Выбрать главу

Los aviadores cumplían la orden de no hacer fuego, pero no dejaban de mirarse unos a otros, preguntándose si estarían actuando correctamente. Desde una batería de 88 mm. emplazada justamente detrás, Cordes oyó una voz que exclamaba:

– ¡Quiero tener a esos malditos ante mi cañón, antes de que se dispare el primer tiro!

Apareció una forma monstruosa, más grande aún de lo que Cordes había visto hasta entonces en materia de tanques, al punto que se sintió estremecer de pies a cabeza.

– No te preocupes -dijo un hombre de más edad, que había saltado al agujero donde se hallaba Cordes-. No tienes nada que hacer aún, a menos que se dirijan directamente contra ti. En tal caso debes usar tu bazooka.

A continuación Cordes vio nuevas formas. El estruendo de los motores y las orugas de los tanques era ensordecedor, y hacía estremecer la tierra. El joven cogió su bazooka. Desde atrás se inició un coro de detonaciones. Los proyectiles de 88 mm. silbaron sobre su cabeza y fueron a estallar contra los primeros tanques. Las llamas surgían por todas partes de los vehículos incendiados, y fragmentos de metal llovían sobre los ocupantes de las trincheras. Seis tanques, por lo menos, habían quedado fuera de combate, pero otros seguían llegando incesantemente. En medio de esta indescriptible confusión, irrumpió la infantería soviética. Debían de ser unos ochocientos soldados, que al ascender por la colina comenzaron a gritar como si hubieran perdido el juicio, según el parecer de Cordes.

Los aviadores empezaron a disparar, y centenares de rusos cayeron al suelo. Los demás siguieron avanzando, siempre lanzando gritos, y al fin, como una gran ola que se debilita y termina por volver hacia el mar, después de haber roto en la playa, los atacantes dieron media vuelta y se retiraron.

Cordes se recostó sobre el suelo, extenuado. Al fin podría descansar un poco. Pero un momento después un tanque pesado alemán pasó ante Cordes y cruzó al otro lado de la autopista. El tanque hizo fuego, y el resplandor del disparo permitió ver los veinte tanques rusos al lado de la carretera. Los soldados rusos de infantería avanzaban detrás de ellos, y comenzaron a dirigirse hacia arriba, en dirección a las baterías de grandes cañones alemanes.

Cordes, junto con los demás que se hallaban en el lado izquierdo, se volvieron y comenzaron a disparar. Las descargas de una pieza antiaérea de cuatro cañones producían un ruido atronador, no lejos de donde se hallaba Cordes. Los proyectiles estallaron en el centro de un grupo de infantes rusos, y una docena de ellos cayeron como si los hubieran segado con una hoz. Un segundo tanque pesado alemán cruzó la carretera y comenzó a barrer a los supervivientes con su ametralladora.

– ¡Maldición, allí hay cuatro más! -gritó el compañero de Cordes, y señaló un pequeño grupo de carros de asalto que había al otro lado de la autopista.

– Están inutilizados -dijo otra voz, no muy lejos-. No se mueven.

De pronto surgió un fogonazo anaranjado de uno de los tanques que se hallaban inmóviles, y la batería que estaba detrás de Cordes saltó en el aire, incluida la dotación.

– ¡Liquiden esos malditos tanques con un bazooka! -gritó una voz detrás de Cordes.

Este y otros dos soldados comenzaron a arrastrarse colina abajo. Los cuatro tanques habían empezado a moverse, y sus siluetas se agrandaban conforme se iban acercando. A la derecha, un soldado alemán hizo fuego. La descarga atravesó la carretera como un cohete de juguete, y fue a estrellarse contra la torrecilla del primer tanque. Se produjo un resplandor, y luego un colosal estampido al estallar el depósito de municiones del tanque.

Cordes disparó hacia el segundo tanque, que quedó envuelto en llamas. Otro soldado acertó al tercero y el vehículo se incendió, como los dos anteriores. El comandante del cuarto tanque gritó algo mientras movía los brazos con violencia. El enorme vehículo giró rápidamente y comenzó a descender colina abajo. Cordes alzó su fusil e hizo fuego. El comandante cayó fuera de la torrecilla, mientras el tanque seguía alejándose.

Poco después quince de los cuarenta tanques habían logrado pasar la barrera defensiva y se acercaban a la cima de la colina. Empezó entonces un duelo con las baterías antiaéreas casi a bocajarro, y la colina entera pareció haber entrado en erupción. Se produjo un tremenda confusión, y Cordes no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo. Aparecieron más tanques soviéticos, pero el estrépito de los motores y de las detonaciones había mareado a Cordes hasta tal punto que no sabía hacia dónde se dirigían los tanques.

– ¡Dejen los tanques y disparen sólo contra los soldados! -gritó una voz.

Cordes saltó de nuevo al interior de su agujero e hizo fuego contra las formas que avanzaban a pie. De pronto, un ruso se precipitó en el agujero de Cordes. Tenía los ojos desorbitados y presentaba un orificio en la mandíbula, del que manaba abundante sangre. Cordes extrajo el pequeño botiquín individual, pero cuando el ruso comprobó que era un enemigo, saltó fuera del agujero y se alejó dando tumbos colina abajo.

– Déjale que se vaya -dijo el soldado de más edad-. No llegará muy lejos, y no volverá a molestarnos.

A las once y media se produjo un repentino silencio. No se oía una sola descarga de artillería, ni el golpeteo metálico de los tanques. Cuando Cordes se hubo acostumbrado al relativo silencio, comenzó a oír los lamentos de los heridos. Resultaba increíble, pero la línea había resistido. A derecha e izquierda de Cordes, los agujeros y trincheras estaban llenos de cadáveres o de moribundos. Detrás, la situación no era mucho mejor. Al menos el treinta por ciento de los aviadores habían perecido, y de los grandes cañones, sólo quedaban dos del calibre 88. No podían esperarse reemplazos de cañones u hombres, y lo único que pudieron hacer Cordes y sus camaradas fue esperar en sus puestos a que se iniciase el siguiente ataque.

2

En horas más avanzadas de aquella misma tarde, el VII Cuerpo alemán de Tanques comenzó a ser cargado a bordo de una docena de buques situados a una milla frente al poblado de Hela, que se hallaba en una delgada península de la bahía de Danzig. Estos supervivientes de las duras batallas que tuvieron lugar en la zona de Danzig eran trasladados de frente para contribuir a la defensa de Berlín.

Más de diez mil fugitivos civiles luchaban entre sí por conseguir un lugar en los barcos. Hasta el momento habían llevado una precaria existencia en las dunas de la estrecha península, siendo el blanco de los incesantes bombardeos aéreos y de la artillería. Al anochecer, sólo faltaban por admitirse un puñado de pasajeros en el mayor navío del convoy, el «Goya». El oficial de embarque del buque, Werner Jüttner, vio una joven pareja con una criatura, que trepaban al barco desde una lancha. El marido se volvió hacia dos ancianos, presumiblemente sus padres, y les empujó hacia atrás, mientras les decía:

– Ya no valéis para nada. ¡Sois demasiado viejos!

Cuando la lancha dio la vuelta hacia tierra, los ancianos miraron desconsolados a su hijo, que les miraba impasible desde la cubierta del «Goya» y que ni siquiera levantó una mano para despedirse de ellos.

Hacia las siete y media de la tarde, el convoy puso rumbo al Nordeste, protegido sólo por dos destructores. La noche era fresca y despejada, y Curt Adomeit, como muchos otros miembros de las dotaciones de los tanques, estaba tan excitado por el hecho de haber escapado de los rusos, que se sentía incapaz de dormir, y se puso a recorrer el barco. Los soldados y los fugitivos civiles se apiñaban en los camarotes y pasillos. El número de los que viajaban no sería menor de siete mil, calculó Adomeit. Ascendió a la cubierta superior y se apoyó en la borda. A las once de la noche oyó un retumbar de cañones. El blanco era uno de los buques. Seguramente los submarinos rusos habían localizado el convoy. Para ese entonces, Adomeit se hallaba demasiado cansado para preocuparse, y se echó a dormir sobre unos cajones. Poco antes de la medianoche le despertó una explosión, y luego se produjo otra más. Las luces se extinguieron y Adomeit oyó enérgicas voces de mando en la oscuridad. Se produjo un breve silencio, y luego se percibió claramente el borboteo del agua al penetrar por una abertura: los torpedos habían abierto dos orificios en el casco del buque.