Creo que tengo tiempo, y me divierte, contar quién era el personaje de la Perejila. Se trataba de una de las niñas de la casa de la Pichichi, por buen nombre señorita Conchita, en cierta capital andaluza que amo y que enseñaré a Aldo en cuanto pueda. Todo en aquella casa de lenocinio -otra palabra, como evento, que me hace mucha gracia- era disparatado. Un día, las niñas, entre pañitos higiénicos y otras marranadas parecidas, atascaron el retrete común (o el excusado, que también tiene chispa). La señorita Conchita llamó a un fontanero, cuyo taller estaba en la acera de enfrente.
– Lopera -le dijo-, las niñas me han atascado otra vez el vaterclós. Échale un vistazo y dime cuánto costará arreglarlo.
Eso pasó hace muchísimos años, más de los que yo tengo, que hoy no son tantos.
Y, para colmo, Lopera el fontanero hablaba bajito, despacio y tartamudeando. O sea, lo contrario de la dueña del cotarro: pizpireta, parlanchina y novia de un ingeniero conocido. Había entonces (parece que me estoy liando) un bar muy conocido llamado Dunia, donde iba la gente bien -bueno, vamos a decir la gente joven- de la ciudad. La señorita había quedado allí con su novio el ingeniero. Le había mandado su coche a la puerta de la casa a recogerla; porque la señorita Conchita, en el fondo, era una señora. Y allí estaba, aparcado frente a la entrada del bar collet monté, con la ancha acera plagada de mesas con ciudadanos collet montes también, o relativamente. Y se corrió la voz de que la Pichichi esperaba a su novio. Muchos corrieron a meter las napias, ya que no podían meter otra cosa, por la ventanilla. El cristal estaba bajado porque hacía calor. La Pichichi lo subió con la manija olfateando el peligro, y se recostó como una novia mora. Pero llegó un momento en que, hasta el coño de ver caras que se empujaban unas a otras para verla lo más cerca posible, bajó de un manotazo el cristal, sacó un poquito la cabeza, y chilló:
– Qué os pasa, maricones. ¿Es que no habéis visto nunca una puta en coche?
El ingeniero no se atrevió a salir, y la señorita Conchita se fue a su casa o lupanar, harta de ser un espectáculo gratuito.
Pues era ésta la que hablaba con el infeliz fontanero, cortito, impresionado porque ella era impresionante, y tartaja perdido.
– ¿Que cuánto va a costarme, Lopera?
– Eeeeeso seseñorita Conchita, no va a ser babarato… Eso es que está ya viviejo…
– Aquí no vengas a decir palabrotas, Lopera. Viejo no se dice… Dime cuánto.
– Eeesta grieta… es del mamaltrato de las otras seseñoritas.
– Aquí no hay más señorita que yo. Las otras son bastas como serones, ya lo sé… Pero ¿cuánto?
– Y el mamaterial está muy cacaro. Y el titiempo que me va a llellevar… Memejor sería poner uno nuevo.
– De eso, ni hablar, que las niñas, que son unas ordinarias y sabe Dios dónde habrán hecho pis hasta ahora, quiero decir meado, que sean las que paguen el papato: ya me estás contagiando. La culpa es mía por darles estos lujos… ¿Cuánto, Lopera?
– Los conconductos, la tutubería, los dedesagües…
– ¿Cuánto, Lopera?, que me estás ya tocando el chirimbolo.
– De sesetecientas pepesetitas no babaja, seseñorita Conchita.
– ¿Setecientas pesetonas? Por ese dineral compro yo un burro y que vayan las niñas a cagar al campo.
Era en semejante recinto, junto a semejante retrete, donde prestaba sus servicios la Perejila. Guapa, bien formada, apetecible y sin ninguna vergüenza. Alguien debió de insinuarle que su sitio no estaba en esa ciudad provinciana, hipócrita y roñosilla; que volara más alto; que se buscase un porvenir lleno de alhajas y perfumes y sábanas de holanda. Sin duda se trataba de un tío sinvergüenza, que, a fuerza de llenarle la cabeza de halagos y de ínfulas, sacaba gratis sus servicios cameros… Y por fin, la Perejila se despidió de la Pichichi y, altiva y resuelta, tras haber utilizado por última vez el retrete de Lopera, se fue a la estación del ferrocarril, que no quedaba lejos.
En un asiento de tercera, caída ya la noche, incómoda y soñadora a pesar de no pegar ojo con el traqueteo, después de casi doce horas de tormento, la Perejila se apeó, arrastrando como podía su maleta, en la estación de Atocha de Madrid. No tenía ni la menor idea de hacia dónde tirar. Con negros y espléndidos ojos, apoyada ya una pierna bien hecha ya la otra contra su maletón, adivinaba un futuro deslumbrante… Ella habría dicho dislumbrante, porque era como la Macarena vestida de paisana.
Se le acercó un soldado aragonés. Entabló con él una conversación que la Perejila creyó muy conveniente para informarse del estado de las cosas. Después, para pagarle todos las falsedades que le había largado el maño, de paso por Madrid para enlazar con otro tren militar, lo mismo que el resto de guiris de su regimiento, la Perejila le hizo un sencillo servicio manual. Al concluir, en la mismísima puerta del reducto, la Perejila se encontró con una cola de cincuenta y tantos guripas: la voz había corrido -la voz y alguna otra cosa- y el tren militar se había retrasado. La Perejila, entre piropos y amenazas, llena de sueño de verdad porque no había dormido, e invadida por sus sueños falsos y por los crueles meneos del tren, se vino abajo y empezó a resignarse. De uno en uno -ya manual, ya bucal, ya entrepernilmente- le desfiló a paso de marcha el regimiento entero por lo alto. La Perejila durante todo el santo día, estuvo cumpliendo su servicio militar. Lo que ganó no llegaba a cien pesetas en quince horas y media…
Hasta que tomó una sublime decisión: volverse a su sitio en un tren que empezaba a humear en la segunda vía. «Como en casa de una ni en el cielo», se dijo… Cuando volvió a reclamar su puesto en el putiferio de la Pichichi, ésta se lo restregó por los morros.
– Con que tu destino era Madrid, ¿no, Perejila?
– Qué loca he sido, señorita Pichichi.
– Cuidadito con lo que dices, señorita Perejila.
Y desde entonces, de alguien que trata de volar sin alas y se estrella, se dice que ha quedado como la Perejila. Nadie lo mirará a la cara sin echarse a reír.
Como yo misma en este instante. Estoy escribiendo a tontas y a locas. Y sospecho por qué: porque me da miedo contar lo de la cena y quiero rellenar con tonterías el tiempo que falta hasta que llegue Aldo. Y me da miedo, entre otras cosas, porque no me acuerdo muy bien: entre las rayitas y los cambios de bebidas, no sé qué fue de mí…
Seríamos unos veinte, pero a mí me parecían ciento cincuenta y tantos. Y es que los italianos hablan más con las manos que con las bocas, y si lo sumas todo, bocas y manos, sale una multitud. Como yo en esa cena era el objeto de todos los disparos, bien o mal intencionados, y como les hacía gracia mi italiano latinizado para acercarlo al español, y como debían estar en antecedentes, muy de segunda mano, de algo sobre mi obra, aquello se transformó en un campeonato de tiro al plato, digo, o de tiro de pichón: no en vano estábamos cenando.
Al principio, antes de nada, cuando me presentaron Buonatesta y Donatti, con cierto aire de amistad casi íntima conmigo, me quedé de una pieza. Era lo que debí temerme, y no lo hice porque soy medio lela: una conjura ciudadana de las más diversas procedencias y pelajes. Alguien de la ciudad, alguien del Véneto, alguien del patriarcado, alguien de la policía, alguien del puerto, alguien de la organización de exposiciones y galas y variados eventos (adoro esa palabra), alguien de la literatura… Bueno, de la literatura, palabra que detesto, una señora erguida, que no se apeó de su montura en toda la noche; más vieja que la cotonía y nariguda hasta el punto de que desalojaba un metro a la redonda. Fue la única que no me habló de nada, como si no estuviera: como si no estuviera yo, por descontado, la huelepedos esa…