Gabrielle Herberner y una amiga suya se encontraban en la intersección de dos calles importantes cuando la Fuerza Especial se acercó al lugar. Ambas muchachas creyeron que los carros de asalto eran alemanes, hasta que uno de los tanques aminoró la marcha y alguien gritó desde dentro en inglés:
– ¡Alto, muchachos!
Por la torrecilla de uno de los tanques surgió la cabeza de un soldado, el cual dijo a las chicas:
– Marchaos a un refugio. Al final de la calle está el Ayuntamiento, y vamos a atacarlo.
El norteamericano sonrió y desapareció para asomarse al momento, al tiempo que les arrojaba algunos caramelos. Aún desconcertadas, las muchachas se dirigieron a un refugio, preguntándose qué clase de enemigo era aquél.
Zwiebol hizo avanzar sus efectivos en dos columnas y comenzó el ataque al edificio de la alcaldía, al mismo tiempo que lo hacía la compañía de infantes. Una vez más, los norteamericanos se vieron detenidos por un nutrido fuego de bazookas, ametralladoras y fusiles. Hacia las nueve, después de otros dos asaltos infructuosos, Zwiebol decidió emplear la persuasión en lugar de la fuerza. Convenció a un jefe de bomberos alemán para que llevase un ultimátum al Ayuntamiento: si el comandante no se rendía inmediatamente, los norteamericanos atacarían al cabo de veinte minutos con artillería pesada, lanzallamas, y una división completa de infantería.
Pocos minutos más tarde, ciento cincuenta soldados alemanes salieron del edificio con las manos en alto. En el interior de la alcaldía, los norteamericanos encontraron los cadáveres del alcalde Freyborg, de su ayudante y de las familias de ambos, todos los cuales se habían suicidado.
La única resistencia seria que quedaba en Leipzig era la del monumento, donde Von Poncet se había hecho fuerte y tenía en su poder a diecisiete prisioneros norteamericanos. Los proyectiles norteamericanos, incluso los de gran calibre, tenían escaso efecto sobre la estructura, y algunos rebotaban sobre la superficie de granito. Aquello tenía aspecto de que iba a resultar un largo y penoso asedio. El capitán Hans Trefousse, del 273.° Regimiento, tuvo una idea. Dijo a su comandante, el coronel C. M. Adams, que esperaba convencer a Von Poncet para que se rindiera. Nacido en Francfort del Main, Trefousse había huido de Alemania a Estados Unidos en 1936, y seis años después se graduó en una Universidad americana
A las tres de la tarde, Trefousse, acompañado por el teniente coronel George Knight y por un prisionero alemán que portaba una bandera blanca, comenzaron a ascender los escalones que conducían a la tienda de recuerdos, situada en la parte posterior del monumento. Von Poncet y otros dos oficiales alemanes se acercaron para recibir a los parlamentarios.
Trefousse dijo a Von Poncet que era inútil seguir resistiendo. -No tienen ninguna posibilidad de vencer. La guerra está perdida para ustedes, y lo más sensato es entregarse y salvar la vida de los que combaten.
– Tengo órdenes del Führer en persona. No puedo rendirme -contestó Poncet.
También se negó en poner en libertad a los diecisiete norteamericanos prisioneros, o a hacer un intercambio con los mismos. Sólo accedió a que se celebrase una tregua de dos horas para evacuar los heridos del monumento.
Mientras los enfermeros norteamericanos sacaban una docena de bajas, Trefousse siguió discutiendo con Poncet en el exterior de la tienda de recuerdos, y a las cinco le convenció para que continuasen las conversaciones en el interior del monumento. En el resto de la ciudad, la lucha había terminado, a excepción de algún tirador apostado que seguía disparando, y las tropas norteamericanas comenzaban a llenar la ciudad. Los soldados de Estados Unidos recorrían las calles en jeeps y camiones, agitando banderas nazis de las que se habían apoderado. Uno de ellos iba de pie en la parte trasera de un camión, imitando a Hitler con un peine bajo la nariz, a guisa de bigote, y cantando una canción alemana. Hasta los mismos germanos se reían. Para muchos, era la primera risa, desde hacía varios años.
Günther Untucht y otros chiquillos miraban con gesto ansioso cómo comían algunos soldados norteamericanos, los cuales al concluir quemaron los desperdicios con gasolina. Uno de los chicos alcanzó a extraer de las llamas una de las latas que estaba llena por la mitad, pero un soldado se la quitó. La mayor parte de los norteamericanos, sin embargo, no se mostraban tan hostiles y distribuían chocolate entre los niños, si bien muchos hacían la pregunta acostumbrada:
– ¿Tienes una hermana?
Gabrielle Herbener estaba tratando de cambiar dos botellas de coñac por alimentos. Pasó ante una fila de tanques buscando un rostro amistoso, cuando acertó a descubrir al conductor del tanque que le había entregado los caramelos por la mañana.
– Tengo coñac -le dijo la muchacha-. ¿Me daría algo de comida, a cambio?
– Está bien, dame tu pañuelo -dijo el soldado, cogiendo las botellas.
Gabrielle se quitó la pañoleta y observó, atónita, cómo el norteamericano la iba llenando con raciones de campaña, dulces y jabón. Luego, encima de todo aquello, el soldado colocó las dos botellas de coñac que le había dado la chica.
Trefousse y Von Poncet seguían discutiendo cuando ya era medianoche.
– Si fuera usted un bolchevique -dijo el alemán-, no me molestaría en hablarle. Al cabo de cuatro años, los dos nos encontraríamos en Siberia.
– Si piensa usted así -contestó Trefousse-, ¿no es una pena sacrificar a todos estos soldados alemanes que podrían ayudarnos contra los rusos?
– En efecto, pero tengo órdenes de no rendirme.
– Estoy seguro de que conoce usted la anécdota del príncipe de Homburg -manifestó Trefousse-, el cual ganó una batalla para el Elector desobedeciendo sus órdenes.
Algo más tarde, Trefousse dijo a Poncet y a sus oficiales que acababa de recibir una oferta del puesto de mando de la división: si Von Poncet salía del monumento y se rendía junto con sus hombres, dejarían en libertad a todos. Von Poncet aceptó y a las dos de la madrugada del 20 de abril, salió por la puerta principal de la gran estructura. La batalla del monumento había terminado.
Pero cuando Trefousse iba a soltar al resto de los alemanes el coronel Knight manifestó que se había producido un malentendido. El general Emil F. Reinhardt, comandante de la división, sólo había dado permiso para liberar a Von Poncet. Los demás deberían quedar recluidos temporalmente en el interior del monumento. Trefousse regresó adonde estaban los demás oficiales alemanes y trató de convencerles para que aceptasen las nuevas condiciones. Como estímulo les dijo que trataría de conseguirles una estancia de cuarenta y ocho horas en Leipzig, si le prometían no huir. Sólo un alemán insistió en que debía mantenerse el acuerdo inicial, y Trefousse le soltó sin entrar en mayores discusiones. Aunque no fuese general, Trefousse consideró que no debía quebrantar la palabra que había empeñado. Luego trató de persuadir a Knight para que aprobase el permiso de cuarenta y ocho horas.
– Está bien -contestó Knight-, pero tenemos que sacar a los alemanes y devolverlos al monumento sin que se entere Reinhardt.
Mientras se procedía a desarmar a los soldados, Trefousse escabulló a una quincena de oficiales alemanes fuera del monumento y los llevó a sus hogares. Cuando regresó a recogerlos, dos días más tarde, todos se hallaban esperándole menos uno, que dejó tras él una nota disculpándose.
Este tipo de extrañas rendiciones tenía lugar por todo el frente occidental en esos días. En muchos casos, por ejemplo, los oficiales norteamericanos se limitaban a llamar por teléfono concertando una capitulación pacífica con el alcalde de la ciudad más próxima.
A todos los efectos, la guerra en el Oeste había concluido. Pero Kesselring consideró que aún debía tratar de retener la línea del río Elba frente a la capital de Alemania, a fin de que Hitler pudiese lanzar todos los soldados de que disponía en Berlín a la batalla final contra los bolcheviques.