– ¿Se le ha caído algo?-inquirió Margaret Suckley.
Roosevelt cerró los ojos y dijo, tan débilmente, que sólo ella, que estaba a su lado, pudo oírle:
– Tengo un dolor de cabeza terrible.
Luego se inclinó hacia un costado, y perdió el conocimiento. Eran la 1,15 de la tarde. Habían pasado los quince minutos. Pocos momentos más tarde llegó el comandante de marina Howard Bruenn, que era el médico que asistía al presidente, y ordenó que trasladasen a Roosevelt a su dormitorio. El enfermo respiraba penosamente. Tenía 104 pulsaciones y muy alta la presión arterial. Bruenn comprendió que se trataba de una hemorragia cerebral, y procedió a aplicar algunas inyecciones al presidente.
A las 2,05 Bruenn llamó por teléfono a Washington, al almirante Ross MacIntire, médico personal del presidente, y le dijo que Roosevelt estaba inconsciente, después de lo que parecía ser un ataque cerebral. MacIntire telefoneó al doctor James Paullin, antiguo presidente de la Asociación Médica Americana, y le rogó que se trasladase inmediatamente a Warm Springs.
Aproximadamente en ese momento Laura Delano se puso en comunicación con Eleanor Roosevelt, en la Casa Blanca, y le dijo que su marido se había desmayado mientras le estaban haciendo un retrato. Poco después MacIntire llamó también a la esposa de Roosevelt. Dijo que no estaba alarmado, pero que creía conveniente que ambos fuesen a Warm Springs por la noche. Le aconsejó, sin embargo, que cumpliese con sus compromisos de la tarde, ya que una cancelación inesperada de los mismos podía provocar excesivos comentarios. En consecuencia, Eleanor Roosevelt partió en coche hacia el Club Sulgrave, con el fin de asistir a una reunión de carácter benéfico.
El doctor Paullin corría en su automóvil por las carreteras secundarias que conocía tan bien, y a las 3,28 de la tarde llegó a la Pequeña Casa Blanca. Encontró al presidente con «sudor frío, color ceniciento, y respiraba con dificultad». Su pulso era escasamente perceptible, y a las 3,32 los latidos desaparecieron por completo. Paullin le administró una inyección intracardíaca de adrenalina. El corazón de Roosevelt volvió a latir dos o tres veces, y luego se detuvo definitivamente. Eran las 3,35 de la tarde, hora de los Estados Centrales.
En Washington eran en ese instante las 4,45, y Eleanor Roosevelt todavía se hallaba en el Club Sulgrave, escuchando el concierto de la pianista Evalyn Tyner. A las 4,50 alguien le susurró al oído que la llamaban por teléfono. Era Steve Early, el secretario de Prensa del presidente, el cual le dijo con voz alterada:
– Venga a casa en seguida.
La señora Roosevelt no preguntó el motivo. Sabía muy bien «que algo terrible acababa de ocurrir». Pero comprendía que «había que guardar la debida compostura», y regresó al salón. Una vez que la pianista hubo concluido la pieza, Eleanor Roosevelt aplaudió y anunció que tenía que retirarse, pues la reclamaban desde su casa. Mientras la llevaban hacia la Casa Blanca, la mujer de Roosevelt permanecía en silencio, estrujándose las manos.
Eleanor se dirigió en seguida al salón de la Casa Blanca, donde halló a Early y a MacIntire, quienes le dijeron que el presidente había muerto unos momentos antes. Reaccionando automáticamente, Eleanor mandó llamar al vicepresidente Truman, y dispuso lo necesario para trasladarse en avión a Warm Springs aquella noche.
Harry S. Truman se encontraba en el Capitolio, presidiendo una reunión del Senado. Aburrido por el prolongado discurso del senador Alexander Wiley, de Wisconsin, el vicepresidente estaba escribiendo una carta a su madre y su hermana:
«Queridas mamá y Mary:
»Estoy tratando de escribiros una carta desde el escritorio del presidente del Senado, mientras un pomposo senador está pronunciando un discurso sobre un tema que desconoce por completo…
»Tengo que permanecer sentado aquí para hacer respetar las reglas parlamentarias, algunas de las cuales son sensatas, en tanto que otras no lo son…
»Poned la radio mañana a las 9,30 de la noche, de vuestra hora, y oiréis a Harry dirigirse a la nación en el Día de Jefferson. Creo que saldré por toda la red de emisoras, de modo que no os resultará difícil captarme. Después hablará el presidente, al que yo presentaré.
»Espero que ambas os encontraréis bien, y que sigáis del mismo modo.
»Os quiero a las dos.
»Escribid en cuanto podáis.
»Harry.»
El Senado levantó la sesión a las 4,56 de la tarde, y Truman entró en la oficina de Sam Rayburn para tomar una copa. El locutor del Senado le entregó un vaso de whisky, y de pronto recordó que Steve Early acababa de telefonear pidiendo que Truman llamase a la Casa Blanca. Un minuto después Early decía a Truman con voz llena de excitación:
– Por favor, venga en seguida y entre por el acceso principal de la Avenida Pensilvania.
Eso fue todo lo que Truman recordaba que le hubiera dicho Early, y más tarde escribió manifestando que no se inquietó en absoluto, sino que imaginó simplemente que Roosevelt había regresado desde Warm Springs. Sin embargo, Rayburn dijo que Truman palideció repentinamente, y uno de los empleados del vicepresidente declaró que éste entró con aire agitado en la oficina, al tiempo que manifestaba:
– Me voy a la Casa Blanca.
Truman llegó al edificio presidencial a las 5,25 de la tarde, e inmediatamente le condujeron hasta el despacho que tenía en el segundo piso la mujer de Roosevelt. Sólo cuando Truman descubrió que la hija del presidente, Anna Boettiger, y Early se hallaban presentes, comprendió al fin -según escribió más tarde- que «algo desusado había ocurrido».
Eleanor Roosevelt se adelantó hacia Truman con serena dignidad, y colocando una mano sobre su hombro le dijo:
– Harry, el presidente ha muerto.
Truman se sintió incapaz de hablar durante unos segundos Por fin, dijo:
– ¿Puedo hacer algo por usted?
– ¿Hay algo que nosotros podamos hacer por usted?-replicó ella-. Pues es usted el que se halla ahora en un aprieto. Entonces Eleanor Roosevelt manifestó lo mucho que lo sentía por él y por el pueblo de Estados Unidos.
Más tarde, la mujer de Roosevelt envió el siguiente telegrama a sus hijos:
«Padre se ha dormido para siempre. Sin duda espera que sigáis adelante con vuestras tareas, y que las terminéis satisfactoriamente.»
A las 5,45 el fiscal del Estado (o ministro de Justicia), Francis Biddle, se hallaba en una reunión en compañía del secretario de la Marina, James Forrestal, y de Stettinius, cuando llegó un mensaje para este último pidiéndole que se trasladase a la Casa Blanca. Como Secretario de Estado, le correspondía proclamar la muerte del presidente. Cuando se encaminaba al despacho de la mujer de Roosevelt, las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Truman pidió a éste y a Early que reuniesen inmediatamente a los integrantes del Gobierno, y una vez más preguntó a Eleanor Roosevelt si deseaba que hiciera algo por ella. Esta preguntó si sería correcto trasladarse en un avión del Gobierno hasta Georgia. Truman le aseguró que sería correcto e incluso aconsejable.
Luego Truman pasó al despacho presidencial, en el ala oeste del edificio, y llamó por teléfono a su esposa y a su hija para que se trasladasen a la Casa Blanca. Después telefoneó al presidente de la Corte Suprema, pidiéndole que se presentase lo más pronto posible, para tomarle el juramento como nuevo presidente de Estados Unidos.
Poco después de las seis, Truman reunió al Gabinete y les dijo que tenía el penoso deber de comunicarles que el presidente había fallecido.
– La señora Roosevelt me ha dado la noticia, y al comunicármelo, hizo notar que «había muerto como un soldado». Sólo me queda añadir que procuraré desenvolverme como sé que él hubiera deseado que lo hiciese yo, y también todos nosotros. Desearía que todos ustedes siguieran en sus puestos, y espero contar con toda la ayuda que voy a necesitar. En este aspecto, estoy seguro de que sigo los deseos del presidente.