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La rebelión iba descendiendo igualmente en la escala jerárquica. Mientras Heinrici se oponía a Hitler, por ejemplo, Busse se resistía a cumplir las órdenes de Heinrici. En parte alguna había mayor confusión que en el propio mando de Busse. Una de sus unidades, el LVI Cuerpo Panzer, se había separado del resto del Noveno Ejército y se hallaba entonces a treinta kilómetros al este de Berlín, tratando de contener a los rusos que habían irrumpido a través de la brecha de Seelow. Su comandante, el general Helmuth Weidling, había recibido órdenes contradictorias: Busse le mandaba dirigirse hacia el Sudeste, para reunirse con el cuerpo principal de las tropas, en tanto que Hitler amenazaba con hacerle fusilar si no se encaminaba inmediatamente hacia las afueras de Berlín.

Apodado «Karl, el duro» por sus tropas, a causa de su rudo aspecto y sus bruscos modales, Weidling era un típico militar profesional que no anhelaba otra cosa que cumplir con su deber. Por consiguiente, decidió ver a Krebs personalmente para aclarar de una vez la situación.

En el bunker, Weidling fue acogido fríamente por Krebs y Burgdorf.

– Bueno, ¿qué pasa aquí y por qué me van a fusilar?-espetó Weidling, sin más preámbulos.

Krebs contestó secamente que el Führer estaba irritado a causa de que había trasladado su puesto de mando al oeste de Berlín. (Alguien informó falsamente que Weidling había retrocedido con sus tropas hasta Potsdam.)

– ¿Eso es ridículo! -estalló Weidling.

Se acercó a un mapa mural para demostrar que su puesto de mando jamás había estado a más de tres kilómetros de las líneas rusas. No podía dudarse de tales afirmaciones, y los otros dos militares aseguraron a Weidling que informarían de ello inmediatamente al Führer.

Krebs y Burgdorf hicieron lo que decían, y cuando regresaron hallaron a Weidling con el semblante intensamente pálido. Acababa de recibir un mensaje de su propio cuartel general, según el cual el Alto Mando le destituía de su cargo.

Weidling acusó a los otros dos militares de no tener valor para decir a Hitler la verdad. Krebs no se sintió ofendido. Dijo que aquella orden ya había sido cancelada, y que el Führer quería verle inmediatamente. Descendieron algunos peldaños y siguieron por un corredor hasta la sala de espera. Varias personas se hallaban sentadas en un banco, pero el único al que Weidling reconoció fue a Ribbentrop.

Krebs y Burgdorf le acompañaron rápidamente hasta el salón principal de conferencias, donde Hitler se hallaba sentado detrás de una mesa, observando un mapa. Cuando entraron, Hitler se volvió hacia ellos, mostrando un semblante abotagado sobre el que destacaban sus febriles ojos. El Führer sonrió forzadamente, tendió la mano a Weidling y le preguntó, en voz baja:

– ¿Nos han presentado antes?

Weidling contestó que sí, un año atrás, en el Obersalzberg, cuando Hitler le había condecorado con las Hojas de Roble de la Cruz de Caballero.

– Recuerdo el nombre -dijo Hitler-, pero no me acordaba de su rostro.

El semblante del Führer era una máscara, pensó Weidling, el cual no dejó de notar el gesto de dolor de Hitler cuando tomó asiento.

Ante una sugerencia de Krebs, Weidling reveló que ya había ordenado a sus tropas trasladarse al Sudeste, con el fin de reunirse con el resto del ejército de Busse. Si no se cancelaba este movimiento, dijo Krebs, quedaría abierta una brecha al este de Berlín, a través de la cual la columna de Zhukov, que procedía de Seelow, podría filtrarse.

Hitler, cuya mano derecha temblaba continuamente, asintió con la cabeza y comenzó a dar una larga explicación de su plan destinado a aliviar la situación de la ciudad. El 12.° Ejército de Wenck atacaría desde el Sudoeste, en tanto que Busse lo hacía desde el Sudeste. El conjunto de las dos fuerzas derrotaría a los rusos al sur de Berlín. Simultáneamente, Steiner procedería a atacar desde el Nordeste, deteniendo la columna de Zhukov al norte de Berlín. En cuanto Wenck y Busse hubiesen derrotado a los rusos en el Sur, darían vuelta hacia el Norte, ayudando a aniquilar allí al enemigo en un ataque conjunto en masa. Si todo aquello parecía factible a Hitler, no le ocurría lo mismo a un militar práctico como era Weidling. ¿No estaría soñando el Führer?

De pronto, Krebs anunció que Weidling se haría cargo de las defensas oriental y sudeste de Berlín. Mientras el asombrado Weidling se ponía de pie, Hitler trató de hacer lo propio, pero cayó pesadamente hacia atrás en su silla, con lo cual sólo les tendió la mano, en señal de despedida. Weidling salió profundamente afectado al observar el estado físico del Führer. ¿Qué pasaba allí? ¿Podía seguir considerándose aún a aquel hombre como comandante supremo de la Wehrmacht?

En el bunker superior, Weidling habló por teléfono con su cuerpo de ejército y ordenó que se tomasen las posiciones necesarias para defender los suburbios orientales de Berlín. Luego, inquirió a Krebs:

– ¿Bajo qué mando me encuentro?

– Directamente bajo el mando del Führer.

Weidling examinó un mapa de Berlín y sugirió que se colocase la responsabilidad de la defensa de la ciudad sobre un solo hombre.

– Ya existe ese hombre -contestó Krebs-. Es el Führer.

– Tengo la sensación de que vive en un mundo de fantasía -replicó, a su vez, Weidling-. Sus efectivos de tanques, así como otras unidades del ejército de Busse, han sido aniquilados. ¿Cree usted que las potentes fuerzas soviéticas pueden ser rechazadas con sólo proponérselo? Si Berlín no puede defenderse desde el río Oder, es necesario que se la declare ciudad abierta.

Krebs se limitó a sonreír, como si se tratara de una antigua historia, y dijo:

– El Führer ha ordenado la defensa de Berlín, porque tiene la seguridad de que la guerra terminaría una vez que cayese la capital.

6

Poco antes de medianoche, varios automóviles se aproximaron a una casa de reducidas dimensiones situada en las cercanías de un parque, en la ciudad de Lübeck, puerto alemán del mar Báltico. Himmler y Schellenberg, seguidos de varios oficiales de las SS, entraron en la casa, que no era otra que el consulado de Suecia, donde les esperaba Folke Bernadotte. Este acompañó a Himmler y Schellenberg hasta una pequeña estancia que aparecía iluminada únicamente por candelabros. Cuando estaban hablando, se inició una alarma aérea y Bernadotte preguntó si Himmler querría bajar con los demás al refugio. Como de ordinario, Himmler tardó bastante en decidirse, y cuando supo que el refugio era sólo una bodega corriente, otra vez se mostró vacilante. Al fin se decidió a bajar, y durante la mayor parte de la hora que permanecieron recluidos en el sótano, Himmler fue haciendo preguntas de persona en persona como si estuviese confeccionando una estadística. Bernadotte notó que Himmler se encontraba totalmente exhausto, y que recurría a toda su fuerza de voluntad para aparecer sereno.

Cuando cesó la alarma, regresaron a la pequeña estancia superior. Al ofrecérsele algo de bebida, Himmler sólo pidió soda.

– He llegado a la convicción de que está usted acertado -manifestó el reichsführer, inesperadamente, con gesto resignado-. La guerra debe terminar. Admito que Alemania está derrotada. En esos momentos, prosiguió diciendo, el Führer podía estar ya muerto, porque él ya no estaba ligado por juramento personal al mismo.

La temblorosa luz de los candelabros hacía aparecer el rostro de Himmler aún más furtivo e indeciso. Prosiguió diciendo que todo dependía de una sola cosa: la forma en que los Aliados iban a tratar a los alemanes. Si los aniquilaban por completo, Hitler perduraría en el recuerdo como un héroe y un mártir.

– En la situación actual -añadió Himmler, sorbiendo pausadamente su bebida-, tengo las manos libres para actuar. A fin de salvar todo lo posible de Alemania, de manos de los rusos, estoy dispuesto a capitular en el frente occidental, pero no en el oriental. Siempre fui, y lo seguiré siendo, un enemigo irreconciliable del bolchevismo.