Nadia me miró, entre la admiración y el afecto. No había ninguna duda ni temor en sus ojos.
– El golpe o los golpes que, a partir de ahora, alguien descargue sobre ti, no creo que procedan de ese despacho en que has estado. Pero que alguno te vendrá no cabe duda. Y sabe dios de dónde.
– Hoy os ha dado a las dos por ayudarme a hundirme. Muchísimas gracias, amigas mías más íntimas.
– Eso te probará que no somos mafiosas. Del todo. -Nadia salió, pero continuó hablando como la otra-. El origen de la mafia, su fuerza y su permanencia consisten en callarse y resistir. Ésa es la auténtica ley de omertá. Hay que guardar silencio, aunque lo que te pregunten sea una dirección y la sepas. No se responde nunca: ni a una amenaza, ni a un agravio, ni a una acusación, ni a una denuncia… Tampoco se habla para amenazar ni para insultar ni para acusar. Ya hay quien se encarga de todo eso fuera. Y con medios mucho más contundentes que las simples palabras y que las sentencias o las multas… -Apareció con una bandeja, una botella, y unos vasos-. ¿Lo entiendes o no lo entiendes?
– Sí. Se me encogen un poquito los ovarios, pero sí.
– Entonces vamos a tomar algo… Vengo más cansada que una burra vieja recién parida.
Creí que iba a servir el whisky en los tres vasos, pero sacó del bolso una papelina y preparó tres largas y anchas rayas de coca. Me pasó, la primera a mí, el esnifador. Reconozco que elegí la que me pareció de mayor relevancia. Las muchachas se echaron a reír.
– Qué sinvergüenza eres -dijo Bianca.
– Ánimo no sé si tendrás mucho o no, pero de la vista andas divinamente.
– Pues te juro que no veo el camino que tengo que seguir.
– ¿Para qué?
– Para encontrar a Aldo, que quizá está en peligro. Y para encontrar a la nueva Deyanira, con el fin de que se sienta de nuevo acompañada.
Abrí los brazos y le tendí una mano a cada una. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, cada una tomó una mano mía y las dos las besaron con una sinceridad que me conmovió. Las acariciaron luego con sus caras tan guapas… ¿Qué me importaba si Bianca había colaborado o no en la muerte de aquel alemán comprometido? ¿Qué me importaba que Nadia supiese de la vida de Aldo más que yo? Tuve la impresión de formar con ellas un trío de mosqueteros. Aldo era D'Artagnan… No, D'Artagnan era yo.
Era el momento justo, en cualquier película de intriga, para que sonara el móvil que Athos, Porthos, Aramis o D'Artagnan, quien fuese, me había dejado encima de un papel. Y sonó.
Tuve que buscarlo, orientada por su griterío, porque no tenía ni idea de dónde lo había puesto. Una vez encontrado, me lo llevé a la oreja con tal fuerza que me hice un daño atroz.
– ¿Deyanira? -Era la voz, su voz.
– Sí.
– ¿Estás con Nadia y Bianca?
– Sí.
– Eso me tranquiliza. ¿Fue alguien a casa?
– Sí.
– ¿Te condujeron a la presencia de alguien?
– Sí.
– ¿De Buonatesta, por ejemplo?
– Sí.
– ¿Registraron la casa?
– Delante de mí, no.
– No importa. No te preocupes. Lo que buscan no estaba allí.
– ¿Y tú? ¿Dónde estás tú? ¿Estás bien donde estés?
– No sin ti.
– ¿Cuándo nos veremos?
– Cuando caiga la noche. Id las tres al piso desamueblado cerca de la discoteca. Nadia tiene unas llaves.
– ¿Vas a pinchar hoy discos?
– No.
– ¿Puedes darme el número de tu móvil?
– No. El que tíenes tú y éste están vírgenes todavía. Pero por si las moscas.
– ¿Y el número de éste?
– No lo uses. Espera mis llamadas. Hasta luego.
– Hasta luego, Aldo Ucceli -subrayé el apellido.
– Veo que no todo ha sido inútil. -Oí su risa-. Para ti, Aldo de Deyanira.
Cortó la comunicación. A mi alrededor se hizo otra vez lo oscuro. Bianca y Nadia me miraban sonriendo en silencio.
– ¿Es que tengo monos en la cara?
– ¡Sí! -dijeron las dos al mismo tiempo.
Las tres rompimos a reír. Eso me salvó de volver a llorar. Qué tonta del haba he sido siempre. Pero me hago más tonta con el tiempo: he llegado a batir mi propio récord.
Después de cenar algo ni muy ligero ni con mucha prisa, nos presentamos en la discoteca. El encargado nos saludó. No hizo mención de Aldo. Nos llevó hasta la mesa más visible. Yo ya sospechaba intención, mala o buena, en cualquier gesto.
El pinchadiscos, comparado con el que yo conocía, era una calamidad pública. Los bailarines, de vez en cuando, le silbaban. Él se encogía de hombros y seguía. Era miércoles, hacía frío fuera y niebla y agua alta: el local no estaba lleno. Las chicas me acompañaban en la mesa una u otra por no dejarme sola. Hasta que un señor, de bastante más edad que la generalidad de los concurrentes, tuvo el valor de querer bailar conmigo. Me levanté y bailé, como pude, con él. Pero podía poco y mal.
– ¿Usted es la española?
– Sí. Y Venecia es un pueblo donde todo se sabe.
– Todo, no.
– ¿Sabe usted mi edad, pongo por caso?
– Lo que sé es que no la representa. -No me cupo otro remedio que reírme.
– ¿Y lo que significa la palabra piropo? -Negó con la cabeza. Tenía unos ojos sumamente expresivos-. Pues lo que usted acaba de decirme es el mejor de todos.
– Si estuviera aquí Aldo -señaló con la cabeza al pincha-discos-, bailaríamos con más gusto y mejor.
– ¿Y dónde anda ese hombre?
– No lo sabe ni Dios. Es un loco perdido.
– Esa sensación tuve yo desde un principio.
De pronto, el miserable pincha precipitó la música de una manera demencial. Yo estaba cansada e impaciente, pero no podía permitirme el lujo de que se me notara. Hice lo que pude. Supongo que el ridículo más que otra cosa. Mi pareja no parecía notarlo. Me di la enhorabuena entre saltos y contorsiones de hip hop.
– Si le digo mi edad, ¿me llevará a mi mesa, o a un geriátrico?
– Si se dejara, la llevaría a otro sitio.
Nos reímos los dos. Pasado un rato, me acompañó a mi mesa. Vino en seguida Bianca.
– Tienes que enseñarme dos o tres movimientos de ese baile -me advirtió muy en serio-. Conque el culo caído, ¿no? ¡Válgame la Madona!
– Cuando los dioses se indignaron con Prometeo por arrebatarles el fuego y dárselo a los hombres, decidieron crear una hermosa mujer de arcilla. La llamaron Pandora y le dieron toda clase de dones, aparte de la vida. Se la regalaron a Epimeteo, que la aceptó a pesar de la prohibición de su hermano Prometeo, que ya le había hecho un regalo anterior: una caja en que había encerrado previamente todos los males de este mundo, pero con la promesa de que jamás, por nada, la abriría. A Pandora, como es natural, se le antojó lo prohibido, y el esposo, enamorado, accedió: le dio la caja que no debía abrirse. Y ella, como es natural también, la abrió. Y salieron y se esparcieron los males por la tierra… En el fondo de la caja quedó tan sólo la esperanza, que con sus desacertados consejos y sus falsos consuelos les impide a los hombres suicidarse… Es, ¿quién si no?, la esperanza la que a mí me ha dado esta noche unas clases rápidas de ritmo.
– Para todo lo que haces, bueno o malo, tienes una preciosa explicación.
De pie, a mi lado, Nadia, que me había oído, aprobaba en silencio.
– Sí, sobre todo, para mis equivocaciones -reconocí.
– Vámonos ya si quieres. Creo que hemos cumplido ante las turbas. Tenemos coartada… Tú más que nadie, como siempre.
– Sí, vámonos. Y que ojalá nos guíe siempre la esperanza. No tengo ya otra cosa.
En aquel deslavazado piso donde vi por primera vez desnudo a Aldo, todo seguía igual, pero sin Aldo. Con más polvo quizá, en todos los sentidos. Había whisky y hielo. O quizá los subiera alguna de las dos. Nadia llevaba en su bolso además un reconstituyente imprescindible. La noche se animó. Quizá Pandora supo lo que hacía. También los dioses abusaban del néctar. Bebimos, fumamos, esnifamos…