– No tenemos ayuda, no tenemos más ayuda que la tuya, Santa Madre de Dios…
Una mano poderosa le cogió por el cuello y le sacudió rudamente. Al levantar la vista, Koriakov descubrió a un corpulento soldado alemán que le miraba amenazadoramente, al tiempo que le apuntaba con el fusil.
– ¿Polaco?-gritó el soldado alemán.
Koriakov trató de explicarle que era un capitán soviético. El alemán apartó el arma y le empujó hacia otro soldado, un muchacho de unos catorce años. En el puesto de mando preguntaron a Koriakov si había violado a alguna mujer alemana.
El ruso movió negativamente la cabeza y uno de los capitanes alemanes se rio despectivamente de Koriakov. Luego le abofeteó, haciéndole caer las gafas al suelo, y comenzó a gritar en alemán con acento irritado. Koriakov sólo consiguió comprender una palabra:
– Erschiessen! (¡Que le fusilen!).
En ese momento, cuatro robustas alemanas avanzaron hacia ellos. Al frente iba la mujer que Koriakov había salvado de que la violaran. Las cuatro gritaban con acento compungido al capitán germano, mientras procuraban secarse las lágrimas que les bañaban el rostro. Mientras Koriakov.
Un anciano coronel alemán, que era testigo de la escena, recogió las gafas de Koriakov y, sin decir una palabra, las entregó al ruso.
2
En el bunker de la Cancillería, aquella mañana el tema principal de la conversación era Steiner. Todos se preguntaban si su ataque desde el Norte habría sido llevado a cabo, con objeto de aliviar la situación de Berlín. Media docena de veces hizo Hitler a Krebs esa pregunta, y en otras tantas ocasiones éste le contestó que no tenía nada que informar.
A las once, Krebs pudo al fin comunicarse telefónicamente con Heinrici, pero antes de que pudiera preguntarle nada, el pequeño general manifestó:
– Hoy es el último día de que dispone Hitler para abandonar Berlín. Sucede, sencillamente, que no tengo las tropas necesarias para defenderle.
– ¿Qué ocurre con Steiner?
Heinrici sintió ganas de echarse a reír, pero cortésmente replicó que era absurdo fundar la menor esperanza en lo que Steiner pudiera realizar. Krebs comenzó a gritar lleno de cólera, y dijo que Heinrici tenía la obligación de evitar que Berlín quedase cercado. Era vergonzoso que abandonase a Hitler. Aquello no hizo más que exasperar a Heinrici.
– Me echa en cara que debo evitar que el Führer quede cercado -replicó airado, a su vez, Heinrici-. Y sin embargo, en contra de mi voluntad y mis consejos, y a pesar de que he puesto mi cargo a su disposición, aún sigue impidiéndome que haga retroceder a las tropas desde el frente, para protegerle.
Antes de que Krebs pudiese contestar, la comunicación se cortó. Cuando ambos generales pudieron ponerse de nuevo al habla, Krebs manifestó:
– El Führer no da su consentimiento a esa retirada, debido a que con ello Alemania quedaría dividida en dos partes, una al Norte y otra al Sur.
– Esa división es ya un hecho -manifestó Heinrici, y luego solicitó que apelase de nuevo al Führer y que le hiciese conocer la respuesta hacia la una.
A las tres, Krebs llamó al fin para decir que Busse podía hacer una retirada parcial.
Heinrici llamó en seguida a Busse, el cual no se mostró muy satisfecho al recibir la noticia.
– ¡Esas decisiones a medias! -declaró-. Una de dos: o me retiro con todos los hombres, o me quedo donde estoy.
– Está bien, retírese -decidió Heinrici.
Pero Busse no podía consentir que Heinrici cargase con toda la responsabilidad, y dijo:
– He recibido una orden del Führer que me obliga a permanecer aquí.
Esto sólo era una excusa. Si se retiraba en esos momentos, tendría que abandonar a Biehler y sus hombres en el Festung de Francfort. Biehler se hallaba rodeado por el enemigo, y durante las pasadas veinticuatro horas había tratado en vano de romper el cerco soviético. Sólo cuando Biehler consiguiera unirse al resto del Noveno Ejército, Busse se retiraría.
3
El doctor Goebbels parecía haber olvidado ya las invectivas que el día anterior había dirigido contra el pueblo alemán. -Bien, debo admitir que los berlineses son un puñado de gentes valerosas -manifestó a su secretario de Prensa, mientras miraba desde la ventana los aviones aliados que se cernían sobre la ciudad-. No se molestan en ir a los refugios, y en lugar de ello, se quedan mirando al cielo, a ver qué ocurre. Las calles estaban tan atestadas de escombros y de vehículos inservibles, que Goebbels decidió cancelar la conferencia de Prensa diaria, y en lugar de ello, comenzó a grabar un discurso para el pueblo. Pero antes de que pudiera terminar, las granadas soviéticas comenzaron a estallar en las cercanías. Una lo hizo tan cerca, que destrozó los pocos cristales que quedaban en las ventanas. Goebbels dejó de grabar, pero reanudó serenamente su tarea un momento más tarde. Cuando el discurso estuvo concluido, se volvió hacia el técnico de sonido y le preguntó si el ruido se escucharía en la emisión.
– Constituirá un singular efecto sonoro, ¿no le parece?-observó Goebbels.
Luego, durante la comida, se mostró alegre y hasta fanfarrón, calificando a Churchill de «hombrecillo», y a Eden de «petimetre fanfarrón». Pero cuando su antiguo amigo, el doctor Winkler, fue a verle, le agradeció solemnemente los favores que le había hecho y dijo sombríamente:
– No volveremos a vernos.
Con cada hora que pasaba, Hitler se ponía más nervioso e irritable. No tenía noticias del ataque que había ordenado a Steiner, y se encolerizaba cada vez que Krebs le decía que no había ningún informe al respecto. (El endeble «cuerpo Panzer» de Steiner, con sus diez mil hombres, había conseguido avanzar sólo trece kilómetros hacia el Sudeste, para quedar definitivamente detenido.)
Aquella tarde había algunas caras nuevas en la conferencia diaria del Führer. El vicealmirante Erich Voss representaba a Doenitz, que se hallaba en el norte de Alemania, estableciendo un comando militar independiente. El general de la Luftwaffe Eckard Christian, que había contraído matrimonio con una de las secretarias de Hitler, se hallaba allí representando a Koller, cuyo cuartel general se encontraba en esos momentos al noroeste de Berlín. Bormann, como de costumbre, estaba presente, lo mismo que Von Keitel, Jodl, Krebs, y el ayudante militar que había recibido de Guderian, comandante Freytag von Loringhoven, así como otros ayudantes militares y secretarios.
Jodl interrumpió al optimista Krebs para decir a Hitler la verdad: Berlín se hallaba rodeada en sus tres cuartas partes. Una de las columnas de Zhukov avanzaba por el este de la ciudad, otra lo hacía hacia Postdam, desde el Sur, y probablemente se encontraría en aquella localidad, al cabo de una semana, con una columna de Konev.
Ya nervioso por las palabras de Jodl, Hitler quiso saber al momento el resultado del ataque de Steiner. Por último, Krebs tuvo que admitir que las fuerzas de Steiner estaban en proceso de reorganización, y que no había nada que informar.
Hitler comenzó a mover la cabeza, mientras respiraba pesadamente. Con voz ronca y tensa ordenó a los demás que salieran de la habitación, con excepción de los generales y de Bormann. Lo hicieron aquéllos saliendo precipitadamente de la estancia, y en la sala adyacente permanecieron silenciosos y desanimados. En cuanto la puerta se hubo cerrado, Hitler se puso de pie, con el brazo izquierdo cayendo lacio al costado. Exclamó que estaba rodeado de traidores y mentirosos, mientras gesticulaba violentamente con el brazo derecho y paseaba de uno a otro lado de la habitación. Los que le rodeaban, afirmó, eran demasiado mezquinos para comprender sus elevados fines. Era una víctima de la corrupción y la cobardía, y en esos momentos todos optaban por abandonarle.
Los que escuchaban al Führer nunca le habían visto perder el control de sí mismo de manera tan absoluta. Apuntó acusadoramente a sus generales con el índice, culpándoles de los desastres de la guerra. El único que protestó fue Bormann. Los militares se sorprendieron, pero era indudable que más que defenderles a ellos, lo que trataba Bormann era de calmar al Führer.