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Cuando la puerta se cierra detrás de mí, noto que un ligero zumbido flota por la habitación. Es como si estuviera sentado junto a una fotocopiadora, pero en realidad se trata de un generador de ruido blanco. Si llevase una cinta grabadora o un micrófono, ese ruido los ahogaría. No quiere correr ningún riesgo.

– Gracias por venir -dice Adenauer.

Tiene un aspecto distinto de la última vez que lo vi. Su pelo arenoso, la mandíbula ligeramente descentrada, ambas cosas parecen más suaves sin el cuerpo de Caroline como fondo. Igual que esa vez, lleva el botón de arriba de la camisa desabrochado. La corbata, ligeramente suelta. Nada que intimide. Tiene delante de él una carpeta roja, pero está sentado al otro lado de la mesa con la palma de la mano derecha completamente abierta. Una evidente oferta de ayuda.

– ¿Hay algo que le moleste, Michael?

– Estaba preguntándome por qué me recibe aquí. Podía haberme hecho subir a su despacho.

– Hay alguien allí ahora, y si lo hubiera hecho bajar a la oficina grande, lo hubiera visto hasta el último periodista de los que hacen guardia en el edificio. Por lo menos aquí lo tengo a usted a salvo.

Buen punto.

– No estoy aquí para acusarlo, Michael. Yo no creo en los chivos expiatorios -me explica con su dulce acento de Virginia.

Al contrario que la otra vez, no intenta tocarme en el hombro, lo que es una de las razones por las que considero que es serio de verdad. Al hablar, tiene un difuso tono profesional en la voz. Hace juego con su traje de tweed y me recuerda a un viejo profesor de inglés de instituto. No, no exactamente un profesor. Un amigo.

– ¿Por qué no se sienta? -pregunta Adenauer. Señala la silla en la esquina de la mesa y sigo su invitación-. No se preocupe -me dice-. Será rápido.

No hay duda de que se lo toma con tranquilidad. Una vez que estoy sentado, abre la carpeta roja. Manos a la obra.

– Bien, Michael, ¿sigue manteniendo que usted lo único que hizo fue encontrar el cuerpo?

Mi cabeza se levanta de golpe antes incluso de que termine la pregunta.

– ¿Qué está usted…?

– No es más que una formalidad -me promete-. No tiene que ponerse nervioso.

Sonrío forzadamente y acepto su palabra. Pero en sus ojos… ese modo en que se entrecierran… lo veo un poco demasiado divertido.

– Yo solamente la encontré -insisto.

– Fantástico -replica sin cambiar de expresión. El zumbido del ruido blanco a mi alrededor se está haciendo irritante-. Ahora, cuénteme lo que sabe de Patrick Vaughn -dice, fiándose nuevamente de los viejos trucos de interrogatorio. Más que preguntar si yo conozco a Vaughn, va directo a la cuestión. Pero yo estoy en guardia. P. Vaughn. Nombre de pila: Patrick. El individuo que pasó la nota por debajo de mi puerta. Con esperanza de averiguar algo más, le digo la verdad a Adenauer.

– No conozco a ese individuo.

– Patrick Vaughn -repite.

– Ya lo he oído la primera vez. No tengo ni idea de quién es.

– Vamos, Michael, no se comporte así, usted es más inteligente.

No me gusta como suena eso -no es un truco-, hay auténtica preocupación en su voz. Lo que significa que tiene alguna buena razón para creer que yo tendría que conocer a ese tal Vaughn. Es hora de lanzar el cebo.

– Intento recordarlo, se lo juro. Ayúdeme un poco. ¿Cómo es físicamente?

Adenauer busca en la carpeta y saca una foto policial en blanco y negro. Vaughn es un tipo bajito con un bigotito fino de gángster de película de televisión y el pelo grasiento aplastado hacia atrás. La tarjeta de identificación que sujeta delante del pecho lleva un número de la policía y su fecha de nacimiento. La última línea de la tarjeta dice «Wayne County», lo que me indica que ha pasado algún tiempo en Detroit.

– ¿Le suena ahora? -pregunta Adenauer.

Pienso en la descripción que hizo mi vecino del individuo con cadenas de oro.

– Le he hecho una pregunta, Michael.

Mi cerebro sigue encallado en la nota al pie de mi puerta. Si el tipo de las cadenas… si ése era Vaughn, ¿por qué va haciéndole preguntas al vecino? ¿Intenta ayudar? ¿O intenta enredarme?

Mientras no sepa la respuesta, no correré el riesgo.

– Se lo estoy diciendo, no tengo ni idea de quién es. No lo he visto en mi vida -es una respuesta de abogado, pero sigue siendo la verdad. Contemplo la foto y encajo otro diálogo-. ¿Por qué lo detuvieron?

Adenauer no mueve ni un músculo.

– No quieras tocarme los huevos, muchacho.

– Yo no… no sé qué quiere que le diga. ¿Qué hizo?

Chasquea el cuero cuando se inclina hacia adelante en el sillón. Se prepara para saltar.

– Adivínelo así, a pelo… Al fin y al cabo, usted fue el primero en llegar.

Oh, Dios mío.

– ¿Es un asesino? ¿Creen que éste es el tipo que mató a Caroline?

Me arrebata la foto de las manos.

– Le he dado una oportunidad, Michael.

– ¿Cómo? ¿Usted cree que lo conozco?

– No voy a contestarle a esa pregunta.

Empiezo a sudar. Hay algo que no me dice. ¿Será éste el tío que contrató Simon? Tal vez Simon lo esté usando para señalarme con el dedo. El ruido blanco hace más difícil pensar.

– ¿Alguien le contó a usted algo?

– Olvídelo, Michael. Vámonos.

– No quiero irme. Dígame qué le hace pensar que lo conozco. ¿Mi padre? ¿Tiene que ver con él? ¿Es porque es de Detroit? ¿Porque los dos somos de Michi…?

– ¿Y si le digo que lo han trincado dos veces en el distrito de Columbia por vender drogas? -me interrumpe Adenauer-. ¿Eso le suena de algo?

No me gusta adonde se encamina esto.

– ¿Tendría que sonarme?

– Dígamelo usted. Dos veces detenido por drogas aquí y un juicio por asesinato hace dos años en Michigan. ¿Le suena a alguien que conozca?

Centrado en las drogas, intento no pensar en la respuesta.

– Por cierto -dice Adenauer con una sonrisa-. ¿Vio ese artículo sobre Nora en el Herald de esta mañana? ¿Qué le parece eso de que la llamen «la Primera Pasota»?

– ¿Perdón? -digo, intentando conservar la calma.

– Hombre, ya sabe, pensé que como ustedes dos salen juntos y eso… ¿Es duro tener que compartirla siempre con el resto del mundo?

Estoy tentado de decir algo, pero decido esperar.

– Quiero decir, salir con la Primera Hija… eso debe de dar algunas historias interesantes que contar.

Se cruza de brazos esperando mi reacción. Pero no consigue más que cargar la sala de una atmósfera irrespirable. Una cosa es salir con ella, y otra permitirle que mezcle a ese Vaughn en los rumores sobre Nora y las drogas. Por lo que yo sé, no es más que un farol basado en el artículo del Rolling Stone. O, simplemente, su vendetta pendiente contra Hartson.

– ¿Entonces cuánto tiempo llevan juntos? -añade finalmente.

– No estamos juntos -gruño-. Sólo somos amigos.

– ¡Oh! Estaba equivocado.

– ¿Y qué tiene eso que ver con lo demás, de todos modos?

– Nada… nada de nada -dice Adenauer-. No hago más que comentar algunos acontecimientos recientes con un empleado de la Casa Blanca. Esto ni siquiera lo tengo en la agenda como interrogatorio. -Me observa con atención, guarda la foto de Vaughn y cierra la carpeta-. Ahora volvamos a su historia. ¿Se había peleado con Caroline antes de encontrar el cuerpo?

– Sí, porque ella… -Me corto en seco. Hijo de puta. Nunca le había dicho a Adenauer que Caroline y yo nos hubiéramos peleado. Me está batiendo en toda regla.

Sin embargo, como buen virginiano, no hace exhibición.

– Lo que le dije lo dije en serio: no estoy aquí para acusarlo -explica-. Alguien los oyó gritar desde el pasillo. Sólo quisiera saber de qué iba todo. -Y antes de que pueda responderle, añade-: Esta vez, la verdad, Michael.