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Poco después, Eichmann entraba indignado en la oficina de Müller. Como a muchos otros oficiales de las SS, a Eichmann le habían entregado un certificado atestiguando haber trabajado en los últimos años para una firma civil.

– Bueno, Eichmann, ¿qué le ocurre?-inquirió el jefe de la Gestapo.

– Herr gruppenführer, no necesito estos papeles -manifestó Eichmann, y dio unas palmadas sobre la culata de su pistola-. Este es mi certificado. Cuando vea que no hay otra salida, será mi último remedio. No necesito nada más.

Eichmann fue luego a ver a Himmler, el cual parecía hallarse bastante optimista.

– Conseguiremos un tratado -dijo el reichsführer, golpeándose una pierna-. Perderemos algunas plumas, pero resultará algo conveniente. Reconozco que me he equivocado. Si tuviera que comenzar de nuevo, establecería los campos de concentración en la forma que lo hacen los británicos.

Después de esto, Eichmann se dirigió a sus oficinas de Kurfürstendamm, a fin de despedirse de sus ayudantes.

– Si tiene que ocurrir -manifestó serenamente-, con gusto bajaré a la tumba sabiendo que cinco millones de enemigos del Reich (los judíos), han muerto ya como animales.

Durante toda la jornada del 20 de abril, Hitler siguió diciendo a los visitantes que acudían a felicitarle con motivo de su cumpleaños, que aún creía que los rusos iban a sufrir su mayor derrota en Berlín. Por la tarde, el Führer recibió a Arthur Axmann y a un grupo de sus miembros de las Juventudes Hitlerianas en el jardín de la Cancillería. En presencia de Goering, y Goebbels, agradeció a los muchachos su bravura en el combate, en defensa de la capital, y condecoró a varios de ellos.

Luego volvió a descender al bunker y recibió al grossadmiral Karl Doenitz, el cual recibió la impresión de hallarse ante un hombre abrumado por un peso considerable. Hitler agradeció después a Von Keitel.

– Nunca lo olvidaré -dijo estrechando la mano del militar-. Nunca olvidaré que usted me salvó del atentado, y que me sacó de Rastenburg. Tomó las decisiones apropiadas, e hizo todo lo que convenía.

Von Keitel no se atrevió a felicitar al Führer. Murmuró algo acerca de la milagrosa salvación de Hitler el 20 de julio, y luego manifestó que las negociaciones para la paz deberían iniciarse inmediatamente, antes de que Berlín se convirtiese en un campo de batalla.

– Keitel, sé bien lo que quiero -le interrumpió Hitler-. Moriré combatiendo, bien sea dentro de Berlín o fuera de él.

Von Keitel pensó que aquellas eran palabras huecas, pero antes de que pudiera hacer algún comentario, Hitler le tendió la mano y le dijo:

– Muchas gracias. Traiga a Jodl, ¿quiere? Hablaremos de este asunto más tarde.

Después de una conversación personal con Jodl, Hitler pasó lentamente ante una fila de dirigentes civiles y militares, entre los que se contaban Bormann, Von Ribbentrop y Speer, estrechándoles las manos e intercambiando algunas palabras con cada uno de ellos. Casi todos expresaron la opinión de que el Führer debía huir de inmediato hacia Berchtesgaden, mientras aún quedaba libre alguna carretera, pero Hitler rechazó todas las sugerencias. Desde ese momento, manifestó, el Reich quedaría dividido en dos mandos separados, haciéndose cargo Doenitz del sector norte. Kesselring parecía el candidato para el sur, pero Hitler pensaba en Goering -tal vez como solución política-, y aseguró que dejaría decidir a la Providencia. Recomendó que los diversos mandos militares se dividieran en dos partes, y que los designados para el sur saliesen inmediatamente hacia Berchtesgaden. Goering preguntó si tenía que dirigirse hacia el sur, o si enviaba a su jefe de Estado Mayor, Koller.

– Vaya usted -manifestó el Führer, recomendando que Koller permaneciese en el norte.

Los dos hombres, que una vez habían estado tan unidos, se separaron cortés aunque fríamente. Goering se encaminó hacia Karinhall, donde su mayordomo, Robert Kropp, le estaba esperando con catorce camionetas cargadas de maletas y obras de arte. Bien entrada la madrugada, la caravana salió de Karinhall. Goering ordenó que se volase la mansión, con el fin de que los rusos no pudiesen disfrutar de todo lo que allí dejaba, entre lo que figuraba, incluso, una gran estancia con ferrocarril en miniatura completo. El reichsmarshall se dirigió hacia Berchtesgaden, pero dijo a Kropp que se detuviese en la vieja casa familiar, cercana a Nuremberg, para echar una última mirada a los cuadros que había en el sótano de la misma.

5

Himmler abandonó la reunión de cumpleaños que se celebraba en el bunker, y se dirigió en automóvil hasta su cuartel general, donde Schellenberg le comunicó que Masur se hallaba con Kersten, en tanto que Bernadotte se encontraba en el sanatorio del doctor Gebhardt. Los dos deseaban verle.

El persuasivo Schellenberg consiguió al fin llevar a Himmler a un coche, y ambos se encaminaron hacia la casa de Kersten, para ver a Masur. Durante el viaje, Schellenberg pidió a Himmler que no sacase a relucir el pasado, y que no expusiera sus teorías astrológicas y filosóficas.

– Dígale sólo lo que hay que llevar a cabo en el futuro -manifestó Schellenberg.

Kersten salió bajo la lluvia que caía en esos momentos a recibir el automóvil, cuando éste llegó a Gut Harzwalde a las dos y media de la mañana. Después se llevó a Himmler aparte, y le aconsejó que se mostrase atento y considerado con el representante del Congreso Mundial Judío. Era aquella la ocasión para demostrar al mundo, aseguró, que en el Reich se estaban tomando en esos momentos medidas humanitarias.

Himmler pareció dispuesto a complacerle.

– Deseo enterrar el hacha que nos separa de los judíos -dijo Himmler-. De haber dependido de mí, las cosas habrían ocurrido de muy distinto modo.

Luego acogió a Masur con un efusivo Guten tag, en lugar del habitual «Heil Hitler», y le dijo lo satisfecho que estaba de hablar con él. Mientras Kersten pedía que les llevasen té y café, Masur examinó disimuladamente a Himmler. Este aparecía elegantemente ataviado con un uniforme impecable, en el que relucían sus insignias y condecoraciones. Parecía gozar de buena salud, y a pesar de lo avanzado de la hora se mostraba muy vivaz. Masur se dijo que Himmler tenía mejor aspecto en persona que en las fotografías. Tal vez sus ojos diminutos, su mirada errática, eran señales de sadismo y crueldad, pero Masur pensó que de no haber sabido nada de él, nunca hubiera creído que «ese hombre era el responsable de los mayores crímenes en masa cometidos en toda la Historia».

Himmler comenzó a hablar sobre generalidades y manifestó:

– Los judíos eran en nuestro medio un elemento extraño que siempre había sido causa de fricciones. Los expulsaron de Alemania varias veces, y siempre regresaron. Cuando llegamos al poder quisimos resolver este problema de una vez por todas, y yo proyecté una solución humana mediante la emigración. A tal fin negocié con algunas organizaciones americanas para que llevasen a cabo una rápida emigración, pero hasta esos mismos países que se consideran amigos de los judíos, pusieron trabas para dejarlos entrar dentro de sus fronteras.

Masur -un judío sueco, alto y delgado, de cuarenta y cuatro años- recordó fríamente a Himmler que era contrario a las leyes internacionales el expulsar a la gente de un país en el cual sus antepasados habían vivido durante generaciones.

– Con la llegada de la guerra -prosiguió diciendo el obcecado Himmler, sin tomar en cuenta las palabras de Masur- establecimos contacto con las masas de judíos orientales, lo cual creó nuevos problemas. No podíamos soportar semejante enemigo sobre nuestras espaldas. Los judíos se hallaban plagados de graves enfermedades, especialmente el tifus. Yo mismo perdí millares de mis mejores guardias SS a causa de tales epidemias. Además, los judíos ayudaban a los partisanos.