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– Pero no es mucho lo que me ha quedado del Noveno Ejército -declaró-. Esto es un rudo golpe para mí.

– Y para mí también -contestó Hitler, sarcásticamente.

– Los rusos están a punto de atacar -protestó Heinrici-. ¿Qué refuerzos puedo esperar?

El Führer pareció algo desconcertado, y después de unos momentos manifestó:

– ¿No le han dicho que van a reforzarle numerosas tropas procedentes de Prusia Oriental, así como fuertes columnas de tanques pesados?

– Eso no es del todo seguro -declaró Krebs, manifiestamente inquieto-. Esas columnas también van para el general Schoerner.

– No comprendo nada de esto -exclamó Heinrici-. No sé lo que ocurre en la zona de Schoerner.

Hitler no pareció mostrarse muy preocupado, y con certidumbre que asombró a Heinrici contestó:

– El ataque principal del enemigo no tendrá lugar sobre Berlín, que sólo va a ser objeto de ofensivas secundarias. El empuje principal será sobre Praga.

La confianza de Hitler se debía a un informe del general Reinohld Gehlen, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército, cuyos agentes secretos descubrieron que Stalin había ordenado lanzar el principal ataque soviético contra Praga, debido sobre todo a que Bismark dijo en una ocasión que el que ocupase Praga dominaría el centro de Europa.

Los agentes de Gehlen tenían razón. Lo que ignoraban era que la orden de Stalin encontró una violenta oposición por parte de Zhukov y otros dirigentes militares, que insistían en hacer de Berlín el blanco principal, puesto que Hitler se hallaba allí.

Así, pues, pese a Bismarck y Stalin, el Ejército Rojo estaba preparando su ofensiva más poderosa contra Heinrici.

Este afirmó que tenía la seguridad de que los rusos atacarían Berlín, y comenzó a hablar de la división aerotransportada de Goering, que había sido situada en la línea que defendía a Berlín.

– Son soldados jóvenes y bien armados -manifestó-. En realidad, excesivamente armados, en tanto que la infantería que está a su lado tiene falta de armas.

Goering sonrió vanidosamente, como si le hubieran hecho un elogio personal.

– Pero esos soldados -prosiguió diciendo Heinrici- carecen de experiencia. La mayoría son reclutas con sólo dos semanas de instrucción, y les dirigen pilotos.

– ¡Mis soldados son excelentes! -estalló Goering.

– Nada digo contra sus hombres, sino que carecen de experiencia en el combate -contestó Heinrici.

Luego se dirigió a Hitler diciendo que el Grupo de Ejército Vístula iba a ser atacado también por el Norte. Hitler afirmó que aquello era imposible, ya que la zona ocupada por el Tercer Ejército Panzer de Manteuffel se hallaba inundada por completo. Heinrici hizo caso omiso de la observación del Führer, e insistió en la necesidad de disponer de más hombres para defender su prolongado frente. Declaró que una división pierde cuando menos un batallón, en un día de combate.

– ¿De dónde voy a sacar quien los reemplace?-inquirió-. ¡Necesito al menos cien mil hombres!

Se produjo un largo silencio. De pronto Goering se puso de pie y manifestó:

– Mi Führer, puedo proporcionar cien mil soldados de la Aviación.

Doenitz declaró a su vez:

– Yo puedo dar doscientos cincuenta mil hombres de las dotaciones de mis buques.

– ¡Y yo aportaré quince mil hombres! -exclamó lleno de entusiasmo Himmler, que no podía quedarse atrás.

– ¡Ahí tiene a su gente! -afirmó Hitler, dirigiéndose a Heinrici.

Este reconoció que todo aquello era admirable, pero que no podía hacer guerra con «gente», sino que necesitaba divisiones organizadas.

Animado aún por los espontáneos ofrecimientos de tropas, Hitler dijo a Heinrici que utilizase los cien mil soldados de reserva en la segunda línea de defensa.

– Se encargarán de aniquilar a los rusos que irrumpan por las brechas.

Heinrici comenzó a decir que el empleo de tropas inexpertas sólo conduciría a una matanza, pero alguien se inclinó hacia él y le dijo en voz baja:

– Deje ya de lamentarse. Hemos perdido dos horas, hasta el momento.

Pero Heinrici no parecía dispuesto a callarse. Dijo haber inspeccionado las tropas que bordeaban el Oder, observando que la mayoría no tenían experiencia en el combate.

– Por consiguiente, no puedo garantizar que resistan el inminente ataque de los rusos. Y la falta de reservas adecuadas disminuye también considerablemente mis posibilidades de detener la ofensiva soviética.

– Ya tiene usted sus cien mil hombres -aseguró Hitler, reposadamente-. Por lo que se refiere a mantener las líneas, es cosa suya el fortalecer el ánimo de las tropas y darles confianza. Con ello se ganará la batalla.

El Führer parecía hallarse satisfecho, cuando Heinrici se marchó a las cinco de la tarde.

Pero el comandante del Grupo de Ejército Vístula, por su parte, se encontraba profundamente disgustado. Había perdido tres divisiones, y a cambio de ello recibía sólo seis batallones y cien mil hombres de escasa utilidad. Además, Francfort aún seguía bajo la orden que la declaraba un reducto a defender hasta el último hombre.

Dos días más tarde Biehler llegó extenuado al bunker de Hitler, para informar acerca del Festung de Francfort, y mientras esperaba en la antesala se quedó dormido. Cuando al fin le condujeron al salón de conferencias, declaró que podía mantener todas sus posiciones, pero que sus vecinos de la orilla del Oder eran débiles, con lo que los rusos no tardarían en irrumpir a través de ellos.

– Entonces me será imposible seguir resistiendo en Francfort. Sugirió una retirada simultánea de todas sus tropas al otro lado del Oder, así como el fortalecimiento de los flancos en la orilla oeste del río.

– Debe usted fortalecer sus flancos, como desea -manifestó Hitler, con voz suave-. Y también debe procurar hacer lo mismo en la retaguardia. Pero la cabeza de puente seguirá estando en Francfort, y el Oder continuará siendo Festung. Esto es una orden directa.

El Führer miró a Biehler, para que le diera su confirmación, pero éste no sabía bien lo que debía contestarle. Comenzó a decir «Sí…», y Hitler le interrumpió, declarando:

– Biehler ha dicho que sí.

– No, mi Führer -replicó de pronto.

Los que estaban a su lado le miraron espantados. Hitler se puso de pie lleno de cólera y señaló hacia la puerta, al tiempo que gritaba:

– ¡Salga de aquí!

Biehler recogió sus mapas y demás papeles, y salió de la estancia. Mientras se dirigía hacia la salida del jardín, Krebs corrió tras él y le dijo:

– ¡Le han destituido! Vaya a ver al general Busse. El le informará de lo que va a ser de usted.

El hombre que había luchado tan denodadamente en Francfort, no podía dar crédito a lo que oía. Aquello no era posible. Haciendo caso omiso de la orden de Krebs, Biehler se encaminó hacia el cuartel general de Zossen para recibir órdenes. Sin duda todos se habían trastornado momentáneamente en el bunker. Pero a Zossen había llegado antes que Biehler la noticia de su caída en desgracia, y los oficiales le eludieron, cuando le vieron entrar. Hasta su viejo amigo, el general Dethleffsen, le dijo:

– Será conveniente que cuides de tu propia seguridad.

Aún desconcertado, Biehler se dirigió hacia el frente, y desesperado al no hallar apoyo de nadie, llamó por teléfono a Heinrici, directamente.

– Biehler -le contestó Heinrici, sin vacilar-. Puede estar seguro de que todo saldrá bien.

Esas eran las primeras palabras positivas que oía Biehler en todo el día. Apenas si pudo creer lo que Heinrici le dijo a continuación:

– Vuelva a Francfort y asuma el mando.

Heinrici sabía más sobre la situación de lo que Biehler creía. Unos momentos antes Burgdorf había llamado a Heinrici para leerle un sarcástico mensaje de Hitler, que decía: «Biehler no es un Gneisenau.» Luego Burgdorf dijo a Henrici que Biehler había sido destituido.