Y se levantó. Avanzamos de la mano deambulando por aquel espacio casi sin muebles. Por la claraboya entraba luz de ocaso. Habían dado en la tele hacía poco un reportaje sobre los beduinos, y se veía un desierto de tonos rojos camino del Mar Muerto. Me pareció que Bruno era el camello y yo el camellero. ¿Adonde íbamos? De pronto se paró.
– Hay que dar muchas vueltas para saber dónde estás -dijo-, como en el juego de la gallina ciega. Me gustaría darte algún talismán. Tu vida empieza, es largo tu camino. Pide algo.
Había un cesto grande, atiborrado de objetos dispares. Vacilé un momento, mirando aquel revoltijo.
– ¿Está ahí la libélula? -pregunté.
– No. Pero sé dónde puede estar. ¿Es la libélula lo que quieres?
– Sí, por favor.
No dijo nada. Se arrodilló delante de una maleta, la abrió y hurgó en ella. Me latía el corazón muy fuerte.
– Aquí la tienes. Creo que se te había perdido. Te puede servir.
Estaba aplastada. Le alisé las alas.
– ¿Cómo funciona? -le pregunté.
– Eso tú mismo lo sabrás cuando llegue la ocasión. Es para renovar el alma de alguien. De eso sí te acuerdas, ¿verdad?
– Sí.
– Pues basta con eso y con estar atento a la ocasión.
Buscó una bolsa de plástico y la colocó dentro con cuidado, metiendo él mismo un poco la cabeza.
Del fondo llegó su voz fingida, de tarde de títeres.
– Fu, fu, fu, fu, mucha calma. El secreto está en el alma.
Resonó aquella estrofa por la estancia irregular; y detrás del biombo surgió una risa joven. Era la risa de Elsa. Bruno y yo la escuchamos inmóviles.
– Se pondrá buena enseguida -dije-. Dale un beso de mi parte cuando le vuelva la memoria. Me bajo.
– Adiós, niño cúbico.
Me había acompañado hasta el arranque de la escalera y le miré con sorpresa.
– ¿Por qué me llamas así?
– Porque te pareces al niño de un cuento que inventó mi hijo. Hace ya mucho tiempo.
– ¿Y cúbico qué quiere decir?
– Raro, diferente. Que sale por donde no te esperas. En el dibujo estaba hecho de cubos de colores. Es un nombre inventado.
– Ah, bueno.
No le pregunté más. Le di las gracias y le besé las manos. Cuando ya estaba bajando por las escaleras, le oí decir:
– De todas maneras, Baltasar, para llegar al milagro tienes que haber pasado mucho tiempo no entendiendo nada.
Aquélla fue nuestra despedida.
XIII. LAS MUTACIONES
El profesor de ciencias se llamaba don Marcelino, era flaco y siempre estaba triste. Según él, todo lo que pasa y no se ve es cosa de las células. Eran un ejército oculto y sigiloso. Me aprendí la definición del libro sin acabar de creerme nada de lo que decía, como cuando recitas en el credo «que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo». Por lo menos, en el libro de ciencias venía dibujo. «Elemento primordial de los seres vivos, hay que verlo al microscopio, consiste en una masa llamada protoplasma envuelta por una membrana; dentro se encierra el núcleo.» Yo dibujaba muchas células en el cuaderno, con cuidado, pero también con algo de aprensión, el núcleo verde en forma de suela de zapato y el protoplasma azul mar con rayitas más oscuras imitando arañazos, más grandes, más chicas, lisas, jorobadas, ya era una manía lo mío de pintar células. Me alucinaba que fueran tantas y pensar que me estaban corriendo por dentro como bichitos. Cambiaban de tamaño, se estiraban, se reproducían, y las sobrantes sin hacer ruido ni que nadie las enterrara morían en algún escondite de las tripas, de la cabeza o de la sangre, mientras yo las dibujaba o me bebía una coca-cola. «Tienen la culpa de todo», aseguraba ceñudo don Marcelino, «absolutamente de todo.» Un chico le preguntó: «¿De lo bueno también?» «Hijo mío, si es que bueno no hay nada.» Luego de repente se puso enfermo y dejó de venir. Seguramente por culpa de las células. El director dijo que desmoralizaba a los alumnos. Yo me acuerdo muchas veces de don Marcelino.
La vuelta de mis hermanos y la marcha de los de arriba -que fue a los pocos días- coincidieron casualmente con la ausencia de este profesor. Y poco después me di cuenta de que a mí por dentro me había pasado algo anormaclass="underline" mi familia dejó de despertarme aquella curiosidad que me traía siempre en vilo, noté que los miraba como desde lejos y hasta que me aburrían un poco. Seguro que era algún proceso de mutación celular que se me vendría iniciando. Pero no lo tomé como enfermedad, simplemente estaba huyendo a respirar otro aire.
Por casa corrían calambres encontrados. Unos de negocio. Otros de pesadumbre y mal agüero.
Los primeros tenían que ver con el piso de arriba y las dudas sobre su destino. Mi madre, tan decidida para hacer lo que le da la gana o para olvidar lo que le aburre, estaba obsesionada por aquel asunto, y empezó a pedirle consejo a papá, que ahora venía más por casa: «Échame una mano, Damián, ¿a ti qué te parece? Algo habrá que hacer. Se lo van a comer los ratones. Yo no soy capaz de meterme con eso, es un martirio, se me aparece por las noches.» «¿Pero se te aparece qué?» «Todo, todo, la geografía y la historia, es que vacío pesa más que lleno, no soy capaz de subir, ya te digo, pero lo tengo encima.» Y papá, con bastante paciencia y un poco desconfiado al principio -que yo eso lo comprendo, por la manera de ser de ella-, aventuraba consejos de cómo convenía pintarlo y alquilarlo para hacer una buena inversión. Hasta que llegó un momento en que era casi imposible pillarlos hablando de otra cosa. Ella, en vez de protestar, como de costumbre, buscaba papeles por los cajones y se los enseñaba, discutían amistosamente, él sacaba una agenda electrónica (que entonces eran novedad), barajaban nombres de arquitectos. Aquello los unía, no cabe duda, y llegó a provocar besos y abrazos. Pero era un tema aburridísimo, salpicado además de alusiones al futuro en Madrid, que unas veces parecía inminente y otras un nubarrón que se aleja. «Para evitarte quebraderos de cabeza», decía papá, «las obras podrían empezarse cuando ya nos traslademos a Madrid.» Y yo me veía incluido en aquel plural del que quería soltarme.
La otra corriente eléctrica la segregaba Lola, que había vuelto de su viaje nerviosa y de humor atravesado. Se mordía las uñas más que nunca y a nadie le quiso contar qué tal les había ido en Italia. A saber si sería porque le dio pena venirse o porque trajera malos recuerdos. Yo me encogía de hombros. Mamá un día le preguntó que cómo era la hija de Gabriel y Lola respondió cortante: «Pues con ojos y boca, como todo el mundo.» Que ahí es cuando noté yo que me había desentendido de los parentescos de puro hartazgo. Porque ni siquiera me pregunté si sería algo mío o no esa niña de la que nunca había oído hablar.
Pero la intranquilidad de Lola y su mal rollo se agarraban como lapas sobre los amores de Fuencisla, que no veía nada claros. Y tenía muchos remordimientos. Le contó a mamá que era ella quien le aconsejó a Fuencis maquillarse, ponerse lentillas y algo de tacón, peinarse y vestirse de otra manera. Y total para qué. Estaba segura de que Ramón, aunque se dejaba querer, andaba por ahí con otra chica más joven. Con ésa «había llegado a todo». Y lo peor era que Fuencisla no quería oír ningún comentario acerca del asunto; estaba ciega. «Pues habrá que abrirle los ojos», dijo mamá. «Pero hacen falta pruebas.» «¿Qué pruebas? Basta con mirar. Ramón es un chulo, con sus camisas mejor planchadas que nunca. Se aprovecha de ella, te lo digo yo. De chacha en dos casas, y en aquélla sin cobrar. A mí me indigna.» Discutían si ponerla sobre aviso o no, y nunca se atrevían a nada. «Se trata de su vida», intervino un día Máximo. «¿Por qué no la dejáis que se desengañe sola o que llegue a vieja viviendo de ilusiones? Todos necesitamos de una ilusión, ¿no?, yo nunca la he visto tan contenta. Se ha teñido el pelo de un color catastrófico, en eso estamos de acuerdo, pero si ella se ve guapa, pues fenomenal.» Y Lola daba detalles, decía que aquella situación la traía sin sueño, que era como una bomba de relojería.