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– ¡Que venga, que venga! Tenemos merienda.

– Pues vamos, chico, ya lo has oído -dice Bruno-. Te has ganado la merienda.

Ha arrancado a andar y yo sigo mirando alucinado las montañitas de la mochila. Seguro que también van ahí dentro la princesa y el ogro.

– ¿Te gusta la tarta de queso? -me pregunta Elsa.

– No sé. Fuencis no la hace.

Bruno ha vuelto la cabeza.

– ¡En marcha! Un, dos, un, dos. ¡Seguidme, soldados!

– A nuestra casa no se entra por la plaza, ¿sabes? -me dice Elsa, bajito-. Te suelto pero no te pierdas. Hay que rodear por la calle de atrás.

Y enseguida, más alto:

– ¡Te seguimos, capitán!

Vamos en fila india. Yo el último. Un, dos. Un, dos. Un poquito de cuesta, y luego torcer a la derecha. Lo sabía. Era exactamente por donde yo me había imaginado la entrada al palomar de los vecinos de arriba.

Sentí un roce en el hombro.

– Se ha quedado dormido, Bruno. ¿Qué hacemos? ¿Te has dado cuenta de la hora que es?

– No te apures, mujer. Acuéstate ya si quieres, que yo me ocupo.

– Es que ha sido un día de mucho trote. Me duele la espalda.

– Tranquila, reina. Lo acompaño y enseguida vuelvo. Buenas noches.

Unos pasos que se van. Abrí los ojos despacito, los párpados eran un telón de seda. Extrañeza ninguna. Paz. El ogro, la princesa y la libélula me rodeaban desmayados sobre la alfombra. Un sabor dulce en la boca. El plato donde me trajeron la tarta de queso estaba vacío a mi lado. Me había quedado dormido con la cabeza apoyada en el asiento de un sillón y en el techo se veían estrellas al otro lado de un cristal en rampa. Me acordaba de todo. La última vez que miré ese cristal, todavía no era de noche, y yo venía de una excursión sin guía por un territorio lleno de sorpresas. Ni Elsa ni Bruno me habían hecho apenas caso, como me prometieron, pero tampoco me prohibieron nada, así que la casa me la aprendí de memoria. Resultó ser un espacio raro, de los pequeños que parecen muy grandes. Desigual, con salientes, entrantes y medias paredes. Desde ningún sitio se veía todo. Tenía un escalón en la mitad y también rincones tapados con cortinas o biombos. Pero sólo una puerta visible: la del cuarto de baño. Luego de repente encontré otra en la esquina de acá, donde se acababa la casa. Una puerta disimulada. Y eso ya fue un absoluto pire. Nadie notó que la había descubierto y di por acabada la excursión; ya no me cabía más paisaje dentro y me temblaban un poco las piernas. Me senté en la alfombra a hacer como que jugaba con las marionetas y a comerme la tarta, pero tenía las pilas de la cabeza a tope y no podía dejar de mirar de reojo aquella esquina. Al principio no parecía puerta. Tenía clavado un tapiz que hacía juego con el de casa, sólo que en vez de la bailarina era un enano jorobado con gorro en punta y cascabeles en los pies el que hacía piruetas. Pero los señores bebiendo eran los mismos, sus botas, sus sombreros, todo igual. Estaba mal cerrada y me había atrevido a asomarme por la ranura. Claro: la escalera que llevaba al pasillo de abajo. Aunque estaba oscuro la vi.

Me comí la tarta, diciendo todo el rato: «Fu, fu, fu, fu, mucha calma, el secreto está en el alma.» Pero cerraba los ojos y veía estrellitas de esas que duelen, como cuando te has caído y de tanto susto todavía no sabes si te has hecho sangre o no. Ya no me acuerdo de más. Me quedé grogui.

– Lo siento, Baltasar, hijo. Pero es muy tarde y tienes que irte. Se van a asustar en tu casa.

Ahora estaba encendida una lamparita sobre un banco de carpintero que había a la izquierda. Me puse de pie.

– ¿Puedo venir más veces?

– Claro, siempre que quieras.

Entonces fue cuando vi el retrato de Máximo encima del banco de carpintero. Era bastante grande, con marco. Pero Máximo estaba disfrazado de un poco mayor, con bigote y peinado de otra manera. Llevaba un jersey negro de cuello alto. No podía dejar de mirarlo.

– Es mi hijo Gabriel -dijo Bruno-. ¿Te ha gustado la historia de la libélula?

– Sí.

– Pues él la ha escrito. Escribe todas las historias para nuestro espectáculo y nos las manda. Es el alma. Sin él no haríamos nada. También dibuja los figurines.

– ¿Y dónde está?

– En Italia. Antes vivía aquí con nosotros y nos ayudaba en todo, pero ya lleva fuera algunos años. Se cansó.

– ¿Y no viene?

– No. Vamos nosotros. Anda, ponte el jersey, que se ha hecho muy tarde. Yo te acompaño.

– No hace falta. Sé ir solo.

– ¿A estas horas? Ni hablar. No te dejo salir solo. Luego te pierdes ¿y qué?

Se quedó pasmado al verme cruzar la habitación decidido, sin volver la cabeza.

– ¡Espera! ¿Adonde vas por ahí?

– Al tapiz. Quiero bajar por el tapiz. Lola baja por el tapiz.

Me levantó en brazos y me apretó fuerte contra él. Creo que temblaba un poco.

– ¡Dios mío, Baltasar! ¡Qué susto se va a llevar tu madre!

Yo me agarré a su cuello. Olía a tabaco de pipa aquel escondite. Subí un poco los labios y le pregunté al oído:

– ¿Eres algo mío?

– Tu amigo mayor -dijo serio-. Es importante tener un amigo mayor, ¿sabes? Yo ahora ya no tengo ninguno porque se murieron.

Me escurrí de sus brazos y le pedí con un gesto que diera la luz. La llave estaba a la derecha del tapiz y era abultada, con una lágrima de oro, como la nuestra: yo no llegaba. Alargó el brazo y se iluminó el tramo de escalera. La puerta chirriaba al abrirse.

– ¿No tienes miedo de bajar solo?

– No.

– Pues mira, son veinticuatro escalones, ¿sabes contar?

Le enseñé dos veces las manos abiertas y luego la derecha, escondiendo el pulgar.

– Diez. Diez. Y cuatro.

– Eso mismo. Si al llegar al último escalón, empujas y no cede, le das hacia la derecha a un pasador que hay. Corre muy suave y creo que alcanzarás. ¿Entendido?

– Sí, es fácil.

– En caso de apuro me llamas. Me quedo aquí esperando. Hasta pronto, Baltasar. Eres muy valiente.

Le dije adiós y bajé corriendo. Todo recto. No había curvas ni tuve que pedirle ayuda porque alcancé al pasador. Y ya nada, terreno conocido.

Estaba encendida la luz del pasillo. Respiré hondo al salir del tapiz y luego torcí hacia el reino de Fuencisla, que es de donde venían los ruidos.

Estaban en la cocina y hablaban bastante alto. Las únicas voces que no oí fueron las de papá y Máximo.

Pedro hablaba muy enfadado y parecía estar riñendo a mamá. Ya otras veces la había reñido, porque, según él, me educaban maclass="underline"

– La culpa la tienes tú, ¡sí!, ¡tú!…, y no digamos él, que no le hacéis ni maldito caso al niño. Ya era hora de que le contarais las cosas como son, que yo creo que no habla del lío que tiene. ¿A qué hora habéis llegado de Madrid?

– ¡No me hables así! No me acuerdo.

Fuencisla lloriqueaba.

– Yo voy a salir a buscar al niño -dijo Lola-. No le puede haber pasado nada. Igual está con Máximo.

Pero el brazo de Pedro la detuvo, como una barrera, cuando iba a ponerse de pie.

– ¡Tú quieta! El que tiene que salir a buscarlo es su padre. ¿Dónde está, por cierto?

A mamá se le notaba la voz de esa niña que es algunas veces.

– Hoy duerme en la otra casa -contestó con apuro.

– ¿Ah, sí? Pues dame el teléfono, y si no, lo busco yo en la guía y se acabaron las contemplaciones. Te guste o no, hay que avisarlo. Baltita es su hijo. Y se ha perdido.

Fuencisla fue la primera que me vio parado allí en la puerta de la cocina. Había llegado pisando despacio. Pegó un grito.

– ¿De dónde sales, criatura? ¿Se puede saber?

Todos me estaban mirando mudos. Habían soltado demasiados secretos.

– Del tapiz -dije muy clarito sin moverme-. Me han dado de merendar los de arriba.

No sé si se asustaron más de lo que había dicho o de que hablara. Pero la verdad es que se quedaron de piedra. Me había convertido en un héroe inquietante.