Las preguntas no son más fáciles. El sol que le da en la espalda hace brillar las puntas de sus cabellos. La gente se pasa toda la vida esperando y no llega a tener un momento como éste. Me niego a dejarlo pasar, me inclino hacia adelante y cierro los ojos.
– ¡Mikey-Mikey-muu! -grita mi padre a voz en cuello.
Me aparto, sobresaltado. Tranquila, y con mucha más seguridad, Nora hace lo mismo. Se echa para atrás y mira lentamente detrás de mí. La emoción se ha ido y aquí llega papá.
– ¡Tengo una sorpresa! -exclama a mi espalda.
– ¿De dónde lo ha sacado? -dice Nora con una sonrisa que estira sus mejillas. Se ha levantado al instante.
Al otro lado de la cerca de palos, mi padre trae en la mano una correa de cuero a la que está sujeto un precioso caballo color chocolate.
– Es precioso -dice Nora, colándose entre las barras horizontales de la cerca-. ¿Cómo se llama?
– ¿Ibas a besarlo, eh? -le pregunta mi padre con los ojos más abiertos incluso de lo habitual.
– ¿A quién? -pregunta Nora, señalándome-. ¿A él? -Mi padre dice que sí vigorosamente con la cabeza-. Ni pensarlo -termina Nora.
– Me parece que sois novio y novia -dice mi padre con una risita.
– Es usted muy listo.
– ¿Y a lo mejor vais a casaros?
– Eso no lo sé, pero tampoco diría…
– Nora -la interrumpo-. Él no…
– Tiene razón. -Se vuelve otra vez a mi padre y añade-: Ha criado usted un buen hijo, señor Garrick. Es el primer amigo de verdad que he tenido desde… desde hace mucho tiempo.
Pendiente de todas sus palabras, se lo ve como hipnotizado. De repente, empiezan a temblarle los labios. Esconde los pulgares en los puños. Ya sabía yo que pasaría esto. Antes incluso de que Nora lo vea, los ojos se le inundan de lágrimas y la frente se le arruga de rabia.
– ¿Qué es lo que pasa? -pregunta Nora, intrigada.
La voz de mi padre suena como una rabieta de niño pequeño.
– No me dejaréis ir a la boda, ¿verdad? -grita-. ¡Ni siquiera me lo diréis!
Ante la explosión, Nora se echa atrás pero, en cosa de segundos, extiende la mano hacia él.
– Por supuesto que…
– ¡No me mientas! -le grita, apartándole la mano de un golpe con el extremo de la correa; tiene la cara roja-. ¡Odio las mentiras! ¡No las soporto!
– No tiene usted que… -dice Nora dando otro paso hacia él.
– ¡Hago lo que quiero! ¡Puedo hacer lo que quiera! -chilla con las lágrimas rodándole por las mejillas. Y como un domador de leones, va soltando latigazos con la correa.
– ¡Papá! ¡No le pegues! -exclamo yo, corriendo hacia la valla. Nora no logra esquivarla aunque se echa atrás en el momento en que él golpea. Por la expresión de su cara noto que está desconcertada, pero sigue decidida a continuar. Cuenta en voz baja y calcula justo. Mi padre lanza otro latigazo, pero, antes de que recupere la correa, Nora se precipita hacia adelante. Justo cuando yo salto la valla, ella abre los brazos y lo sujeta. Él se debate para soltarse, pero ella lo abraza con fuerza.
– Shhh -sisea ella, frotándole suavemente la espalda.
Poco a poco, él deja de debatirse aunque su cuerpo sigue temblando.
– Cómo es…
– Está bien, todo está bien -continúa ella sin soltarlo-. Por supuesto que está invitado.
– ¿Seguro, seguro? -solloza.
Ella le levanta la barbilla y le limpia las lágrimas.
– ¿No es usted su padre? ¿No es usted quien lo hizo nacer?
– Sí -dice, orgulloso, mientras procura recuperar el aliento-. Yo lo hice.
Levanta los cinco dedos y se toca la punta de la nariz con el del medio. Recobra la confianza y vuelve a rodear a Nora con los brazos. Sigue sollozando, pero en sus ojos el brillo cuenta otra historia. Son lágrimas de alegría. Lo que quería era ser parte de todo. Que no lo dejaran fuera.
En un instante, todo se termina. Todavía en brazos de Nora, aprieta la cabeza contra el hombro de ella, se balancea adelante y atrás, adelante y atrás, adelante y atrás. Ya lo tiene todo controlado y, por primera vez, comprendo que ésa es su gran virtud. Identificarse con lo que falta. Eso es lo que conoce. Una vida a medio completar.
– ¿El caballo es suyo? -pregunta finalmente Nora, viendo que mi padre no ha soltado la correa del caballo chocolate.
– Ésta, ésta es Cometa -susurra él-. Pertenece a los de al lado… a la señora Holt. Laura Holt. También es buena.
– ¿Lo deja cuidar a Cometa'?
– Limpiarla, cepillarla, darle de comer -dice mi padre con la voz creciente por la situación-. Primero el peine, luego el cepillo, luego… Ése es mi trabajo. Yo tengo un trabajo.
– ¡Uau! ¡Un trabajo y un hijo! ¿Qué más se puede pedir?
Mi padre se encoge de hombros y aparta la mirada.
– Nada, ¿verdad?
– Eso es -dice Nora-. Nada de nada.
Mi coche sale del aparcamiento y va dando botes por el camino de tierra. Nora y yo llevamos una mano fuera de la ventanilla. Ambos las agitamos como saludando en un desfile en honor de mi padre, que se despide moviendo las manos frenéticamente.
– ¡Adiós, papá! -grita él con toda la fuerza de sus pulmones.
– ¡Adiós, hijo! -le respondo. Vio lo del intercambio de nombres en una película antigua y quedó prendado inmediatamente. Desde entonces, esto se ha convertido en la forma habitual de despedirnos.
Al volver a las sinuosas carreteras de Virginia, compruebo por el retrovisor que Harry y el Suburban marrón están en su sitio.
– ¿Quieres que intentemos despistarlo otra vez? -pregunta Nora, siguiendo mi mirada.
– Sería divertido -digo al entrar en la Ruta 54. A mi espalda, el sol comienza finalmente a asentarse en el cielo. No queda nada más que hacer sino preguntar-. Y qué, ¿qué piensas?
– ¿Qué quieres que piense? Es maravilloso, Michael. Igual que su hijo.
Ella no es muy de cumplidos, así que le tomo la palabra.
– ¿Entonces estás de acuerdo en todo?
– No te preocupes… no tienes de qué avergonzarte.
– No me avergüenzo. Sólo es…
– ¿Sólo es que qué?
– No me avergüenzo -repito.
– ¿A quién más le has hablado de él? ¿A Trey? ¿A Pam? ¿A alguien?
– Trey lo sabe, y le dije que podía contárselo a Pam, pero ella y yo nunca hemos hablado de ello entre nosotros.
– Ooooh, debió de haberse enfadado muchísimo cuando se enteró.
– ¿Qué te hace pensar eso?
– ¿Estás de broma? ¿El amor de su vida escondiéndole este tipo de cosas? Debes de haber destrozado su corazoncito.
– ¿El amor de su vida?
– Venga, monada, no hacen falta gafas de rayos X para verlo. Ya vi cómo te cogía la mano en el funeral. Se muere por echarte el lazo.
– Si ni siquiera la conoces.
– Déjame decirte algo: he conocido a cientos de chicas de pueblo como ella. Totalmente previsibles. Cuando entras en su dormitorio, ya tienen preparada la ropa del día siguiente.
– Lo primero de todo, que eso es completamente falso. Lo segundo, que ni siquiera me importa. Sólo somos amigos. Y buenos amigos, por cierto, así que no te metas con ella.
– Si sois tan buenos amigos, ¿por qué no le contaste lo de tu padre?
– Sencillamente, porque siempre lo hago así. Cada vez que saco el tema, la gente se pone muy poco natural y de repente tienen que demostrar que son personas muy sensibles. -Con la mirada fija en las líneas de la carretera, añado-: Es difícil de explicar, pero hay veces en que sólo quisieras dejarlo. O cogerlos por el cuello y gritarles: «Espabila, Barnum, esto no es un circo.» Quiero decir que sí, que es mi vida, pero que eso no significa que esté disponible para el consumo público. No sé si esto tiene sentido, pero…
Por el rabillo del ojo miro un momento a Nora. A veces resulto un cabrón bastante tonto. Había olvidado con quién estaba hablando. Y es Nora Hartson. Con sólo leer el USA Today, ya puedes saber por quién le pusieron el nombre, qué notas sacó en la universidad y que celebró su último cumpleaños subiendo al monte Rainier con los del Servicio Secreto. Se vuelve hacia mí y alza una ceja como diciendo en-este-tema-fíate-de-mí. Para Nora, tiene un perfecto sentido.