– ¿Dónde está el comandante Szokoll?
– Está en su casa… le dolía el estómago -contestó Ratschke. El edificio quedó cercado totalmente por los alemanes, pero dos secretarias pudieron llamar por teléfono a Szokoll y a otros jefes del grupo «O-5», informándoles de los inesperados acontecimientos.
Szokoll pensó que nada podía haber salido peor: Biedermann había sido capturado; Von Bünau se hallaba a salvo en su puesto de mando; se había perdido el edificio del Distrito XVII con sus armas, y estaban arrestados importantes componentes de su movimiento clandestino. Con ello, resultaba imposible llevar a cabo la fase militar del levantamiento.
Pero aún quedaba una esperanza. Cuando los conspiradores civiles se enteraron de aquella serie de desastres, no perdieron la cabeza. Sus centros de reunión y los núcleos de combate no habían sido descubiertos, y los dirigentes aseguraron a Szokoll que cumplirían con el cometido que les había sido asignado. A las unidades armadas del grupo «O-5» se unieron los soldados austríacos desertores del ejército alemán, los cuales habían permanecido escondidos durante varias semanas en los parques de la capital. Al concluir el día, la rebelión adquiría renovados bríos.
El mando alemán no llegaba a vislumbrar el alcance de la rebelión, y las detenciones provocaban una inquietud general. ¿Podía confiarse en alguna unidad austríaca? Esta preocupación quedó relegada a un segundo plano cuando llegó otra noticia aún más alarmante: ¡Los rusos estaban atacando a Viena desde la retaguardia!
Se ordenó el envío de contingentes de tropas hacia el oeste de la ciudad, pero ya era demasiado tarde: los tanques del Ejército Rojo ya avanzaban a través de los jardines de Grinzing y de otros puntos claves de las afueras, en el noroeste de Viena. Hasta el momento, los rusos no se habían encontrado con tropas alemanas, y las dotaciones de los tanques avanzaban despreocupadamente, con las escotillas abiertas. Los hombres del grupo «O-5» trataron de conducirlos hasta el centro de la ciudad, pero los soviéticos no confiaban excesivamente, y se mantuvieron en las afueras.
Por toda la ciudad los habitantes comenzaban a salir de sus sótanos y bodegas, para colocar sábanas y fundas de almohadas en las ventanas y puertas de sus domicilios. Cuando algunos soldados alemanes trataron de hacerse fuertes en las casas, algunos propietarios se opusieron resueltamente. Grupos 'de mujeres gritaban a los alemanes que se marcharan a su país, y los soldados austríacos que desertaban, se ocultaban en domicilios particulares, donde les proporcionaban ropas civiles. Millares de trabajadores forzados vagaban por las calles en busca de armas. Polacos, ucranianos, checos, servios, griegos, franceses y belgas regateaban con los civiles para conseguir cualquier arma, fuera blanca o de fuego, ofreciéndoles a cambio hasta sus vestimentas. Todos querían ajustar las cuentas a sus antiguos amos. Los rumores de la rebelión se extendieron hasta el frente, y hasta los mismos alemanes comenzaron a desertar. Cuando Dietrich se enteró de que las tropas de Tolbukhin habían pasado a través de sus líneas y casi habían cercado a Viena, se dio cuenta de que no podría resistir más. Amaba la vieja ciudad y no quería verla convertida en un campo de batalla donde no había esperanzas. Desoyendo la orden de vender caro cada palmo de la población, Dietrich mandó a sus tropas que se retirasen más allá de la misma, para formar otra línea de defensa algo más lejos.
Al anochecer las tropas rusas afluían hacia Viena desde el Este casi sin oposición alguna, en tanto que los componentes del grupo «O-5» circulaban por las calles disparando contra todo aquel que llevaba uniforme alemán. Aquella noche, el jefe de Estado Mayor de Dietrich informó al Grupo de Ejército Sur: «Los disparos han comenzado en el interior de Viena, pero proceden de los austríacos contra nuestras fuerzas, y no de los rusos.»
El éxodo aumentó cuando los bomberos, los guardias antiaéreos y hasta los policías, se unieron a la desordenada muchedumbre que huía de la ciudad.
Al día siguiente, 7 de abril, el cuartel general militar y civil del grupo «O-5» se trasladó al palacio de Auersperg, propiedad de la princesa Agatha Croy, la cual pertenecía asimismo al movimiento de resistencia. Desde allí, Szokoll y los jefes civiles continuaron dirigiendo el alzamiento, que había adquirido tales proporciones que el general Von Bünau llegó a telegrafiar lo siguiente al Führer:
«La población civil, izando banderas rojas y blancas, dirige contra nuestras tropas un fuego aún más intenso que el del enemigo.»
Berlín le contestó de este modo:
«Proceda contra los rebeldes de Viena con los medios más brutales a su alcance. Hitler.»
Entrada ya la noche, las avanzadas soviéticas del grueso del ejército se aproximaban a Viena, en la cual habían estallado numerosos incendios. Las pocas brigadas de bomberos que aún quedaban en la ciudad, corrían de distrito en distrito tratando en vano de apagar las llamas.
El domingo 8 de abril, los soldados de Tolbukhin, que habían sufrido retrasos por dificultades en el suministro, se internaron aún más en los suburbios de la capital, donde casi no hallaron resistencia. Los socialistas de la zona convencieron a la mayoría de los defensores y les hicieron entregar las armas y quitarse el uniforme. En un solo distrito los habitantes ayudaron a los soldados alemanes a convertirse en «civiles austríacos», despojándoles del uniforme y ocultándoles en buhardillas y sótanos. Los primeros rusos entraron dentro del casco urbano hacia el mediodía. Sus disparos fueron escuchados por Paula SchmuckVachter, que se ocultaba con su hijo de seis años y su madre en el sótano de la casa. Al oír airadas voces arriba, creyó que todos iban a morir. Para calmarse se puso a leer Fausto, de Goethe. Una de las partes la repitió varias veces:
«…Todo parece como un sueño angustioso
donde reina la confusión sobre el desorden,
y la falta de ley es la ley,
creando un mundo de errores interminables.»
La madre de Paula escondió a ésta y a su hijo en la carbonera, y murmuró:
– «Nacerán más niños y la vida proseguirá.»
Sin embargo, los rusos no justificaron el miedo que se les tenía. Se mostraron corteses e incluso cariñosos con los niños. Pusieron de manifiesto gran interés por todo objeto mecánico que desconocían, y algunos gozaban tirando de la cadena de los inodoros, que no habían visto hasta aquel momento. Otros tomaron el inodoro por una fresquera con agua y colocaban los alimentos dentro del artefacto. Hubo algunos que perdieron la comida al tirar de la cadena sin querer, y pegaron a los dueños de la casa por creer que habían saboteado la fresquera.
En un piso cercano al de Paula los rusos se mostraron afectuosos, hasta que uno de ellos fue herido por un tirador apostado. Los encolerizados camaradas del herido obligaron entonces a un soldado austríaco enfermo a pegar fuego a su piso. En cuanto el austríaco creyó que los rusos se habían marchado, empezó a echar cubos de agua sobre las llamas. Pero un ruso de alto sombrero caucasiano regresó y disparó un tiro en la cabeza al herido. Una mujer comenzó a llamar asesino al ruso, mientras lloraba desesperadamente, y el ruso se limitó a enfundar la pistola mientras decía:
– Ustedes buenos, nosotros buenos. Ustedes malos, nosotros malos.
Puede decirse que en la zona de Viena no había plan de lucha ni línea de fuego. Algunos grupos de soldados alemanes se defendían en numerosos puntos de la ciudad, pero la bandera roja, blanca y roja flameaba en numerosos edificios. Los rebeldes tenían en su poder el Parlamento y el Ayuntamiento. Otros integrantes del grupo «O-5» invadían la sede de la Policía, en Schottering, poniendo en libertad a los prisioneros que allí se hallaban.