Hitler gritó algo acerca de Steiner, y de pronto se dejó caer en su sillón. Con voz angustiada, dijo:
– ¡La guerra se ha perdido!
Luego añadió temblorosamente que el Tercer Reich había terminado en un fracaso y que lo único que le restaba era morir. Su rostro palideció y todo su cuerpo se estremeció espasmódicamente, como si estuviese bajo los efectos de un ataque. De pronto, el Führer se quedó quieto. Su mandíbula pendió inerte, y quedóse mirando hacia adelante, con la vista perdida. Esto alarmó más aún a los presentes que su furia anterior. Pasaron así los minutos, que se hacían interminables, hasta que al fin un ligero tono rosado apareció en las mejillas de Hitler, que de nuevo se agitó inquieto en su asiento.
Bormann, Burgdorf y Von Keitel le pidieron que tuviera fe. Si él la perdía, entonces todo habría concluido. Le aconsejaron que saliera inmediatamente hacia Berchtesgaden, pero el Führer movió lentamente la cabeza, y con voz apagada dijo que nunca dejaría el bunker. Si ellos querían marcharse, estaban en libertad de hacerlo, pero él se enfrentaría con el fin en la capital. Luego, Hitler preguntó por Goebbels.
Los que estaban en la sala contigua habían oído casi todo. Fegelein cogió el teléfono y contó a Himmler lo que había ocurrido. El atemorizado reichsführer llamó a Hitler y le rogó que no perdiese las esperanzas, prometiendo enviarle inmediatamente numerosas tropas SS.
– ¡Todo el mundo está loco en Berlín! -dijo Himmler al SS obergruppenführer (teniente general) Gottlob Berger, jefe del mando principal de las SS.
Para el práctico Berger, que en ningún momento había dudado de los grandes fines perseguidos por el Nacional Socialismo, sólo había una cosa que hacer.
– Tiene que ir usted a Berlín, herr reichsführer -aseguró-, llevándose su batallón de escolta, desde luego. No debe tener tropas de escolta aquí, en momentos en que el Führer se dispone a permanecer en la Cancillería.
Como Himmler no contestase, Berger añadió, con tono de disgusto:
– Bien, yo me voy a Berlín, y su obligación es hacer lo mismo.
Pero el reichsführer se encaminó al teléfono, llamó a Hitler y le rogó que se marcharse. Fegelein se puso después al habla y pidió a su jefe que fuera a hacer personalmente la petición. Discutieron unos momentos, hasta que al fin Himmler accedió a encontrarse con Fegelein en Nauen, una ciudad a cuarenta y cinco kilómetros al oeste de la Cancillería… que se hallaba en el único pasillo de escape que le quedaba a Berlín.
Himmler esperó a Fegelein en el lugar establecido, en compañía del doctor Gebhardt, al que aquél había nombrado recientemente presidente de la Cruz Roja alemana, tras el suicidio del profesor Grawitz. Después de dos horas de espera, Gebhardt manifestó que iba a ver a Hitler, para que él confirmase su nombramiento.
Accedió Himmler con presteza. Así él también podría regresar a su cuartel general, sin tener que esperar por Fegelein. Dijo a Gebhardt que asegurase al Führer que el batallón de escolta del reichsführer estaba dispuesto a defender el bunker hasta el fin. Luego, Himmler dio media vuelta y se perdió en la oscuridad, hacia el Norte.
Goebbels aún se encontraba en su casa cuando se enteró de lo ocurrido al Führer. Le dijeron que éste deseaba verle inmediatamente. La catastrófica noticia le afectó más profundamente que cualquier otra. Mientras se disponía a marcharse, supo que Hitler también quería ver a Magda y a sus hijos. Eran aproximadamente las cinco, cuando la esposa de Goebbels dijo a su niñera, con voz serena, que preparase a los niños para ir a ver al Führer. Los pequeños se mostraron llenos de alegría y preguntaron si el tío Adolfo les iba a dar chocolate y dulces. La madre pensó que tal vez se dirigiesen a la muerte. Con débil' sonrisa en los labios manifestó:
– Cada uno de vosotros puede llevar un juguete, pero sólo uno.
Goebbels y su familia salieron poco después en dos automóviles. Mientras Semmler les miraba alejarse, observó que su jefe aparecía sereno y, en cambio, Magda y los niños lloraban. La familia quedó instalada en cuatro pequeñas habitaciones, no lejos de las dependencias de Hitler. Luego, Goebbels y su esposa fueron a ver al Führer. Goebbels anunció que él también iba a permanecer en el bunker, y que al final se suicidaría. Magda anunció que haría lo mismo, a pesar de las protestas del propio Hitler. Añadió que los seis niños morirían con ellos. Von Keitel logró que se marchasen los asistentes a la reunión para poder hablar en privado con Hitler. Quería convencerle de que debía trasladarse a Berchtesgaden aquella misma noche, iniciando luego las negociaciones de rendición desde allí. Como había ocurrido muchas veces anteriormente, el feldmarschall no había hecho más que empezar a hablar cuando Hitler le interrumpió.
– Sé muy bien lo que va a decirme: «¡Hay que tomar una decisión en seguida!» -dijo Hitler, alzando la voz-. Pues bien, ya he tomado mi decisión. Nunca abandonaré Berlín. Defenderé la ciudad hasta mi último aliento.
Von Keitel dijo que aquello era «una locura» y se sentía obligado a «pedir» al Führer que se trasladase inmediatamente a Berchtesgaden, desde donde podría seguir gobernando el Reich y las Fuerzas Armadas. Eso ya no podía hacerse desde Berlín, ya que las comunicaciones quedarían probablemente cortadas de un momento a otro
– No hay nada que le impida a usted marcharse ahora mismo a Berchtesgaden -contestó Hitler-. En realidad, le ordeno que lo haga. Pero yo me quedaré en Berlín. Hace sólo una hora lo anuncié por radio. No puedo echarme atrás.
Jodl entró en el preciso momento en que Von Keitel anunciaba, con voz angustiada, que sólo se marcharía si le acompañaba el Führer.
Hitler mandó llamar a Bormann y le ordenó que huyese junto con Jodl y Von Keitel a Berchtesgaden, donde este último asumiría el mando, siendo Goering el representante personal del Führer.
– En los siete últimos años nunca he desobedecido una sola de sus órdenes, pero me niego a obedecer ésta -manifestó Von Keitel.
Recordó a Hitler que él aún seguía siendo comandante supremo de las fuerzas armadas, y añadió:
– No puede concebirse que después de habernos dirigido durante tanto tiempo, despida ahora a su personal militar diciéndoles que se arreglen como puedan.
– Todo está perdido, y ya nada queda por hacer -contestó Hitler.
El resto, agregó, quedaba en manos de Goering.
– No habrá soldado que quiera luchar por el reichsmarschall -aseguró uno de los generales.
– ¿Qué es eso de «luchar»? Poco es lo que queda ya de combate, y si se trata de entablar negociaciones, el reichsmarschall puede hacerlo mejor que yo. Voy a iniciar la batalla de Berlín y la ganaré, o moriré en la ciudad.
Agregó Hitler que no deseaba correr el riesgo de caer en manos del enemigo, y que se mataría en el último momento.
– ¡Esa es mi última e irrevocable decisión! -exclamó el Führer.
Los generales aseguraron que la situación aún no era totalmente desesperada. Schoerner todavía estaba fuerte, y el 12.° Ejército de Wenck podía aún ser retirado hasta Berlín, para su defensa. Además, dentro de pocos días Steiner dispondría de tropas suficientes como para lanzar al fin un ataque simultáneo desde el Norte.
De pronto, los ojos de Hitler refulgieron. Por increíble que parezca, la esperanza había vuelto a él, y con ella su determinación. Comenzó a hacer preguntas, y un momento más tarde establecía con todo detalle la forma en que a su juicio podía salvarse Berlín.