Himmler subió con gesto cansino a su automóvil y extendió la mano, como si lo hiciera por última vez, al tiempo que decía:
– Kersten, le agradezco desde lo más hondo de mi corazón estos años en que he recibido los beneficios de su destreza médica. Mis últimos pensamientos son para mi pobre familia. ¡Adiós!
Los ojos de Himmler estaban cubiertos de lágrimas cuando dijo estas últimas palabras. Al llegar Himmler y Schellenberg al sanatorio, el sol comenzaba a salir por el horizonte. Bernadotte observó que el reichsführer parecía estar agotado, si bien se hallaba preso de una intensa agitación. Himmler, adivinando los pensamientos del conde, manifestó que apenas si había dormido unos minutos durante las últimas noches. Luego se sentaron a desayunarse. El cansancio de Himmler no parecía haber afectado a su apetito, pues comió en abundancia.
Himmler se opuso inesperadamente a la moderada petición de Bernadotte, en el sentido de que se dejase en libertad a los prisioneros escandinavos, para que regresasen desde Dinamarca a Suecia. Luego espontáneamente ofreció permiso para que la Cruz Roja Sueca se hiciera cargo de todas las mujeres que había en Ravensbrück, a pesar de que pocas horas antes había limitado el número a sólo un millar. A continuación se retiró a su dormitorio.
Poco después del mediodía, Himmler mandó llamar a Schellenberg. El reichsführer tenía un aspecto lastimoso, en su lecho, y dijo que se encontraba enfermo.
– Nada más puedo hacer por usted -dijo Schellenberg, exasperado.
Había pasado las últimas semanas concertando entrevistas clandestinas, y de ellas se habían obtenido escasos resultados. Algo más tarde, cuando el coche en que iban ambos avanzaba por la atestada carretera, en dirección al cercano cuartel general, Himmler declaró:
– Schellenberg, siento temor por lo que pueda ocurrir.
– Eso le dará valor para entrar en acción.
Himmler permaneció en silencio.
Después de la cena Schellenberg comenzó a criticar a Kaltenbrunner por su «ceguera y su actitud poco práctica, al insistir en la evacuación a todo trance de la totalidad de los campos de concentración».
Aseguró que aquella pretensión era un crimen.
– Schellenberg, no vaya usted a decirme lo mismo -manifestó Himmler con aspecto de niño que ha recibido una reprimenda-. Ya Hitler ha estado clamando furioso varios días porque Buchenwald y Bergen-Belsen no habían sido evacuados por completo antes de caer en manos enemigas.
De todos los campos de concentración, los que más preocupación causaban en ese momento al Comité Internacional de la Cruz Roja, eran los dos que se hallaban justamente en el camino de Zhukov, en su avance hacia Berlín: Sachsenhausen y Ravensbrück. El delegado de la Cruz Roja, doctor Pfister, no llegó hasta las tres de la mañana del 21 de abril a Sachsenhausen, que se hallaba en los alrededores de Oranienburg, treinta kilómetros al norte de la Cancillería. En ese momento algunos de los internados eran conducidos fuera de los barracones, y alineados bajo la lluvia para emprender la marcha. Dieciséis kilómetros al Este, los cañones de Zhukov rugían amenazadoramente. Pfister pidió inmediatamente al comandante del campo, SS standartenführer (coronel) Keindel, que entregase Sachsenhausen a la Cruz Roja. Pero Keindel se negó alegando que tenía órdenes de Himmler de evacuar todo menos la enfermería, ante la llegada de los rusos. Mientras tanto, en Gut Harzwald, Himmler aseguraba a Masur que las evacuaciones habían cesado en todos los campamentos.
Casi cuarenta mil prisioneros, enfermos, desnutridos y vestidos con jirones, fueron alineados en dos largas columnas. Los guardias los hicieron avanzar todo lo rápido que se podía hacia el noroeste, bajo la lluvia, y los que no podían seguir a la columna recibían un tiro y quedaban tendidos en la cuneta. El doctor Pfister siguió a la triste caravana, y en los primeros siete kilómetros contó veinte cadáveres, todos ellos con un disparo en la cabeza.
– ¿Qué puede pretenderse de un pueblo cuyos hombres no quieren luchar, y cuyas mujeres son violadas?-decía Goebbels. En las retorcidas palabras de su discurso de cumpleaños, Goebbels profetizó que de la aparente derrota surgiría una inesperada victoria. Pero en esos momentos ya reconocía amargamente, ante los que le rodeaban, que la guerra estaba irremediablemente perdida, no por culpa de Hitler, sino a causa del pueblo, que no había respondido.
– Todos los planes, todas las ideas del nacional socialismo, son algo demasiado elevado y noble para estas gentes… Se merecen la suerte que va a caer sobre ellos.
Luego Goebbels miró a sus ayudantes con gesto sarcástico, y añadió:
– ¿Y vosotros, para qué habéis trabajado conmigo?¡Ahora os van a cortar bonitamente el cuello! ¡Ah, pero cuando bajemos a la tumba, hagamos al menos que tiemble la tierra!
También admitió la derrota al hablar ante un grupo de dirigentes civiles, a los que pidió también un sacrificio personal.
– Mi familia está en casa -dijo, con lágrimas en los ojos-. Nos quedamos aquí, y yo les pido, caballeros, que permanezcan en su lugar. Si es necesario, sabremos morir en nuestros puestos.
El iracundo Goebbels siguió fluctuando todo el día entre la desesperación y el resentimiento. Cuando supo que dos de sus secretarios huyeron al campo en bicicleta, se quejó a su ayudante de Prensa en los siguientes términos:
– Y ahora yo pregunto, ¿cómo ha podido ocurrir semejante cosa?¿Cómo puede uno tener seguridad, ahora, de que van a haber horas regulares de oficina?
Por todo el frente oriental alemán se difundía el rumor, de uno a otro puesto de mando, de que los dirigentes de Berlín habían abandonado toda esperanza y que el Alto Mando se preparaba para trasladarse a Berchtesgaden. Esto no hizo más que animar a Heinrici, pues pensó que tal vez Hitler se dirigiese hacia el Sur, con lo que sería factible una retirada en orden.
Los rusos habían irrumpido a través de las líneas del Grupo de Ejército Vistula en media docena de puntos. Era la ofensiva final absoluta, que el Ejército Rojo había estado esperando desde los aciagos días de Moscú, y Zhukov se había mantenido despierto las seis últimas noches, en compañía de sus ayudantes, gracias al coñac. Los avances más profundos eran en Seelow y unos sesenta y cinco kilómetros al norte, en la localidad de Wriezen. El ataque sobre Seelow continuó hacia el oeste, en dirección a Berlín, y los rusos se hallaban en esos momentos a treinta y dos kilómetros de su objetivo, el bunker de la Cancillería. La cuña de Wriezen había llegado a una profundidad doble, y se encontraba ya por encima de Berlín. Se estaba aproximando al campo de concentración de Sachsenhausen, y su objetivo consistía en rodear a Berlín para atacarlo desde la retaguardia, al sudoeste. Allí se encontrarían con la columna de Konev, que inesperadamente avanzaba desde el sur, y Berlín quedaría totalmente rodeado.