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En Moscú, entretanto, el embajador Harriman estaba poniendo en práctica los métodos que desde hacía mucho tiempo recomendaba a sus superiores. El y el general Patrick J. Hurley, embajador de Estados Unidos en China, se hallaban en el Kremlin conferenciando con Stalin y Molotov. Harriman aprovechó la ocasión para protestar contra la arbitraria acción de haber hecho aterrizar en Poltava a 163 pilotos americanos a causa del proceder de unos pocos aviadores americanos, que actuaron a su entero albedrío. Uno de los pilotos, por ejemplo, se llevó consigo a un polaco del que afirmó que era un compatriota. En otro caso, un bombardero que aterrizó en un aeropuerto polaco para efectuar algunas reparaciones, volvió a despegar sin tener permiso para hacerlo. Stalin exclamó que tales casos no hacían más que probar que el aterrizaje forzoso estaba justificado, y que los norteamericanos «estaban conspirando con los polacos de la Resistencia, en contra del Ejército Rojo».

– ¡Está usted poniendo en duda la lealtad del Alto Mando norteamericano, y eso no puedo consentírselo! -replicó Harriman, acaloradamente.

Hurley trató de apaciguarle, pero Harriman siguió acusando a Stalin de «dudar de la lealtad del general Marshall s.

– Respondería del general Marshall con mi propia vida -contestó Stalin-. Pero no se trata de él, sino de oficiales de menor graduación.

Hurley cambió nerviosamente el tema hacia China. Dijo haber fomentado las negociaciones entre el Partido Comunista chino y el Gobierno de Chiang-Kai-Chek, y aseguró que ambos perseguían el mismo objetivo: «La derrota del Japón y el establecimiento en China de un Gobierno libre, democrático y unido.» Según manifestó Hurley, Roosevelt le había dado instrucciones para que China hallase el modo de ser la dueña de su propio destino, sin ingerencias extrañas, y le autorizó asimismo a que tratase el tema con Churchill. El primer ministro y Eden ya habían respaldado la política de dejar que China estableciese por sí misma una forma de Gobierno democrática y libre, y unificase todas las fuerzas armadas chinas a fin de lograr cuanto antes de la derrota del Japón.

Después de la entrevista con Stalin, Hurley escribió una carta llena de entusiasmo a Stettinius.

«El mariscal se mostró complacido y manifestó estar de acuerdo, y dijo que en vista de la situación general, deseaba hacernos saber que daría totalmente su apoyo a una acción inmediata que propugnase la unificación de las fuerzas armadas de China, con el pleno reconocimiento de un Gobierno nacional bajo la jefatura de Chiang-Kai-Chek. En resumen, que Stalin se mostró implícitamente de acuerdo con la política americana en China, según ésta le había sido expuesta a lo largo de la conversación.»

Pero Harriman tenía la seguridad de que Hurley había quedado impresionado por la aparente cordialidad del jefe de Estado ruso, e informó que «Stalin no colaboraría durante mucho tiempo con Chiang-Kai-Chek, y que cuando Rusia entrase en el conflicto del Lejano Oriente, apoyaría plenamente a los comunista chinos». George Kennan, otro diplomático americano destacado en Moscú, que también se hallaba familiarizado con el modo de actuar de los soviéticos, se mostró igualmente en desacuerdo con la carta de Hurley, y manifestó que, en su opinión, Rusia sólo quedaría satisfecha cuando dominase Manchuria, Mongolia y el norte de China.

«Resultaría realmente trágico si nuestro natural deseo de ayudar a la Unión Soviética en esta coyuntura, junto con el empleo por parte de Stalin de palabras de significado muy amplio para gran número de personas, nos llevase a confiar excesivamente en la ayuda soviética, o incluso en la aquiescencia de los rusos para el logro de nuestros objetivos a largo plazo en China…»

En los últimos tres días, Truman había ya tenido ocasión de comprobar «la increíble carga» que suponía la Presidencia. Al regreso del entierro de Roosevelt en Hyde Park, el domingo, se dedicó a elaborar el discurso que debería pronunciar en la tarde siguiente ante las dos cámaras del Congreso. Al irse a dormir, rogó que pudiera ponerse a la altura de la tarea que tenía que llevar a cabo. Al día siguiente, 16 de abril, por la mañana, Truman leyó un resumen del último informe de Harriman, en el que éste negaba «una serie de manifestaciones de Stalin en relación con la labor de la Comisión Polaca», y recomendaba «seguir insistiendo en que no podemos aceptar la protección encubierta al régimen de Varsovia».

Mediada la mañana llegaron Eden y lord Halifax, el embajador británico en Estados Unidos, quienes en compañía de Truman, estudiaron los borradores del mensaje que pensaban enviar a Stalin en relación con Polonia. La nota conjunta final resultaba cortés, pero insistía en que Mikolajczyk y otros dos polacos de Londres debían ser invitados a asistir a Moscú para consultar con ellos, a pesar de las objeciones del Gobierno de Varsovia. Truman ordenó despachar el mensaje por radio a Harriman, y le pidió que lo entregase personalmente.

Eden se sintió «muy animado» después de su primera entrevista con Truman, y envió a Churchill el siguiente telegrama:

«Mi impresión de la entrevista es que el nuevo presidente es honrado y que actúa amistosamente. Tiene conciencia de sus nuevas responsabilidades, pero no se siente abrumado por ellas. Sus alusiones hacia usted no han podido ser más afectuosas. Creo que tendremos en él un leal colaborador.»

Eran las 13,02 cuando Truman entró en el salón del Congreso, donde fue acogido con una gran ovación. El presidente contempló, lleno de orgullo, las galerías abarrotadas de público, y al fin localizó a su esposa y su hija Margarita.

– Señor anunciador… -comenzó a decir.

– Un momento, Harry -susurró Rayburn-. Déjeme que le presente.

Un momento más tarde, el presidente Truman dirigía su primer discurso a la nación.

– Con el corazón lleno de dolor me dirijo a ustedes, mis colegas y amigos. Un trágico sino ha descargado sobre nosotros graves responsabilidades. Debemos superarlas. El líder que nos ha abandonado jamás miró hacia atrás, sino que lo hacía siempre hacia delante, y hacia delante avanzaba. Eso es lo que él quería hacer, y eso es lo que América hará…

Manifestó luego que seguiría manteniendo los planes de guerra y de paz preconizados por Roosevelt; solicitó fuerte apoyo de las naciones aliadas y reafirmó la decisión de exigir una rendición incondicional, y de castigar a los criminales de guerra. -La estrategia primordial de las naciones aliadas, en el campo de la guerra, estuvo determinada, y no en pequeña medida, por la visión de nuestro desaparecido comandante en jefe. Quiero que el mundo entero sepa que tal dirección será mantenida, sin cambios ni vacilaciones… Nada resulta más esencial para la futura paz del mundo que la colaboración continuada de las naciones que deben hallar la fuerza necesaria para derrotar la conspiración de las Potencias del Eje, que pretenden dominar el mundo.

Después de solicitar la ayuda de todos los norteamericanos, Truman añadió:

– En este momento, desde mi corazón se eleva una plegaria. Al asumir mis pesadas tareas, humildemente me dirijo a Dios todopoderoso con las mismas palabras del rey Salomón: «Proporciona a tu siervo un juicio claro para comprender a tu pueblo, a fin de que pueda discernir entre el bien y el mal; pues, ¿quién podrá juzgar mejor a éste, tu gran pueblo?» Lo único que pido es llegar a ser un servidor fiel y eficaz de mi Señor y de mi pueblo.

Era evidente que este vivaz norteamericano de la clase media, que sabía ser altivo en un determinado momento y modesto un instante después, se hallaba vinculado por lazos políticos y personales a todas las decisiones tomadas por Roosevelt. Aun cuando Truman hubiera querido adoptar una actitud más resuelta en relación con Rusia, por ejemplo, ello hubiese representado para él una gran dificultad. El pueblo norteamericano había apoyado con abrumadora unanimidad la política moderada de Roosevelt, y los últimos telegramas del presidente a Stalin, Churchill y Harriman, parecían confirmar, en efecto, tal actitud. A Churchill, por ejemplo, le dijo que el problema soviético debería ser minimizado todo lo posible, ya que situaciones como la Operación Amanecer podían surgir diariamente. También dio instrucciones a Harriman para que «considerase el malentendido de Berna (Ascona) como un incidente sin importancia», y comentó con Stalin que «disensiones de esta naturaleza no deberían surgir en el futuro».