– No sabía que fueses tan buen diplomático. Ni tan falso. Aunque esto lo temía. -Los dos nos miramos entendiéndonos.
– Las llaves del piso de enfrente -se dirigía a las chicas- son éstas. -Se las dejó caer a Bianca en su falda-. Ahora sí podéis iros a descansar: ha llegado la hora de lo que decía Nadia. No es que la guerra se haya declarado, pero hay que estar dispuestos para que, en cualquier momento, se declare.
Nos levantamos las tres. Nadia y Bianca, cogidas de la cintura, se dirigían ya hacia la salida. Las despedí:
– Antes de que os vayáis, necesito deciros que jamáis, jamáis, jamáis… -me volví a Aldo-. Charme, charme, charme: muchas gracias… Jamáis creí que Aldo hablara como ha hablado. Antes tan sólo lo quería. Ahora lo admiro mucho más que lo quiero, lo cual es peligroso: enamorarse de un general en jefe siempre lo es… Buenas noches… Ah, Nadia, tradúceselo todo a Bianca si es necesario: así irás entrenándote.
– Gao, ciao, ciao -dijeron las chicas a la vez muertas de risa. Y atravesaron el rellano.
Aldo y yo, otra vez, la misma creo, estábamos solos. Y sucedió lo que sucedía siempre. Quizá esta noche de una manera más a la desesperada, con la misma pasión y la misma ansia con que un náufrago o dos se agarran a un mismo salvavidas: eso fue él para mí y lo seguiría siendo… No olvidaré nunca, aunque viviera miles de años, la forma en que me tuvo y en que me obligó a mí a tenerlo a él. Ni en miles de años. Cosa que, vividos junto a él, nada me importaría.
Qué exagerada soy. Pero quizá, tratándose de amor, sea en la exageración donde está la verdad. ¿O no es acaso exagerado creer que, por fin, te está tocando la felicidad con la punta de un dedo? Acariciar el inagotable cuerpo de Aldo, sus manos que a su vez te acarician, sus piernas que te envuelven, su estrecho culo frutal, su rotundo falo erguido…
Antes de perder la razón para recuperar la verdadera razón de ser: fundirme con él, hundirme en él, abrirme para recibir su sexo inevitable, extraviarme en la niebla azulada de sus ojos, descansar en la propiedad privada de su pecho, enloquecer para siempre un instante… Ahora sí que estaba poseída por la hybris, esa locura que trastorna a los humanos cuando se atreven a saltarse las lindes de lo humano. La locura que mató a Aquiles ante Troya, la que envenenó a Alejandro al plantearse qué hacer con sus victorias… Siempre ocurre lo mismo: la enfermedad divina te hace danzar al insostenible son que ella toca; produce una euforia sublime durante un tiempo que no puede prolongarse, y luego, el rayo de los dioses envidiosos te fulmina. Eso demuestra algo que yo ignoraba: los humanos pueden sentirse dioses. «Eritis sicut déos», seréis igual que dioses. Así lo dijo el tentador reptando por el tronco del manzano al oído de Eva. Y demuestra también algo que no se dice nunca: los dioses, en lo más alto de su Monte, saciado su deseo, son mortales también. Un privilegio contradictorio que a Calipso no le fue concedido.
Hoy he recordado algo que, inverosímilmente, marcó mi adolescencia. Para muchos resultaría increíble: quizá para mí también ahora. Y, sin embargo, un objeto -¿o era una vida?- tan menudo, tan frágil, tan efímero, a mediados de junio, me hacía levantar cada mañana, muy temprano, en época de exámenes, y marcaba, sólo con encontrarlo, la suerte de ese día.
Hablo, o escribo, nada más que de una flor. Una flor como la que dibuja un niño: la más sencilla, la más humilde, la más convencional, crecida en una matita despreciable, tanto que ni siquiera un niño se dignaría dibujarla: la flor de la achicoria silvestre. Ahora la siento dentro de mí tal como era, idéntica pero nunca la misma, porque dura menos de un día: por la tarde ya no está. Apenas cuatro, apenas dos florecillas a medio palmo de la tierra, sobre verdes hojas harapientas, y ella erguida, callada y portadora, según la pobre infeliz que yo era y que sigo siendo, de la suerte mientras permanece. Mi talismán, al que ni siquiera podía dar las gracias, ya que, a la siguiente mañana era una flor distinta ante la que me arrodillaba…
¿Qué color era aquél? ¿Cómo podría contarlo, si es que un color puede definirse con palabras? No, no era el magenta, que tiene nombre de batalla y mucha más oscuridad, porque es un fucsia que tira al violeta. No era ningún color que tenga nombre propio… Probablemente, de haber tenido medios, habría puesto yo una florería sólo para encontrar el color de la florecilla de la achicoria, con sus escasos y tupidos pétalos. No es tan azul como los agapantos, un tanto pretenciosos, o como la flor del romero o del espliego… No era malva tampoco, ni tenía, como ella, sus pétalos marcados por trazos brillantes y llamativos. Ni lila, ni tan sonrosada como las peonías de ese tono, ni siquiera como la glicina, ni como la olorosa flor del tomillo o del cantueso. No tenía el dudoso azul del plumbago, ni la dura evidencia de la violeta, tan invasora como el helecho casi, ni siquiera el delicado matiz de la vincapervinca… Se asemejaba más al heliotropo, pero fundidos en uno más modesto todos sus matices… Menos estridente que el carmesí de las flores del ciclamor o el inverosímil añil de las de la borraja, una planta tan aparentemente poco delicada. Parecida al lóbulo más claro de la flor del guisante, o a la variedad muy poco discreta de la ipomea o de la correhuela… Algo más azulada que la flor del membrillo… No, no sé cómo acertar. Casi al borde de la tedera canaria o de alguna, muy despeinada, de los cardos, pero en el color sólo, y más olvidadizo que el de ellos. Y nunca la de los borriqueros, tan altos y tan semejantes a la de la alcachofa, coronadas por su insolente y crispado solideo episcopal. No, no… Hay astromelias, hay lantanas o verbenas en que, a veces, algún decaimiento de color en ellas remeda al de la pequeña flor… Pero no, nunca, nunca es lo mismo: ellas son más brillantes, mucho más llamativas… La flor de la achicoria es sólo como la flor de la achicoria, el nombre de cuyo color aún no se ha pronunciado. Ni inventado siquiera.
Un día, con Gabriel, volví a Alhaurín nada más que por verla. Lo llevé hasta donde yo solía encontrarla, por la parte de atrás de la casa cuartel que daba al campo… Me deshojé buscándola. Era su preciso momento de aparecer y quizá alguna de aquellas matas anónimas fuese la suya. Pero no estaba en flor. Pasado el tiempo, comprendí lo que la ausencia de la pequeña mensajera quiso decirme. No lo entendí yo entonces… Ahora mismo me rodean galopando recuerdos y recuerdos, sensaciones precisas e imprecisas, olores que no sé de dónde emanan y que nunca lo supe. Toda la cabeza se me inunda, ahora y aquí, tan lejos de entonces y de allí, de pérdidas, de irremediables pérdidas. Nunca la vida puede estar completa. Hay trozos que para siempre hemos perdido.
Ahora mismo siento la flor de la achicoria dentro de mí, como si la tuviera delante de los ojos: sin adornos, sin olor, sin misterio, sin pretensión ninguna. Con el único privilegio, nunca reconocido, de un color que no puede describirse, de un color al que ni las aproximaciones más cuidadosas se le acercan, y no se ha pronunciado. Por eso ella fue mi flor y siempre lo será.