontas y a locas. Como en un álbum de agua.
Y lo más terrible no es que el escritor verdadero siempre haya de ser víctima, como lo he sido yo, siempre haya de ser mártir o héroe, siempre una especie de chivo expiatorio, como lo he sido yo. Eso es ya un fenómeno social, no solitario; eso es ya posterior, o previo si se quiere… Estoy refiriéndome a la soledad del acto de escribir. Lo terrible no es el hecho de exhibirse en los folios, de desangrarse en ellos: eso es un masoquismo consolador a veces. Ni es lo terrible la misión, inventada o no, de remediador de la realidad o devorador de ella; ni la búsqueda del conocimiento de las causas más hondas, de la verdadera voz de la justicia, que a mí me costó cara. Lo terrible no es su labor de denuncia, de desenmascaramiento, de guerra a muerte a la inhumanidad. Todo eso es anterior o posterior, y se da por supuesto… Hablo de la infinita soledad del que levanta unos segundos los ojos del papel, mira al frente y no ve nada. O no mira al frente, sino dentro de sí, y está temblando, extraviado en una selva no amiga, casi siempre hostil, llena de ruidos, de rumores, de recovecos, de sugestiones, y tiene que llegar adonde nadie lo está esperando, ni él; adonde ni siquiera sabe, sin lazarillo ni huellas ni precedentes ni olfato; perdido, solo y perdido… De eso hablo. De ese animal no doméstico ni domesticable; de ese animal indómito, en apresurado anhelo no de un posible amo sino de su propio ladrido, de su gañido, de su aullido, de una voz propia… Yo, por lo menos, sí que la busqué. Por lo visto, sin éxito. Quizá ahora escribo para vengarme.