– ¿Registraste el despacho de tu marido y encontraste los informes de Martelet?
– Sí, Richard.
– ¿Te sentiste vigilada en tu último viaje a Roma?
– Sí, Richard.
– A pesar de todo fuiste a reunirte con el Doríforo y su tropa.
– No descubrí a Martelet hasta el día siguiente, cuando fui a ver a Gabriella.
– ¿Qué pensaste cuando descubriste esos informes? ¿Qué pensaste al descubrir el proyecto de Henri de venir a Roma?
– Pensé que estaba jodida y que Henri era un jodido pesado.
– El sábado te fuiste a tu casa de campo al lado del aeropuerto.
– Es una casa muy conciliadora.
– Programaste la luz y hacia las seis de la tarde te largaste. Volviste a última hora de la mañana, te acostaste y llamaste a la casera para que te trajese el desayuno. Eso es lo que se llama proveerse de una coartada falsa.
– Simplemente proveerse de una coartada, querido. La justicia no perdona.
– Después regresaste a Roma. Has identificado valientemente el cuerpo, previniste a tus amiguitos para que estuviesen tranquilos y esperaste a que la protección gubernamental sumiese el caso en el olvido.
– Como quieras, querido. Escribe lo que te apetezca, escribe eso si es lo que te gusta.
– Estás borracha, Laura.
– Todavía no. Te he dicho que te advertiría cuando lo estuviese. No seas impaciente, es algo que lleva su tiempo, sobre todo cuando uno tiene mi resistencia.
– De acuerdo -dijo Valence doblando sus notas-. Creo que no nos falta nada.
– Sí, mi cabeza en la cesta.
– Ya no se ejecuta. Lo sabes perfectamente.
– Es encantador que digas eso, Richard. ¿Has rellenado todos esos papeles sobre mí? Te has ocupado mucho de mí en estos últimos días. Me conmueve. Es un informe precioso. Ahora dámelo.
– Déjalo, Laura.
– Hay un punto sobre el cual no me has interrogado. Se trata de la cicuta.
– ¿Y bien?
– ¿Cuándo he podido fabricarla? ¿Dónde? No es por nada pero resulta esencial. Has descuidado ese asunto de la cicuta.
Valence, descontento, volvió a abrir el dossier.
– ¿Qué importancia tiene eso?
– Todos los detalles cuentan, Richard. Debes conseguir que esa acusación resulte sólida como el hormigón.
– Muy bien. ¿De dónde has sacado la cicuta?
– Del florista, supongo. No crece ni en París ni en mi aldea. Vamos, que nunca la he visto. Es una umbelífera, es lo único que sé.
Valence se encogió de hombros.
– ¿Dónde la has preparado?
– En el baño del avión, sobre un pequeño hornillo.
– ¿Dónde la has preparado, Laura? ¿En tu casa?
– No. Mientras hacía la cola en el aeropuerto. Pedí un bol y un mortero a la azafata. Es fácil de conseguir.
– ¿Tratas de ponerme nervioso?
– Claro que no, trato de ayudarte desesperadamente. Intento con todas mi fuerzas discurrir dónde habría podido encontrar y preparar esa mierda de cicuta. El problema es que no estoy segura de diferenciar la cicuta del perifollo. ¿Henri no murió de una indigestión de perifollo?
– Esta vez estás borracha -dijo Richard cerrando violentamente su dossier.
– Esta vez es posible. Lo cual no quita que esa mierda de cicuta sea bastante molesta, ¿no te parece?
– No.
Laura se alzó y tomó el dossier. Lo hojeó con un gesto impreciso, reteniendo con una mano los cabellos que le impedían leer. Con un suspiro, separó los dedos y dejó caer las hojas al suelo.
– Qué tontería, Richard -dijo-. Todas esas líneas, una detrás de otra, es siniestro. Entonces, ¿es que no entiendes nada?, ¿no te das cuenta de nada?
Ahora llegaban las lágrimas. Eso es típico de las mujeres, pensó ella fugazmente. Apretó la base de su nariz con los dedos para retenerlas.
– ¿No entiendes nada entonces?, ¿todos esos horrores? ¿Ese avión, ida y vuelta en una noche? ¿La cicuta? ¿El asesinato asqueroso por una historia de dinero? ¿No ves nada entonces?
Las lágrimas le impedían hablar normalmente. Tuvo que gritar:
– ¿Qué me has cargado sobre los hombros, hijo de puta? ¿Me has endosado un cargamento de sangre y quieres que lo transporte hasta los pies del tribunal? ¿Pero no entiendes entonces que yo no he tocado a Henri? ¿Que yo nunca he tocado a nadie? Gabriella escondida, la maleta de las maravillas, eso sí, todo eso, ¡todo lo que quieras! ¡Pero la cicuta no, Richard, la cicuta no! No eres más que un cabrón de mierda, Richard. El sábado por la noche programé las lámparas, sí, y no volví a casa en toda la noche. Pero no estaba en Roma, Richard, ¡no estaba en Roma! Tuve que avisar a los socios, puesto que Henri estaba a punto de destripar nuestra organización. Me pasé toda la noche dando vueltas para decirles que desapareciesen. No volví hasta la mañana. Después me llamaron desde allí para decirme que habían matado a Henri. Pero ¿no te das cuenta de que soy incapaz de encontrar cicuta en un campo de rábanos? ¡Me la suda la cicuta!, ¡me la suda!
Laura buscó una butaca y se dejó caer hundiendo su rostro entre sus brazos. Richard Valence recogía las hojas esparcidas por el suelo.
– ¿Me crees? -preguntó ella.
– No.
Laura volvió a alzar la cabeza, se enjugó los ojos.
– Muy bien, Richard. Recoge limpiamente tu «Caso Valhubert». Ordénalo bien y envíaselo a los polis. Y después, vete, ¡pero vete, Dios santo, vete!
Se levantó. La opresión le impedía caminar derecha. Buscó la puerta.
– ¿Vas a llevar eso a tu poli de mierda mañana por la mañana?
– Sí -dijo Valence.
– Cuando te largaste hace veinte años, aullé. Durante años me concentré para no perder tu imagen. Y cuando me crucé contigo la otra noche, me sentí conmovida. Ahora deseo que entregues esa mierda de dossier, deseo que te vayas y deseo que la vida te haga morir de aburrimiento.
Valence la siguió con los ojos mientras ella recorría el pasillo hasta la escalera y tropezaba con el primer escalón. Sonrió y cerró la puerta, esta vez dando dos vueltas a la llave. Siempre le había gustado Laura cuando estaba borracha. La borrachera exageraba la dejadez titubeante de sus movimientos. Incluso estando sobria, a veces daba la impresión de estar ligeramente achispada. Tendría que haberse ofrecido a acompañarla pero ella hubiese rehusado y además ni se le había ocurrido.
No lamentaba aquella confrontación con Laura. La había admirado largamente durante una hora, sin obstáculos, como un espectador contemplativo de actitudes cuya singularidad había olvidado completamente, espectador del arco del perfil, que se había contraído con tanta perfección cuando ella se puso a llorar, espectador de los gestos incompletos con los que rozaba todas las cosas. Respetaba mucho el coraje tan natural con el cual Laura aún sabía, quizás mejor que antes, desafiar, llorar, insultar y finalmente irse, magníficamente destrozada. La seducción de esta alternancia entre desprecio y abandono se conservaba intacta desde hacía veinte años. Antes se hubiese sentido trastornado. Ahora sólo tenía un fuerte dolor de cabeza. Se volvió a acostar completamente vestido.
XXIV
Era muy tarde, casi la hora del almuerzo, cuando Valence se presentó al día siguiente en el despacho de Ruggieri. Se había despertado sobresaltado y había hecho lo posible por desarrugar su traje. Hacía mucho tiempo que no salía con un aspecto tan descuidado. Sus horas de sueño habían resultado difíciles tras la partida de Laura y no le habían procurado ningún descanso. Tenía una barra pesada sobre los ojos.
Ruggieri no estaba allí. Valence taconeó en el pasillo. No podría estar en Milán aquella noche si no encontraba a Ruggieri. Ninguno de los colaboradores que habían permanecido en el despacho pudo facilitarle información alguna. Que volviese más tarde.
Valence se deslomó caminando durante dos horas por las calles de Roma. En aquel momento, la imagen del tren que lo sacaría de Roma se había convertido en una obsesión. Pasó por la estación central para pedir los horarios. Los horarios en el bolsillo lo acercaban materialmente al momento de la partida. Tenía la impresión de que no se encontraría a salvo hasta que estuviese en el tren, que su dolor de cabeza desaparecería una vez dentro, que si se demoraba demasiado, algo desagradable ocurriría. Se detuvo ante un escaparate y contempló su imagen. No se había afeitado aquella mañana y la barba le daba aspecto de fugitivo. Tuvo por un momento la penosa impresión, la misma de la noche anterior cuando tuvo que apoyarse contra una pared, de que su fuerza lo abandonaba por momentos. Compró una maquinilla de afeitar, buscó un café y se afeitó en el baño. Repeinó con sus dedos los cabellos desordenados por el sudor del sueño en la habitación calurosa. Roma, si uno no presta atención, nos atrapa en su sucia humedad, mucho antes de lo que uno se imagina. Se enjugó los brazos y el torso con agua, volvió a abrocharse la camisa húmeda y se sintió mejor para encontrarse con Ruggieri. Si aquel imbécil había regresado a la oficina. Apenas faltaban seis horas para la salida del tren.