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– ¡Mi dinero y mis joyas están en el sótano!

Siguieron adelante lentamente entre los edificios incendiados, con la garganta reseca por el calor y el humo. Costaba tener abiertos los ojos, enrojecidos por la humareda.

Al anochecer llegaron a los suburbios de la ciudad, y se echaron al suelo a dormir, a pesar de que llovía, de que luego comenzó a nevar. Pero los proyectiles de la artillería empezaron a caer de nuevo, y todos se encaminaron a una casa semidestrozada que ya estaba atestada de fugitivos. Se hallaban a salvo, aunque sólo momentáneamente, pues los rusos encontraron la casa y por todas las habitaciones repercutieron sus gritos:

– Frau komm!

Las mujeres, incluso la anciana frau Mietke, de sesenta y siete años de edad, fueron arrastradas a algunas habitaciones, donde las violaron y les mordieron salvajemente los pechos, entre el estampido de las granadas al estallar y de las ametralladoras. Esta vez frau Seidler consiguió escapar ocultándose en una cuna de niño y cubriéndose con libros y cascotes. Un ruso la descubrió y le preguntó si estaba enferma. Ella asintió y el hombre se fue, con lo que la mujer decidió seguir empleando el mismo subterfugio.

2

La situación en el Este, que empeoraba por momentos, estaba dando lugar a que lo hiciesen igualmente las relaciones entre Hitler y su comandante en dicho frente. Mientras Guderian y el comandante Freytag von Loringhoven se dirigían en automóvil desde Zossen a Berlín, en la mañana del 28 de marzo, el ayudante pensaba que la entrevista de aquel día resultaría tormentosa, pues era evidente que Guderian había llegado al límite de su tolerancia. Pensó Von Loringhoven lo lamentable que era que uno de los mejores comandantes de campo de Alemania desperdiciase su tiempo y su talento en una sala de conferencias, discutiendo nimiedades con el Führer.

– ¡Hoy voy a decírselo! -manifestó Guderian.

Lo que más le dolía eran los doscientos mil soldados alemanes que sin necesidad alguna se hallaban atrapados a centenares de kilómetros por detrás de las líneas rusas, en Curlandia.

El automóvil atravesaba en esos momentos las calles llenas de escombros de Berlín, pasando ante innumerables edificios que humeaban y cuyos muros se hallaban semiderruidos, y dejando atrás a grupos de habitantes que rebuscaban para ver si hallaban algunos restos de alimentos.

Se apearon en las proximidades de la Cancillería destruida también en parte, y poco después avanzaron a lo largo de los interminables pasillos. Por fin, un centinela les acompañó escaleras abajo, hasta una puerta con refuerzos de acero ante la cual montaban guardia dos miembros de las SS. Era la entrada de la nueva morada de Hitler: el bunker situado debajo del jardín de la Cancillería.

Bajaron otras escaleras, hasta alcanzar un estrecho corredor cuyo suelo se hallaba cubierto por treinta centímetros de agua. Cruzaron haciendo equilibrio sobre unos tablones, y llegados ante una puerta ascendieron unos pocos escalones hasta el nivel superior del bunker. El vestíbulo central de éste, que también servía de comedor, daba paso a una docena de habitaciones pequeñas.

Guderian y su ayudante cruzaron el vestíbulo y descendieron una vez más por una escalera de contorno semicircular, al final de la cual se hallaban los aposentos del Führer. Había dieciocho estancias además de un vestíbulo de entrada que se dividía en dos partes: sala de espera y salón de conferencias. En otro pequeño vestíbulo adyacente se abría una salida de escape cuyos escalones de hormigón conducían el jardín de la Cancillería. A la izquierda del salón de conferencias había una habitación de mapas, la sala de los guardespaldas del Führer, y seis habitaciones privadas que utilizaban Hitler y Eva Braun. A la derecha se hallaban las habitaciones de los doctores Theodor Morell y Ludwig Stumpfeggei (éste había sustituido al doctor Karl Brandt como cirujano del Führer), así como una sala de primeros auxilios. El bunker estaba protegido por un techo reforzado, de cuatro metros de espesor, encima del cual habían diez metros de hormigón. Esta sería la tumba de Hitler, o bien el bastión de su victoria.

Los dos oficiales fueron registrados por otros centinelas, y se les admitió al fin en la sala de conferencias, ya llena de importantes personajes. El aire estaba viciado a pesar del sistema de ventilación, cuyo monótono zumbido se difundía por todas las estancias del bunker.

Poco después se presentó Hitler con paso cansino, y la conferencia del mediodía se inició con un informe del general Busse dando cuenta de sus infructuosos esfuerzos para salvar la situación en Küstrin. Cuando Busse trató de explicar la razón de que hubiesen fracasado los tres contraataques, Hitler contestó ásperamente:

– ¡Yo soy el comandante! ¡La responsabilidad de las órdenes sólo me concierne a mí!

Esta destemplada interrupción no desconcertó a Busse, el cual ya había asistido a numerosas conferencias, junto con Von Manstein, y estaba acostumbrado a las intemperancias del Führer. Pero Guderian parecía tener menos dominio de sí mismo y dijo:

– Permítame que le interrumpa ahora a usted. Ayer le expliqué detalladamente, tanto de palabra como por escrito, que el general Busse no tenía nada que reprocharse por el fracaso del ataque a Küstrin.

Guderian parecía contener su furia en cada palabra que emitía. Luego elevó la voz y su actitud se volvió violenta.

– El Noveno Ejército empleó las municiones que le suministraron -exclamó-. Las tropas cumplieron con su deber, lo que puede comprobarse por el elevado número de bajas. ¡Por consiguiente, le pido que no acuse al general Busse!

Ante aquel ataque directo, Hitler se puso de pie con actitud amenazadora. Guderian no se dejó intimidar, a pesar de ello, y trajo a colación el tema que él y Hitler habían discutido en las últimas semanas.

– ¿Va a evacuar el Führer el ejército de Curlandia?-preguntó acusadoramente.

– ¡Jamás! -contestó Hitler, agitando su brazo derecho.

El rostro del Führer se tornó intensamente pálido, en tanto que el de Guderian enrojecía de ira. El general August Winter, delegado de Jodl, retuvo a Guderian por las ropas, mientras Burgdorf procuraba de Hitler que volviese a tomar asiento en su sillón.

Tanto Winter como Jodl trataron de apartar a Guderian de Hitler y de aplacar su furia, pero el general seguía gritando al Führer en voz alta, perdido el dominio de sí mismo. Freytag von Loringhoven temió que Guderian fuese arrestado, por lo que corrió a la antecámara y llamó al jefe del Estado Mayor General. Rápidamente explicó al general Krebs lo que estaba sucediendo, y le pidió que retuviera la comunicación. Luego volvió al salón de conferencias y dijo a Guderian que le llamaban con urgencia al teléfono. Durante los veinte minutos siguientes, Krebs habló con Guderian, y cuando éste regresó a donde se hallaban los demás, ya había vuelto a recuperar la serenidad.

Hitler estaba sentado en su sillón, con una expresión torva en el rostro, y aunque le temblaban las manos, también parecía haberse tranquilizado algo.

– Debo pedir a todos los caballeros presentes que abandonen la estancia -dijo serenamente-, a excepción del feldmarschall y el generaloberst.

Cuando Von Keitel, Guderian y Hitler estuvieron a solas, este último manifestó:

– General Guderian, el estado de su salud exige que se tome inmediatamente un permiso de seis semanas.

Guderian extendió el brazo y saludó rígidamente.

– Me iré -contestó, haciendo ademán de salir.

– Tenga la bondad de permanecer aquí hasta el fin de la conferencia -dijo Hitler secamente.

Guderian tomó asiento, y la reunión prosiguió como si nada hubiera sucedido. Después de varias horas, que parecieron interminables a Guderian, la entrevista concluyó. Pero el general aún no estaba libre. El Führer le dijo una vez más que se quedase.