– Más o menos -respondí-. No he podido dejar de escuchar algo de lo que le decían. -Me temblaba la voz-. ¿Se trata de Aldo? -Hice un gesto con el pulgar hacia abajo. Él reaccionó casi gritando:
– A ése Aldo no lo quiero muerto. Lo necesito vivo, y que no crea nadie que sea un mérito traérmelo fiambre. Necesito que hable, que confiese, que me dé lo que tiene y me hace falta. Y ahora precisamente más que nunca. Créame. -Bajó de nuevo el tono-. Respecto al homenaje que le ofrece la municipalidad, señora. ¿Qué me dice?
– Esperemos unos días, si no le importa, antes de decidirlo… Así usted resolverá los problemas que tiene y que, en mi opinión, no son pequeños… Le deseo buena suerte. Pero quisiera hacerle una advertencia: yo no soy una campesina siciliana, que calla siempre pase lo que pase; ni una mujer de San Luca, que sólo grita para pedir que se restaure el honor de la familia.
Ignorando mi última frase, se dirigió al cíclope en miniatura que permanecía fuera:
– Vicenzo, quédate bien con la cara de la señora. Quizá debas acompañarla en alguna ocasión a alguna parte.
Me volví, haciendo un gesto de ofrecimiento, hacia el mequetrefe que acababa de entrar. Era, en efecto, como una edición de bolsillo de Polifemo. Me levanté, e incluso di una vuelta sobre mi propio eje para que me contemplara con comodidad. El Buonatesta continuó.
– ¿Ha sacado de su visita alguna conclusión seria, señora?
– Sí, que lo bueno de Italia es que el gobierno y la mafia suelen estar de acuerdo en los razonamientos de cualquier discusión, pero no en las conclusiones: cada uno va a lo suyo. Y a veces están de acuerdo incluso en lo que quieren, pero no en el procedimiento para conseguirlo… En lo que siempre, siempre, coinciden, es en que los dos se expresan bastante mal, pero actúan peor… Por curiosidad, estando aquí de pie, más lejos de la mesa -había cambiado un poquito la voz-, ¿también recogerá su grabadora lo que digo?
– No lo dude.
El mequetrefe hizo el gesto de sacar un arma de la parte de atrás de su cintura. Una negación muda de Malatesta lo impidió.
– Me temo que, en Italia, escriben ustedes la palabra gobierno con minúscula y la palabra Política con mayúscula. Eso resulta desconcertante en ocasiones. -Hice ademán de salir, pero me volví de nuevo-. Una curiosidad, señor Buonatesta, si es que ése es su nombre: ¿qué diferencia encuentra usted entre un gran negocio y un delito?
Desconcertado, cogido por sorpresa, respondió:
– No sé, la verdad, no caigo ahora -fingió una falsa risa, de nuevo como un mindundi de teatro.
– Yo, tampoco. Quizá es que no la hay. -Una mirada entre él y el mequetrefe me hizo darme cuenta de que me estaba propasando. Pero no pude evitar la estocada-. Sé que se ha esforzado en caerme bien y en resultar amable. Siento decirle que no lo ha conseguido. No hemos tenido un buen principio… Pero los gitanos españoles prefieren siempre, a los buenos principios, los buenos finales.
– Cada vez que me empeño en hacer una buena acción, en lugar de una recompensa me echo encima un problema.
– Por lo que deduzco, no tendrá usted nunca demasiados problemas. Buenas tardes.
Giré la cara para mirar al cíclope embrionario. Me dirigí hasta la puerta con la esperanza de acertar porque estaba bastante trastornada por lo que fuera. Antes de llegar, escuché a Buonatesta hablar ya en pie, y como quien no quiere la cosa:
– Señora mía, si por casualidad coincide con Ucceli, dígale que, en caso de estar interesado en desprenderse de lo que él ya sabe, no habrá ningún inconveniente en ponernos de acuerdo sobre una cantidad realmente importante. Siempre que no incluya el León de San Marco…
– ¿Ha tomado la precaución de apagar la grabadora?
– Por descontado. ¿O cree usted que soy tonto?
– Sí -contesté sin volverme.
– Pues me gustaría hacer negocios con usted.
– Los hará. Y mejores de lo que se imagina.
Lo cual no me impidió oír la despedida que musitaba Buonatesta:
– Me pregunto con quién estaría su madre cabreada cuando la parió a usted.
Continué, sin volverme, y con el pomo de la puerta en la mano, concluí:
– No podría decírselo, porque más cabreada estaba yo.
Y salí.
El pequeño jardín parecía esperarme: sosegado, brillante, florecido… De mis bolsas, ni restos.
Después de varias intentonas, logré lo que quería: pisar la calle. Nada más hacerlo caí en que no estaba lejos de la casa de Nadia. Concluido el primer round, lo que más me apetecía era descansar. La coca o el bocadillo o el vino o las tres cosas me habían quitado el hambre, pero no la tensión. Me di la enhorabuena. Pensé que Aldo habría estado orgulloso de mí. Y, después, que yo no lo estaba de él. En algo había fallado: él, no yo… ¿Estaba siendo sincero conmigo? ¿Totalmente? ¿Había leído Los comensales antes o después de conocerme? ¿Entero? Esta última cuestión, como autora, me interesaba mucho. Yo nunca he releído, después de corregir las galeradas, ni un solo libro mío… Mientras avanzaba sin mirar hacia atrás me repetía que las confesiones de Aldo, por llamarlas de alguna manera, eran muy oscilantes; que sus apariciones y desapariciones eran repentinas y no bien justificadas; que la historia del Herbert alemán me la había creído porque el amor no es sólo ciego sino sordo y, en último término, deficiente mental.
Y me di cuenta, con una repentina claridad, de que no pintaba ya nada en Venecia. Que me encontraba en ella más sola que nunca, precisamente porque había estado muy bien acompañada. Y porque no tenía ni puta idea de quién era mi enemigo. Es decir, come prima piú di prima.
No sé si por el esfuerzo para mantenerme en mi sitio -¿cuál es mi sitio en este juego de malos y peores?- que había hecho. O por la decepción amistosa -y amorosa, qué coño-. O por miedo a lo que más adelante pudiera suceder en una guerra que acababa de declararse. O porque el efecto de las rayas se había ido al carajo… El caso es que, instintivamente, me detuve, me volví de cara a la pared, una pared de color rosa vivo, y apoyando sobre ella la frente, me eché a llorar como una huerfanita… Y cuando recordé que Aldo había comenzado su vida en un orfanato, lloré más fuerte aún. No sin preguntarme, mientras, hasta qué punto puede llevar el cretinismo a una cretina.
Sin embargo, es difícil imaginar lo que desahoga el llanto en muchos casos. Supongo que para eso se inventó. Me estaba quedando como nueva. Recordé, sin el menor motivo, un verso de Keats: «El otoño también tiene su música.» Y, después de un sorbetón, dejé de llorar. Quizá también el verso recordado se inventó para eso. Una cosa lleva a la otra: me dije «imbécil» con toda mi alma. Y pensé: «Imbécil se dice del que no lleva bastón: en latín claro.» Y fue entonces cuando caí en la cuenta de que tenía el estómago vacío. Me hacía ruidos extraños. Sin duda todo lo que acababa de sucederme era cosa del hambre. Decidí comer algo camino de la casa de las chicas. Engullí una pizza margarita entera, y me animó más de lo que imaginaba: para eso quizá también se había inventado. Era ya otra mujer: puede que peor, pero otra. Qué despreciables somos los humanos. No me extraña que las grandes revoluciones se hayan hecho por los mal alimentados. Ahora menos que nunca comprendía por qué Luis Vives pudo escribir que un estómago vacío produce agilidad mental. Nada bueno puede ser el resultado de un cuerpo insatisfecho. La infeliz María Antonieta, cuando aconsejaba, a falta de pan, comer brioches a los pobres, no sabía cuánto se equivocaba… Después sí se enteró.
Con paso ágil y decidido me encaminé a casa de Nadia. Ya todo lo veía de otra forma. No digo que claro, porque eso era imposible, pero sí con una actitud menos amilanada y mucho más resuelta.