– ¿Por qué peligroso? -preguntó Nerón.
– Por nada -dijo Tiberio removiendo el fondo de su vaso.
– Sí -dijo Nerón.
– No es por nada -repitió Tiberio.
Pasó por detrás de Laura y puso las manos sobre sus hombros.
– Has de tener verdadero cuidado con ese tipo. Si puedes, intenta hacer que se siente y después evita sus ojos, incluso si no es fácil.
– No es la primera vez que lo veo -dijo Laura-. Se llama Richard Valence.
– ¿Ya te ha interrogado? ¿Ayer en la morgue?
– No. No estaba allí.
– Entonces, ¿esta mañana con los polis? ¿Has hablado con él hoy?
– No exactamente. Pero, sabes, cielo, en la época en la que hablé con él no era exactamente indomable. Sólo en determinados momentos. Fue hace veinte años. ¿Es gracioso, no?
– Mierda -dijo Tiberio.
Laura se rió a carcajadas y tendió su vaso. Se encontraba mejor.
– Sírveme otro, cielo. Y búscame algo de pan o cualquier otra cosa. Tengo hambre, ¿sabes?
Tiberio fue a buscar la botella, que había regresado, no se sabe cómo, a los brazos de Nerón. Claudio salió como una flecha a buscar algo para alimentar a Laura.
Comieron un momento en silencio, cada uno sobre sus rodillas.
– Lo conocí bien en otra época -retomó Laura-, pero no durante mucho tiempo.
– Me pregunto si eso cambiará algo. Creo que no cambiará nada.
– Puede que no.
Laura terminó lentamente su copa, Nerón había puesto música y Claudio daba cabezaditas.
– Está triste -dijo Laura en voz baja señalando a Claudio-. A causa de su padre está triste, terriblemente triste.
– Claro -dijo Tiberio-. Lo sé, tengo cuidado. ¿Y tú? ¿Estás triste por Henri?
– No lo sé. Debería decir que sí pero en el fondo ya no sé nada.
– Sin embargo, en este momento estás triste pero es por otra cosa. Todo el mundo está triste aquí, decididamente.
– Yo no -gruñó Nerón.
Laura besó a Claudio sin despertarlo y recogió su abrigo.
– Estás triste por otra cosa -insistió Tiberio sin alzar los ojos del suelo.
– Vuelvo al hotel -murmuró Laura-. Acompáñame un poco si quieres.
Nerón abrió los ojos y le tendió una mano blanda.
– Pasadlo bien ambos -dijo.
Laura y Tiberio descendieron la escalera en silencio. Tiberio se sentía incómodo. Esto no le ocurría con frecuencia en su presencia.
– Vestimos los dos de negro.
– Bien -dijo Laura.
Caminaba lentamente y Tiberio la cogía por el hombro.
– Te voy a contar lo de Richard Valence.
– Bien -dijo Tiberio.
– Es una historia bastante tonta.
– Sí.
– Lo cual no impide que pueda ser triste.
– Es verdad. ¿Acaso estás brutalmente triste a pesar de que no tenías la intención de estarlo pero, con todo, no puedes hacer otra cosa?
– Es eso. No es verdadera tristeza, es sólo como un movimiento de hombros doloroso, ¿me entiendes?
– Cuéntame esa historia triste.
– Conocí a Richard Valence durante una estancia en París, antes de conocer a Henri. ¿Cómo te lo puedo decir sin que resulte demasiado tonto?
– No tiene importancia. Dímelo normalmente, como fue.
– Tienes razón. Yo sólo lo quería a él y él sólo me quería a mí. Un amor prodigioso. Un privilegio. Eso es todo. ¿Qué otra cosa se puede decir?
– Verdaderamente es una historia bastante tonta. ¿Por qué te dejó?
– ¿Cómo sabes que fue él quien me dejó?
Tiberio se encogió de hombros.
– De todas formas, tienes razón, fue él quien me dejó después de algunos meses. No se supo muy bien por qué. Se fue, eso es todo. Hay que reconocer que cuando estábamos juntos la vida era bastante agotadora.
– Puedo imaginármelo. ¿Qué hiciste cuando se fue?
– Me parece que aullé. Fin del privilegio. Fin del prodigio. Me parece también que pensé en él durante años. Me parece.
– Pero te casaste con Henri.
– No tiene nada que ver. Por otro lado, después no pensé más en él, pasó todo. Pero de todas formas cuando me lo crucé esta noche…
– Te conmovió. Es normal. Pasará.
– Ya está pasando.
– Ya verás cómo es. O mal no me equivoco o ese tipo no respetará a nadie y, quizás, ni siquiera a ti, Laura. Es también la impresión de Lorenzo: Lorenzo está preocupado por Gabriella. Me ha llamado, teme que haya problemas. Y tiene razón porque existe todavía algo que no te he dicho: Gabriella estuvo en la plaza Farnesio aquella noche sin advertir a nadie.
– ¿Tienes una explicación?
– No.
Terminaron el camino en silencio.
Ella se volvió para despedirse ante la puerta del hotel pero titubeó. Tiberio había cambiado de expresión, había apretado los ojos y los labios y miraba a algún lugar invisible para ella.
– Tiberio -murmuró-, no gesticules así, te lo ruego. Cuando haces eso, me haces pensar en el verdadero Tiberio. ¿Qué te pasa? ¿Qué ves?
– ¿Has conocido al verdadero Tiberio? ¿Al emperador Tiberio?
Laura no respondió. Estaba inquieta.
– Claro que sí -dijo Tiberio, poniendo sus manos sobre la cara de Laura-. Yo lo conocí muy bien. Era un emperador extraño, un adoptado de quien nadie ha sabido muy bien qué decir. Lo llaman Tiberio, pero su nombre verdadero es Tiberius Claudius Nero, Tiberio-Claudio-Nerón… Nuestros tres nombres en uno solo, el mío, ¿no lo encuentras curioso? Tiberio veía cosas, veía complots, conspiraciones, veía el mal. Y yo también, a veces, veo el mal. En este momento, Laura, veo algo terrible, junto a ti, a ti que eres tan hermosa.
– Deja de hablar de esa manera, Tiberio. Te exaltas, estás cansado.
– Me voy a dormir. Dame un beso.
– No pienses más en la familia imperial. Vais a volveros todos locos con eso. ¿No crees que tenemos suficientes problemas? Tú no has conocido nunca al emperador; que lo sepas, Tiberio.
– Lo sé -dijo Tiberio sonriendo.
Al volver a casa, Tiberio despertó a Claudio que no se había movido de su silla. Sin embargo, Nerón y la botella habían desaparecido.
– Claudio -dijo en voz baja-, vete a la cama, estarás mejor. Claudio, ¿sabes que en realidad nunca he conocido al emperador?
– No te creo -dijo Claudio sin abrir los ojos.
XIX
Richard Valence se quedó encerrado cuatro días en su habitación de hotel. Regularmente, el inspector Ruggieri le telefoneaba y Valence decía que estaba trabajando y le colgaba.
Lorenzo Vitelli intentó ir a verlo dos veces en la mañana del viernes. «Tengo cosas de la mayor importancia que confiarle», le dijo desde la centralita del hotel. «Es imposible», respondió simplemente Valence.
El obispo pensó que Valence era decididamente odioso y, a pesar de la curiosidad que le inspiraba aquel hombre, empezó a sentirse harto.
– Es un salvaje -comentó el botones cuando Vitelli colgó el teléfono-. ¿Tampoco quiere recibir siquiera a monseñor?
Vitelli jugueteaba con los dedos sobre el mostrador. No sabía si dejarle un recado a Valence.
– Desde el martes -continuó el chico- pide que le suban los platos, no sale de su habitación. Bueno sí, una vez al día da la vuelta a la manzana y vuelve. Isabella, la camarera, ha llegado a tenerle miedo. Ya ni se atreve a abrir la ventana para ventilar la habitación llena de humo. Parece que, cuando ella entra, él ni siquiera alza la cabeza, ella no ve más que sus cabellos negros y dice que recuerda a un animal peligroso. Creo que es un tipo importante del gobierno francés. Quizás lo sea. Pero, a los franceses como éste, pueden quedárselos. Isabella ya no quiere volver, tiene miedo de encontrarse en una situación desagradable, pero sigue yendo de todas formas. Eso es porque le gusta cumplir con su trabajo.