Truman agradeció el mensaje de condolencia de Churchill, y añadió que dentro de poco le notificaría acerca de su punto de vista en relación con el asunto polaco. A las tres de la tarde Truman recibió a Stettinius y Bohlen, quienes le informaron sobre ese mismo asunto. El presidente redactó entonces otro telegrama para Churchill.
«La respuesta de Stalin a usted y al presidente Roosevelt hace que nuestro próximo paso tenga suma importancia. Aunque con pocas excepciones, no nos deja mucho lugar para el optimismo, pero creo firmemente que podremos entendernos con él.»
Mientras Truman estaba redactando este mensaje, Stettinius le llevó un telegrama de Harriman. El embajador acababa de ver a Stalin, el cual manifestó que esperaba trabajar tan unido con Truman como lo había hecho con Roosevelt. Harriman sugirió a Stalin que la mejor manera de demostrar a todos que los soviéticos tenían deseos de seguir colaborando, sería el enviar a Molotov a San Francisco. Stalin dijo sin vacilar a Harriman que así lo haría si Truman le pedía oficialmente que Molotov fuese en primer lugar a Washington y luego a San Francisco.
El presidente solicitó a Stettinius que redactase la oportuna petición.
Harry Hopkins estaba llamando por teléfono a Sherwood desde el St. Mary Hospital, de Rochester, Minnesota, sólo con el fin de poder hablar con alguien acerca de Roosevelt. -Usted y yo tenemos algo inestimable, que llevaremos con nosotros durante el resto de nuestras vidas -manifestó Hopkins-. Es un gran descubrimiento el saber que resulta cierto lo que tantas personas pensaban de él, y lo que les hacía sentir por él un profundo afecto.
Admitió que el presidente parecía hacer excesivas concesiones con el fin de llegar a un acuerdo, si bien dijo que en los asuntos de verdadera importancia nunca dejó de tener en cuenta el interés de su pueblo.
Eleonor Roosevelt se dirigía hacia Washington en el mismo tren en que viajaba el cadáver de su esposo. Según declaró después, el día fue «largo y agotador». Durante toda la noche permaneció en su litera, viendo desfilar el paisaje, y «observando a las gentes que en las estaciones, e incluso en los pasos a nivel, se acercaban a tributar su último homenaje» al presidente.
A las diez de la mañana del 14 de abril, llegó el tren a la Union Station, de Washington. Anna Boettinger, acompañada por su hermano, el general de brigada Elliot Roosevelt, y su esposa la actriz Faye Emerson, entraron en el vagón que transportaba el cadáver. A continuación hicieron lo propio Truman, Henry Wallace y Byrnes.
Una cureña tirada por seis caballos blancos transportó el ataúd, que se hallaba cubierto con la bandera de Estados Unidos, por la Avenida de la Constitución hasta la Casa Blanca, mientras centenares de miles de personas observaban el paso de la comitiva. Ningún presidente, desde Lincoln, había afectado tanto con su muerte al pueblo de Estados Unidos. Muchas personas lloraban calladamente; otras tenían el ceño fruncido, o lo observaban todo como hipnotizadas. Resultaba difícil aceptar el hecho de que el hombre que había sido presidente desde 1933 había muerto. Truman observó a una vieja negra que se secaba los ojos con el delantal, mientras lloraba desgarradoramente como si hubiera perdido un hijo.
Cuando Rosenmann y su esposa pasaban bajo el pórtico de la Casa Blanca, ella susurró:
– Aquí termina una época de nuestras vidas.
También era el fin de una época para Estados Unidos e incluso para el mundo, pensó Rosenmann, y recordó entonces la última frase del discurso que Roosevelt debió pronunciar el día anterior, con motivo del día de Jefferson, que decía: «Sigamos adelante con fe activa e inquebrantable.»
Pocos minutos después de haber regresado Truman a su despacho, llegó Harry Hopkins.
– ¿Qué tal se siente, Harry?-inquirió Truman, al ver lo pálido que estaba Hopkins-. Espero que no le moleste mi llamada en estos momentos, pero es que necesito saber todo lo que pueda decirme acerca de nuestras relaciones con Rusia, y todo lo que sepa sobre Stalin y Churchill, y sobre las conferencias de El Cairo, Casablanca, Teherán y Yalta.
Hopkins declaró que le satisfacía ayudarle, pues confiaba en que Truman seguiría adelante con la política de Roosevelt, de la que estaba bastante impuesto. Hablaron durante más de dos horas, y comieron allí mismo.
– Stalin es un ruso tosco y empedernido de los pies a la cabeza -dijo Hopkins-. Es como un partisano soviético, que no piensa más que en su país. Pero se le puede hablar con sinceridad.
Cuando Hopkins manifestó que pensaba retirarse en mayo, Truman contestó que deseaba que siguiera en su puesto, si la salud se lo permitía. Hopkins declaró que lo pensaría seriamente. Poco antes de las cuatro de la tarde, Truman, junto con su esposa y su hija, se encaminaron hacia la Habitación Oriental de la mansión ejecutiva, para asistir a los oficios fúnebres por el presidente fallecido. La cureña se hallaba colocada ante un balcón, y estaba rodeada de flores. Uno de los doscientos asistentes, Robert Sherwood, sintió una mano que le oprimía el hombro. Era Hopkins, con el rostro intensamente pálido. Sherwood pensó que tras la muerte de Roosevelt, Hopkins parecía haber perdido toda razón para vivir.
Nadie se puso de pie cuando Truman entró en la estancia, y Sherwood tuvo la seguridad de que «aquel hombre sencillo ni siquiera se había dado cuenta de la descortesía», o en caso contrario, debió de comprender que los presentes aún no le asociaban con su elevado cargo, y sólo se daban cuenta de que el presidente había muerto. Pero en cuanto la mujer de Roosevelt apareció en la puerta, todo el mundo se levantó de sus asientos. Después del servicio fúnebre Hopkins pidió a los Sherwood que fueran a su casa de Georgetown. Hopkins se hallaba tan agotado que en cuanto llegó a su hogar se acostó, mientras Sherwood tomaba asiento junto al lecho.
– Bueno, ahora tendremos que hacerlo todo nosotros -manifestó Hopkins, con un brillo especial en sus ojos hundidos-. Hasta ahora todo nos había resultado fácil, porque sabíamos que él estaba a nuestro lado, y teníamos la ventaja de consultarle. Fuere cual fuere el asunto, y lo que pensásemos al respecto, podíamos exponerle nuestras ideas, y si éstas tenían algún mérito, nunca dejaba de ponerlas en práctica, sin temor alguno del idealismo o el riesgo que entrañasen. Bueno, ya no está a nuestro lado, y vamos a tener que hallar la forma de hacer las cosas nosotros solos.
Era evidente que Harry Hopkins aún tenía un motivo para seguir viviendo.
Pero manifestó que él y los demás miembros del Gobierno deberían renunciar.
– Truman querrá tener junto a él a su propia gente, y no a la de Roosevelt -añadió Hopkins-. Si estuviésemos alrededor de Truman, éste siempre tendría la sensación de que al observarle pensaríamos para nosotros: «El Presidente no lo hubiera hecho de ese modo.»
Capítulo tercero. Victoria en el Oeste
1
Los Aliados seguían avanzando a lo largo de todo el frente occidental, casi sin hallar resistencia. En el Norte, Montgomery se acercaba implacablemente hacia Hamburgo. Su único obstáculo era el ejército del general Günther Blumentritt, el cual estaba decidido a retirarse incruentamente, con el menor número de bajas en sus efectivos. No podía decirse que aquello fuera una guerra, realmente. Blumentritt había llegado a un acuerdo de caballeros con los británicos, y hasta llegó a enviar un oficial de enlace para advertir al enemigo de la presencia de una zona donde se habían escondido bombas de gas.
A la derecha de Montgomery, los tres ejércitos de Bradley estaban haciendo progresos mucho más rápidos. Tanto Patton como Hodges habían llegado casi al río Elba, y Simpson, que ya había tendido dos cabezas de puente sobre dicho río, se hallaba a menos de ciento veinte kilómetros de la Cancillería del Reich. Pero esto no asustó a Hitler, el cual urdió un plan no sólo para detener a las tropas de Simpson, sino también para salvar los efectivos de Model, que se hallaban cercados en la zona del Ruhr. El proyecto se apoyaba en un nuevo ejército que el Führer acababa de crear, el 12.°, y que mandaba un hombre aún no recuperado totalmente de un grave accidente automovilístico: Walther Wenck.