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Harriman seguía afirmando que la única forma de apoyar a los pueblos antitotalitarios, y de detener la penetración del comunismo, consistía en ayudar a dichos países a alcanzar rápidamente una situación de estabilidad económica.

«…Por consiguiente, recomiendo que encaremos las realidades de la situación y orientemos nuestra política económica en consecuencia…»

Las conclusiones fueron notificadas al presidente, lo cual sin duda influyó para que éste enviase a Stalin, el 5 de abril, el telegrama más enérgico e indignado que se redactó desde el comienzo de la guerra:

«…Resulta inadmisible la creencia del Gobierno soviético de que he llegado a un acuerdo con el enemigo sin obtener primero la total conformidad de usted.»…Constituiría una de las mayores tragedias de la historia el que, en el mismo momento de la victoria, ahora ya a nuestro alcance, esa desconfianza, esa falta de fe, llegase a perjudicar al conjunto de la empresa, después de las enormes pérdidas de vidas, material y pertenencias que hemos sufrido.

»Hablando francamente, no puedo evitar una sensación de amargo resentimiento contra sus informadores, sean quienes sean, por esas viles mixtificaciones acerca de mis actos y los de mis subordinados de confianza.»

Cuando Churchill recibió una copia del telegrama, se sintió sumamente complacido. Manifestó que la última frase, sobre todo, «parecía el mismo Roosevelt encolerizado». Inmediatamente escribió al presidente manifestando su asombro porque Stalin le hubiese dirigido un mensaje tan ofensivo para el honor de Estados Unidos y de la Gran Bretaña. Luego mandó a Stalin un largo telegrama que concluía así:

«…Me adhiero, junto con mis colegas, a la última frase de la respuesta del presidente.»

La nota que Harriman envió al otro día al Departamento de Estado, ponía de manifiesto que la «generosa y considerada actitud» de Norteamérica era tenida por los soviéticos como un signo de debilidad. «No podría enumerar las afrentas casi diarias y la total desconsideración que los soviéticos evidencian en los asuntos que nos conciernen», declaró, y exhortó a que se tomasen urgentes represalias para hacer comprender a los soviéticos que no podían «continuar con su actual actitud, si no era a costa de un gran precio, que pagarían ellos mismos».

La convicción de Harriman de que sólo una actitud enérgica daría resultado con los soviéticos, pareció confirmarse con la respuesta de Stalin al mensaje en el que Roosevelt hablaba de las «viles mixtificaciones». Evidentemente inquieto ante el dolido y agresivo tono del presidente, Stalin trató de suavizar un poco la tensión.

«…Nunca he dudado de su integridad o de la confianza que nos merece, del mismo modo que jamás he dudado en ese aspecto acerca de míster Churchill.»

Pero seguía afirmando que los rusos debieron haber sido invitados a la entrevista llevada a cabo en Suiza, e insistió en que su punto de vista era «el único correcto». También declaró -no sin cierta razón- que la lánguida resistencia alemana en el Oeste no se debía sólo «al hecho de que se les infligieran rudos golpes».

«…Los alemanes tienen 147 Divisiones en el Frente Oriental. Podrían retirar, sin graves perjuicios, de 15 a 20 divisiones de dicho frente, con el fin de ayudar a las fuerzas del Frente Occidental. Sin embargo, no han actuado así, sino que luchan desesperadamente contra los rusos por Zemlenice, una ignorada localidad de Checoslovaquia, que ellos necesitan tanto como un muerto puede necesitar una cataplasma, mientras rinden sin presentar resistencia algunas ciudades tan importantes del corazón de Alemania como Osnabruck, Mannheim y Kassel. Debe usted admitir que este comportamiento por parte de los alemanes resulta bastante inexplicable.»

Stalin también telegrafió a Churchill una vehemente nota de disculpa:

«…Mis mensajes son personales y absolutamente secretos. Esto me permite hablar clara y francamente. Esa es la ventaja de la correspondencia secreta; pero si usted toma cada afirmación mía como una afrenta, entonces el valor de esta correspondencia queda considerablemente afectado. Puedo asegurarle que nunca he tenido, ni tengo ahora, la menor intención de ofender a nadie.»

Otros mensajes de Stalin enviados a sus aliados aquel mismo día, aunque manifiestamente vehementes, mostraban una inclinación a mostrarse más razonable. El mariscal dijo a Roosevelt, entre otras cosas, que el asunto polaco había llegado a un punto muerto a causa de que los embajadores de Estados Unidos y Gran Bretaña se habían basado en las instrucciones de la Conferencia de Crimea. Pero unos renglones más adelante, Stalin declaraba tener grandes deseos de arreglar el asunto en el tiempo más corto posible. Aunque no había valido para otra cosa, la indignada frase del presidente acerca de las «viles mixtificaciones» había creado un saludable temor en la Unión Soviética. Una vez que Roosevelt hubo leído el mensaje relacionado con Polonia, telegrafió lo siguiente a Churchilclass="underline"

«…Tendremos que considerar más cuidadosamente las consecuencias de la actitud de Stalin, así como el paso que deberemos dar inmediatamente. Como es lógico, no tomaré decisión alguna, no haré declaración de ninguna clase, sin consultarle a usted, y sé bien que usted hará lo mismo.»

Ambos hombres -con un solo modo de pensar, al fin y al cabo- consideraban que la actitud de Stalin había cambiado lo suficiente como para poder albergar, según afirmaba Churchill, «algunas esperanzas de progreso».

Mientras los diplomáticos disputaban entre sí, las fuerzas anglo-francesas-americanas seguían avanzando en todo el Frente Occidental. Tales éxitos no impedían que los jefes británicos siguieran criticando la decisión relacionada con Berlín. Cuando el delegado de Eisenhower, el mariscal del Aire inglés A. W. Tedder, asistió a la entrevista de jefes británicos del 3 de abril, trató de justificar la actuación de Eisenhower manifestando que éste se había visto forzado a tratar directamente con Stalin sólo debido a que Montgomery había dado a las tropas una orden que chocaba con sus propias órdenes.

– Me asombra que Ike considerase necesario recurrir a Stalin para dominar a Monty -fue la sarcástica respuesta de Brooke.

En un largo telegrama que enviaron al día siguiente, los jefes británicos pedían a sus colegas americanos que considerasen de nuevo «la conveniencia que suponía para las fuerzas angloamericanas el apoderarse de Berlín lo antes posible». Pero Churchill quiso terminar con la discusión. Estaba convencido de que los americanos nunca cambiarían de parecer, y el 5 de abril envió el siguiente telegrama a Roosevelt:

«Considero terminado el asunto. Y para demostrar mi sinceridad, utilizaré una de las pocas citas latinas que suelo emplear: Amantium irae amoris integratio est. (Las disputas de los amantes son parte del amor).»

Pocas horas más tarde, sin embargo, en un mensaje que envió a Roosevelt acerca de la Operación Amanecer, Churchill no pudo resistir el traer a colación, de nuevo, el asunto de Berlín, y manifestó que deberían «estrechar las manos con los ejércitos rusos lo más al Este posible, y si las circunstancias lo permitían entrar en Berlín».

Eisenhower también se mostró incapaz de dejar de lado dicho tema. Siguió dando largas explicaciones a Marshall, el cual ya había dejado de combatir las objeciones británicas. Hasta el mismo Montgomery se convenció de que las discusiones ulteriores no darían fruto alguno, y con buen humor telegrafió lo siguiente a Eisenhower:

…«Sé muy bien lo que usted desea. Arrollaré por el flanco norte, y haré todo lo que pueda por mantener a las fuerzas enemigas alejadas del ataque principal que lleva a cabo Bradley.»