Выбрать главу

En toda la nación cundió el asombro aquella tarde, y al principio se creyó que la noticia no era cierta. Cuando Robert E. Sherwood, el dramaturgo y consejero presidencial, se enteró de que Roosevelt había fallecido, se quedó un rato junto al receptor de radio «esperando el anuncio -probablemente de su alegre y tranquilizadora voz- de que todo había sido un error, de que la crisis bancaria y la guerra habían concluido, y que todo marchaba perfectamente bien».

En la Casa Blanca, entretanto, se hacían rápidos preparativos para la jura del nuevo presidente. Poco después de las siete de la tarde hallaron al fin una Biblia, que fue colocada en uno de los extremos de la gran mesa de extraña forma que había sido obsequiada a Roosevelt por Jesse Jones. Truman, con su esposa y su hija a la izquierda, se colocaron ante el presidente del Tribunal Supremo, Stone. Los ojos de la mujer de Truman estaban enrojecidos, y miró con aire asustado a su marido cuando éste cogió la Biblia con la mano izquierda. Pero Truman se olvidó de levantar la mano derecha, y Stone se lo recordó con toda calma. En aquellas circunstancias, recordó Forrestal, la serena actitud de Stone prestaba dignidad a la escena.

Repitiendo las palabras de Stone, Truman dijo:

– Yo, Harry Truman, juro solemnemente que desempeñaré fielmente el cargo de presidente de Estados Unidos, y procuraré con toda mi capacidad mantener, proteger y defender la Constitución de Estados Unidos.

Eran en esos momentos las 7,08 de la tarde.

Todos abandonaron la estancia, menos el nuevo presidente y su Gobierno. Tomaron todos asiento alrededor de la mesa, en un ambiente que parecía extrañamente apagado. Truman iba a empezar a hablar, cuando Early irrumpió diciendo que los periodistas se preguntaban si la Conferencia de San Francisco tendría lugar, como estaba previsto, el 25 de abril.

– La conferencia se celebrará como el presidente Roosevelt lo había establecido -replicó Truman, sin vacilar.

Luego miró a los miembros de su Gobierno a través de los gruesos cristales de sus gafas, y declaró que pensaba continuar con la política extranjera y doméstica de la administración de Roosevelt. Añadió que iba a ser presidente por derecho propio, y que asumiría plenamente la responsabilidad de sus decisiones. Esperaba que no dudasen en aconsejarle, pero dijo que todas las resoluciones finales las tomaría él solo. En el espacio de pocos minutos, Truman demostró que no tenía el menor reparo de poner en claro cuanto pensaba. Después de la breve reunión, Stimson se quedó con el nuevo presidente, diciendo que tenía que tratar con él un asunto de la mayor trascendencia. -Quiero que conozca la existencia de un proyecto de inmensa envergadura que está en vías de realización; un proyecto relacionado con un nuevo explosivo de poder destructivo casi increíble -manifestó Stimson, y agregó que eso era todo lo que podía decirle en aquel momento.

Cuando Truman salió pocos minutos después con dirección a su piso de la Avenida de Connecticut, 4701, aún se sentía abrumado por la noticia.

Todo parecía transcurrir normalmente aquella noche en Berlín, cuando el secretario de Prensa, Rudolf Semmler, recibió una llamada telefónica urgente en el refugio antiaéreo del ministerio de Propaganda. Alguien perteneciente al Deutsches Nachrichtenbüro, la agencia oficial de noticias alemana, manifestó:

– Oiga, escuche; ha ocurrido algo increíble. ¡Roosevelt ha muerto!

– ¿Está usted bromeando?

– No, esto es lo que dice el despacho de la agencia Reuter: «Roosevelt ha fallecido hoy al mediodía.»

Semmler repitió en voz alta la noticia. Los adormecidos ocupantes del refugio se pusieron repentinamente de pie, totalmente despiertos, y comenzaron a lanzar gritos de júbilo. Algunos se estrechaban la mano y reían desaforadamente. El cocinero del ministerio se santiguó y dijo:

– ¡Este es el milagro que el doctor Goebbels predecía desde hacía tiempo!

Semmler llamó al Noveno Ejército, donde le dijeron que Goebbels se había marchado y no tardaría en llegar a Berlín. Entonces llamaron de la Cancillería del Reich, solicitando que Goebbels telefonease al Führer en cuanto llegase. Quince minutos más tarde el automóvil de Goebbels se detenía ante el ministerio, a la luz de los incendios del hotel Adlon y de la Cancillería. Varios funcionarios corrieron escaleras abajo para recibir a Goebbels.

– Herr Reichminister -dijo un periodista-, Roosevelt ha muerto.

Goebbels saltó fuera del coche y permaneció unos instantes como si estuviese hipnotizado. En seguida se volvió hacia frau Inge Haberzettel, y a otros miembros del departamento, que se habían reunido llenos de excitación a su alrededor, y dijo con voz emocionada:

– ¡Que traigan nuestro mejor champaña, y luego sostendremos una conversación con el Führer!

Cuando se dirigía hacia su despacho, Semmler no pudo resistir la tentación de gritarle él también la novedad. Goebbels, con el rostro intensamente pálido, manifestó:

– ¡Este es el hecho decisivo que esperábamos!

Unas diez personas se apiñaban en torno a Goebbels, cuando éste llamó por teléfono a Hitler.

– ¡Mi Führer -dijo lleno de ardor-, le felicito! ¡Roosevelt ha muerto! Está escrito en los astros que la segunda quincena de abril será decisiva para nosotros. ¡Hoy es viernes 13, del mes de abril! (Era algo pasada la medianoche.) La Providencia le ha librado de su mayor enemigo. Dios no nos abandona. Dos veces le ha salvado de impíos asesinos. La muerte, que le rondó a usted en 1939 y 1944, ha abatido a nuestro enemigo más peligroso. ¡Es un milagro!

Luego Goebbels escuchó a Hitler unos instantes, y a continuación manifestó la posibilidad de que Truman fuese más moderado que Roosevelt. ¡Cualquier cosa podía ocurrir desde entonces!

Goebbels cortó la comunicación y con los ojos reluciendo de entusiasmo comenzó a endilgarles una apasionada perorata. Semmler nunca le había visto tan excitado; era como si la contienda estuviese a punto de terminar.

Patton se preparaba para acostarse en su camión vivienda, después de haber pasado una prolongada velada con Eisenhower y Bradley. Su reloj de pulsera se había parado, de modo que conectó la radio para escuchar la señal horaria de la BBC. En lugar de ello, oyó el anuncio de la muerte de Roosevelt. Patton corrió entonces hacia el pabellón donde dormían los demás, y llamó a la puerta de Bradley.

– ¿Ocurre algo?-inquirió Bradley.

– Es mejor que venga conmigo, para que hablemos con Ike. El presidente ha muerto.

Los dos generales se encaminaron hacia la estancia de Eisenhower, y luego el grupo permaneció hablando hasta la madrugada, preguntándose sombríamente el efecto que la muerte de Roosevelt podría tener en la paz futura. Dudaban de que cualquier otro hombre de Estados Unidos tuviese la experiencia que tenía Roosevelt para tratar con Stalin y otros dirigentes, y convinieron en que para Estados Unidos constituía una verdadera tragedia el tener que cambiar de presidente en un momento tan crítico. Por fin, cada uno de ellos se fue a acostar, sintiéndose todavía tristes y deprimidos.

Cuando Churchill se enteró de que Roosevelt había muerto, notó como si le hubieran asestado un fuerte golpe, y quedó «abrumado por la sensación de haber experimentado una pérdida profunda e irreparable». El primer ministro llamó a Baruch al Claridge, y con voz afligida le preguntó:

– ¿Cree usted que debo ir a Washington?

– No, Winston; considero que debe permanecer aquí, atendiendo sus deberes.

Baruch prometió a continuación ir a ver a Churchill antes de regresar a Washington. Cuando llegó al número 10 de Downing Street, Churchill aún se encontraba en el lecho, con aspecto de hallarse sumamente afectado.