El hombre que mandaba esa línea tenía, sin embargo, una idea muy distinta. Sin orden alguna, e incluso sin consultar al cuartel general del Führer, el general Walther Wenck ordenó a su 12.° Ejército atacar en sentido contrario. Sus soldados volvieron la espalda a los norteamericanos y comenzaron a avanzar contra las tropas rusas.
Capítulo cuarto. «Sobre el filo de la navaja»
1
Durante casi dos meses había reinado una calma relativa a lo largo del frente del Nordeste, mientras Zhukov preparaba su ataque final contra Berlín, y Heinrici había empleado ese respiro para tratar de fortalecer las endebles defensas del Grupo de Ejército Vístula. Por algunos prisioneros rusos se enteró de que la ofensiva principal sería precedida unos días antes por pequeños ataques de tanteo en la zona de Küstrin-Francfort. Cuando comenzaron éstos, tal como se había proyectado, el 12 de abril, la estrategia de Heinrici, que éste había imitado de los franceses, fue puesta en práctica. Se ordenó a Busse que esperase tres días y que luego retirase su Noveno Ejército -dejando sólo un contingente fantasma-, al amparo de la oscuridad, hasta quedar a cubierto tras las sierras situadas detrás del Oder. Varias horas antes de la subrepticia retirada, llegó al puesto de mando del Grupo de Ejército Vístula, situado cerca de Prenzlau, un inesperado visitante: Albert Speer.
– Me alegro de verle por aquí -le dijo Heinrici, después de saludarle-. Mi comandante de ingenieros ha recibido dos órdenes contradictorias.
– Por eso he venido -manifestó Speer, y explicó la razón de que hubiera dado de intento dos órdenes confusas: deseaba proporcionar a los comandantes de campo una excusa para que ignorasen la orden de «tierra arrasada» de Hitler.
Heinrici dijo que no destruiría ninguna propiedad alemana si no resultaba totalmente imprescindible.
– Pero, ¿qué harán los gauleiters? Ellos no están bajo mi jurisdicción.
Speer declaró que tenía esperanzas de que el general influyese para evitar que esos funcionarios del Partido entrasen en acción. Heinrici prometió hacer cuanto estuviera de su parte, pero dijo que se vería obligado a destruir algunos puentes, especialmente los más próximos a Berlín, por razones militares. Sugirió que se trasladasen a la oficina exterior, donde se hallaba esperando casualmente el comandante de Berlín, teniente general Helmuth Reymann. Heinrici pidió a éste que fuese con él hasta el frente, con el fin de discutir sobre el terreno los problemas que presentaba la defensa de Berlín.
Reymann contestó que las únicas tropas de que disponía en la capital eran noventa y dos batallones de Volkssturm deficientemente entrenados.
– Tengo también un contingente bastante fuerte de baterías antiaéreas, dos batallones de tropas de la Guardia y las llamadas Tropas de Alarma, integradas por empleados y cocineros. Eso es todo. ¡Ah! Y también poseo unos pocos tanques.
– ¿Qué hará usted cuando ataquen los rusos?-preguntó Speer. -Tendré que volar los puentes de Berlín.
– Herr general -dijo Speer, frunciendo el ceño-, ¿se da usted cuenta de que si destruye esos puentes inutilizará los servicios públicos de más de dos millones de personas.
– ¿Qué otra cosa puedo hacer? O eso o mi cabeza. Respondo con mi vida de la defensa de Berlín.
Speer recordó que por los referidos puentes discurrían tuberías de gas, cañerías de agua y cables conductores de electricidad. Si se destruía todo aquello, los servicios más vitales quedarían interrumpidos, los cirujanos no podrían operar, y la ciudad se quedaría sin agua potable.
– Yo he hecho un juramento, y estoy obligado a cumplirlo -insistió Reymann, visiblemente afligido.
– Le prohíbo que destruya uno solo de los puentes -dijo Heinrici, con su escueta manera de expresarse-. Si se presenta alguna dificultad, debe ponerse en contacto conmigo, para solicitar mi permiso.
– Está bien, general, pero, ¿y si tengo que actuar con toda urgencia?
– Examinemos el mapa -dijo Heinrici, e indicó varios puentes que no conducían gas ni cables eléctricos-. De ocurrir lo peor, puede usted volar estos puentes. Para los demás tiene que consultar antes conmigo.
Speer quedó satisfecho, y Reymann se mostró más tranquilo. Había alguien más que asumía la responsabilidad.
En el bunker de la Cancillería se estaba celebrando una reunión especial, en el curso de la cual Hitler estaba revelando una singular estrategia para salvar a Berlín: las tropas alemanas que se retiraban hacia la capital crearían un núcleo defensivo que atraería indefectiblemente al Ejército Rojo. Esto daría lugar a que las otras fuerzas alemanas quedasen aliviadas de la presión de los últimos días, pudiendo así atacar a los bolcheviques desde el exterior.
– Los rusos han extendido tanto su frente que la batalla decisiva puede ganarse en Berlín -dijo el Führer, lleno de confianza-. Esto los eliminará como factor de negociación en una paz futura.
En cuanto a él, aseguró que permanecería en la ciudad para estimular a los defensores. Varios de los que le escuchaban le exhortaron a que se trasladase a Berchtesgaden, pero Hitler no quiso ni siquiera discutir el asunto. Como comandante en jefe de la Wehrmacht que era, y como líder de su pueblo, tenía la obligación de quedarse en la capital.
A continuación redactó una arenga de ocho páginas -la última que iba a dirigir a las tropas- y la envió a Goebbels. Cuando el ministro de Propaganda leyó la proclama, comprobó que aquello llegaba al colmo de lo ampuloso y altisonante, y la arrojó sin más al cesto de los papeles. Luego la extrajo de donde la había tirado y trató de corregirla. Sin molestarse en consultar con el Führer para que aprobase la versión final, Goebbels distribuyó las copias entre los combatientes del Este.
«¡SOLDADOS DEL FRENTE ORIENTAL!
»Nuestro mortal enemigo, el judío bolchevique, ha iniciado su ataque final en masa. Con ello espera aniquilar a Alemania y eliminar a nuestro pueblo…»Si en los días y semanas que se avecinan cada uno de los soldados del Frente Oriental cumple con su deber, el último ataque de Asia fracasará…
»Berlín sigue siendo alemán, Viena debe volver a serlo, y Europa jamás será rusa…
»En estos momentos todo el pueblo alemán nos contempla, mis combatientes del Este, y sólo espera que con vuestra tenacidad y vuestro fanatismo, con vuestras armas y bajo vuestra guía, el ataque bolchevique quedará ahogado en un baño de sangre. En el mismo instante en que los hados han eliminado al mayor criminal de guerra de todos los tiempos [Roosevelt], la suerte de la contienda ha quedado decidida.
»Adolf Hitler.»
Una noche antes de haber regresado a Washington para ver a Truman, Harriman se había entrevistado con Stalin. Al terminar la prolongada conferencia, Harriman mencionó la noticia alemana de que el Ejército Rojo estaba proyectando una nueva ofensiva contra Berlín.
– Estamos a punto de comenzar dicha ofensiva -manifestó Stalin, en un tono de voz con el que parecía querer restar importancia al hecho-. No sé qué éxito tendrá, pero el ataque principal se llevará a cabo contra Dresde, como ya he informado al general Eisenhower.
Pero mientras Stalin se expresaba de este modo, Zhukov estaba haciendo los preparativos finales para el ataque en masa contra Berlín. Se iban acumulando en la orilla oriental del Oder grandes efectivos de morteros y cañones de considerable calibre, con los que se pensaba llevar a cabo uno de los bombardeos de artillería más intensos de la historia. Cuatro mil tanques aguardaban en las márgenes orientales del río, la mayor parte de ellos destinados a irrumpir por la zona de Küstrin-Francfort. A ambos lados de Küstrin se emplazaron 1.750 reflectores con un alcance de más de cuatro kilómetros, con el fin de iluminar el camino de las fuerzas principales que se dirigían hacia Berlín, y para cegar al mismo tiempo a los defensores.