Masur preguntó cómo podían haber ayudado los judíos a los partisanos, cuando se encontraban recluidos en los ghettos.
– Los judíos suministraban informes a los partisanos -contestó Himmler-, y también disparaban contra nuestras tropas desde los ghettos.
Esa era, pues, según Himmler, la versión de la heroica batalla de los judíos en el ghetto de Varsovia.
Con el fin de prevenir la difusión de epidemias -continuó diciendo Himmler-, tuvimos que construir crematorios para incinerar los cadáveres de la gente que moría a causa de tales enfermedades. ¡Y ahora nos van a echar en cara precisamente el haber hecho eso!
»La guerra en el Este era increíblemente dura. No queríamos entrar en guerra con Rusia, mas de pronto descubrimos que Rusia tenía veintidós mil tanques, y nos vimos obligados a actuar. Era cuestión de vencer, o de resultar subyugados por ellos… El soldado alemán sólo pudo sobrevivir porque se mostró implacable. Si asesinaban a un alemán en un pueblo, toda la población debía ser arrasada. Los rusos no son enemigos ordinarios. No resulta fácil comprender su mentalidad. Se negaban a rendirse, incluso en las circunstancias más desesperadas. Si los judíos sufrieron a causa de la crueldad de la lucha, no debe olvidarse que los alemanes tampoco se vieron libres de tales sufrimientos.
En seguida Himmler comenzó a lamentarse de las falsedades que se contaban acerca de los campos de concentración.
– La mala fama de esos lugares se debe a su equivocada denominación -aseguró-. Debimos haberlos llamado «reformatorios». Allí no sólo había judíos y prisioneros políticos, sino también alemanes criminales, a los que no se dejaba en libertad, aunque hubieran cumplido su condena. Por esta razón, en 1941, es decir, ya en el curso de la guerra, Alemania gozó de uno de los índices de criminalidad más bajos de su historia. Cierto es que los prisioneros tenían que trabajar duramente, pero lo mismo hacían los alemanes. El tratamiento en los campos de concentración era severo, pero justo.
Masur no pudo dominarse por más tiempo. ¿Cómo era posible negar los crímenes que se habían cometido en los campos de concentración?, inquirió.
– Admito que se cometieron algunos, ocasionalmente, pero ordené castigar a los culpables.
Y añadió que la ejecución del comandante de Buchenwald, SS Standartenführer, Karl Koch, se debió precisamente a los malos tratos que infligía a los prisioneros.
– Ocurrieron muchas cosas que no tienen disculpa -manifestó Masur, pretendiendo apartar a Himmler de su postura defensiva-, pero si deseamos tender un puente entre nuestros pueblos, en el futuro, en tal caso todos los judíos que hoy habitan en zonas dominadas por los alemanes deben seguir con vida.
Masur pidió que los judíos fueran enviados a Suecia y a Suiza, y Kersten le apoyó en su petición. Himmler informó entonces acerca del número de judíos que se hallaban internados en los campamentos, pero Masur consideró que había exagerado notablemente las cifras. Himmler afirmó que habían dejado 450.000 judíos en Hungría.
– ¿Y qué pago recibí a cambio de eso?-aseguró con acento compungido-. Que los judíos disparasen contra nuestras tropas en Budapest.
Masur manifestó que si sólo habían quedado 450.000 judíos en Hungría, entonces, de los 850.000 que había al principio, 400.000 debieron ser deportados, o se desvanecieron misteriosamente. Himmler hizo caso omiso de tal observación. Pensó Masur que Himmler parecía regirse por lo expresado por La Fontaine, quien escribió en una ocasión: «Cet animal est très méchant, quan on l'attaque, il se défend.» (Este es un animal dañino; cuando se le ataca, se defiende.)
– Siempre fue mi intención cambiar la situación en los campamentos. Así lo hice en Bergen-Belsen y en Buchenwald, pero fíjese lo que me hicieron a cambio. En Bergen-Belsen, los Aliados ataron a un guardia y le fotografiaron al lado de algunos prisioneros muertos. Y ahora esa fotografía ha dado la vuelta al mundo. Estaba desmantelando Buchenwald, pero los americanos, en su avance, comenzaron a disparar. El hospital se incendió y tomaron fotografías de los muertos. Ahora emplean esos documentos gráficos para sus historias de atrocidades. El año pasado, cuando dejé escapar a veinticinco judíos a Suiza, el hecho fue empleado una vez más contra mí en la Prensa. Dijeron que había soltado a esa gente para tener una disculpa a la que aferrarme. Yo no necesito disculpas. Siempre he hecho lo que creí mejor para mi pueblo, y me hago responsable de todo ello. Sin duda nada de esto ha hecho de mí un hombre rico.
La indignación de Himmler se volcó entonces contra los periodistas_
– Nadie ha sido objeto de mayores difamaciones, por parte de ellos, que yo en los últimos doce años. Pero eso nunca me preocupó. Hasta en Alemania pueden escribir sobre mí lo que les parece bien.
Masur trató de cortar aquella avalancha de quejas, manifestando que los judíos no tenían culpa alguna de lo que se escribía en los periódicos. Prosiguió diciendo que no sólo los judíos, sino también otros países estaban interesados en el rescate de los judíos supervivientes, y que ello provocaría un efecto favorable en los Aliados.
Como judío que era el mismo Masur, «le repugnaba el tener que tratar con aquel hombre, responsable de las crueldades cometidas contra millares de seres humanos». Por si esto fuera poco, una de sus hermanas, así como varios miembros de su familia, habían muerto en campos de concentración. A pesar de ello, no dejó que los sentimientos personales se interpusieran en la misión que se había impuesto, de salvar innumerables vidas. Masur se mostró especialmente interesado por la suerte de las mujeres prisioneras en Ravensbrück, lugar situado a treinta kilómetros escasos de donde se hallaban en ese momento, y quiso saber lo que se pensaba hacer con ellas. Como Himmler vacilara, Kersten sugirió que se examinase una lista de las mujeres internadas en el campamento. Schellenberg se dio cuenta de que Himmler no lo haría delante de Masur, y entonces pidió a Himmler que le acompañase a una estancia vecina para cambiar algunos puntos de vista en privado.
Al examinar la larga lista de reclusas, Kersten insistió en que debían seguir siendo fieles al acuerdo establecido en marzo. De pronto, Himmler preguntó a Kersten si querría trasladarse en avión hasta el cuartel general de Eisenhower, para tratar del cese inmediato de las hostilidades.
– Haga todo lo posible por convencer a Eisenhower de que el verdadero enemigo de la Humanidad es la Rusia soviética, y de que sólo nosotros, los alemanes, estamos en condiciones de luchar contra ella -prosiguió diciendo Himmler, sin esperar por la respuesta-. Concederé la victoria a los aliados occidentales, los cuales sólo deberán proporcionarme tiempo para lanzarme contra Rusia. Si dejan que me haga con el material necesario, aún estoy en condiciones de lograrlo.
Luego, contestando a la pregunta de Masur, Himmler dijo que dejaría en libertad a mil mujeres judías de Ravensbrück, inmediatamente, pero estipuló que su llegada a Suecia se mantendría en secreto. A tal fin sugirió que se dijese que eran polacas, en lugar de judías. Masur pensó que tales precauciones eran características de Himmler, el cual no quería crearse más complicaciones a causa de los judíos.
A las cuatro y media Schellenberg comenzó a pensar en que Bernadotte pudiera hallarse impaciente en el sanatorio del doctor Gebhardt, donde había pasado la noche. A las cinco, Himmler se despidió de Masur, y salió con Kersten de su despacho, para ir al encuentro de Bernadotte en compañía de Schellenberg.
– Ach, Herr Kersten, hemos cometido graves errores -dijo Himmler, lanzando un suspiro-. Queríamos la grandeza y la seguridad para Alemania, y hemos dejado tras nosotros montones de ruinas, un mundo destrozado. Pero lo cierto es que Europa debe iniciar una nueva etapa, aunque todo se haya perdido. Siempre he querido lo mejor, pero con frecuencia he tenido que actuar en contra de mis convicciones. Créame, Kersten, que todo ello me desagradaba y resultaba amargo para mí. Pero el Führer ordenaba que así debía ser, pues Goebbels y Bormann influían nocivamente en él. Como leal soldado me veía obligado a obedecer, pues no hay Estado que pueda subsistir sin obediencia y disciplina. Sólo me queda decidir el tiempo que voy a seguir viviendo, ya que mi vida ahora carece de sentido. ¿Y qué dirá la Historia de mí? Las mentalidades estrechas, propensas a la venganza, darán a la posteridad una descripción falsa y deformada de todo lo grande y bueno que con la mirada puesta en el futuro he hecho por Alemania. La culpa de muchos delitos cometidos por otros, recaerá sobre mí. Lo mejor del pueblo alemán desaparece con los nacional socialistas, ésa es la verdadera tragedia. Los que queden, los que van a gobernar Alemania, no tienen ningún interés en nosotros. Los Aliados podrán hacer lo que quieran con Alemania.